La suite de Mike Rowland "The Fairy Ring" se inspiró en una canción que escuchó en el bosque y luego grabó en su sala de estar con la ayuda de sintetizadores para el color instrumental. "Arc-En-Ciel:The Healing" continúa la inclinación de Rowland por temas de inspiración clásica que cobran vida con piano, sintetizador y matices orquestales. La sensación evocada está en consonancia con la de Mike Rowland por las hadas, los bosques y otras imágenes de la fantasía clásica, y el efecto general es tan arrollador y relajante como su mejor trabajo. Si bien "The Fairy Ring" sería el mejor lugar para que los recién llegados a la obra de Rowland comiencen, este álbum complacerá a los fanáticos de Rowland desde hace mucho tiempo.
Mike Rowland - Arc En Ciel, The Healing (2001)
01. Earthensky
02. Daisychain
03. Innocence
04. There Were
05. The Other Side
06. Peace Fairy Ann
07. Lullaby
08. Breath
09. Arc-en-Ciel
10. Earthensky Reprise
Duración total: 60:19 min.
01. Earthensky
02. Daisychain
03. Innocence
04. There Were
05. The Other Side
06. Peace Fairy Ann
07. Lullaby
08. Breath
09. Arc-en-Ciel
10. Earthensky Reprise
Duración total: 60:19 min.

Conexión es la energía que nace entre personas que se sienten vistas, escuchadas y valoradas.
ResponderEliminar—Brene Brown
🌅 Ecos de lo que fui, latidos de lo que nos une
ResponderEliminarEl sol asoma tímidamente detrás de las montañas nevadas de Aluminé, como si recordara —igual que yo— que cada amanecer es también un regreso. El otoño tiñe todo de una nostalgia suave, de esas que no duelen, pero invitan a mirar hacia adentro. El mate humea entre mis manos, y en este instante suspendido entre la noche y el día, algo en mí se abre… como si reconociera un llamado antiguo.
Pienso en lo que fui.
No como un ejercicio de memoria concreta, sino como una intuición. Como si en alguna otra vida —o en muchas— también hubiera estado sentado así, contemplando un amanecer, sintiendo este mismo misterio recorrerme por dentro. Tal vez cambiaron los nombres, los paisajes, los cuerpos… pero hay algo que permanece.
Una sensibilidad.
Una búsqueda.
Una necesidad de conexión.
Y entonces, en medio de este silencio patagónico, aparece esa idea tan simple y tan profunda: la conexión es esa energía que nace cuando nos sentimos vistos, escuchados, valorados.
Pero… ¿qué ocurre cuando esa conexión trasciende el tiempo?
Porque mientras observo el contador silencioso del blog, veo algo que no es solo estadística. Veo presencias. Almas que, desde distintos rincones del mundo, llegan hasta este pequeño espacio tejido con música y palabras.
Sídney.
Barcelona.
Puerto Rico.
Tokio.
Nueva York…
Nombres lejanos… pero sensaciones cercanas.
¿Qué los trajo hasta acá?
¿Qué hilo invisible conecta este rincón del sur del mundo con esas otras geografías, con esas otras vidas que tal vez nunca conoceré en persona?
Y sin embargo… algo nos une.
Quizás no sea casualidad.
Quizás en algún pliegue del tiempo ya nos encontramos. Quizás en otra vida compartimos un instante, una melodía, una mirada. Y ahora, sin saberlo, volvemos a cruzarnos —esta vez a través de una pantalla, de una canción, de un susurro digital que atraviesa continentes.
La conexión no siempre necesita rostro.
A veces basta con la vibración.
Con esa sensación inexplicable de sentirse acompañado sin saber por quién.
El piano de fondo —suave, casi imperceptible— parece tejer un puente entre estos mundos. Cada nota es como un mensaje sin palabras, una forma de decir: “estoy acá… y vos también”.
Y en ese encuentro invisible, algo se enciende.
Porque ser visto no siempre implica ser mirado directamente. A veces es simplemente saber que lo que uno expresa encuentra eco en otro corazón. Que lo que uno siente no queda perdido en el vacío.
Que hay alguien, en algún lugar, que escucha.
Recuerdo entonces que tal vez lo que fui en otras vidas no importa tanto como lo que sigo siendo en esencia: alguien que busca compartir, alguien que intenta traducir lo invisible en algo que pueda ser sentido por otros.
Alguien que cree —aunque no siempre lo diga— que la conexión es una forma de eternidad.
El sol ya ilumina las cumbres, y la helada comienza a retirarse lentamente. El mundo despierta… pero yo siento que algo más profundo ya estaba despierto desde antes.
Algo que no depende del tiempo.
Algo que no conoce fronteras.
Algo que fluye entre almas como un río silencioso.
Y en este instante, con el mate entre mis manos y el corazón abierto, comprendo que no estoy solo.
Nunca lo estuve.
Porque cada visitante, cada lectura, cada escucha… es un encuentro.
Y cada encuentro… es un recuerdo.
Tal vez no de lo que fuimos exactamente, pero sí de lo que compartimos más allá de todo: la necesidad de sentirnos parte, de reconocernos en el otro, de saber que, incluso en la distancia, hay algo que nos sostiene.
Algo que nos conecta.
El día comienza.
Y yo, una vez más, elijo quedarme en este instante… donde todo converge.
Donde lo que fui, lo que soy y lo que otros sienten… se encuentran sin esfuerzo.
Como si siempre hubieran estado destinados a hacerlo.