Charles Suniga - Still In The Moment (2007)

Charles Suniga es conocido por su enfoque único de la música que, a diferencia de cualquier otro, es elegante piano y melodías de cuerdas llamadas "Moments Of Peace". Durante una época muy inquietante en la vida de Charles, se encontró en la costa de Oregon reflexionando muy profundamente sobre la vida. Fue entonces cuando tomó un palo y escribió "Momentos de paz" en la arena. Segundos después, llegó una ola del océano y se la llevó. Fue entonces cuando Charles Suniga se dio cuenta, todo lo que tenemos en la vida son momentos de paz. Charles luego creó cada álbum para que tuviera una hora de duración de "Moments of Peace". Música más allá de las palabras y melodías para ayudarte a encontrar tu momento de paz.


Charles Suniga - Still In The Moment (2007)

01. Still in the Moment
02. Mabel's Dance
03. In Her Smile
04. The Journey Home
05. Romancing the Passion
06. Somewhere in Time
07. Dawning of the Mist
08. Passions of the Heart
09. In Her Beauty (inner Beauty)
10. A Waltz Across Time
11. Natures Wonders

Duración total: 64:32 min.

Comentarios

  1. Las lágrimas que derramé ayer se han convertido en lluvia.
    Thich Nhat Hanh

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  2. 🍃 La Lluvia que Aprende a Respirar

    La madrugada había descendido lentamente sobre Aluminé como un manto de ceniza azulada. El otoño patagónico respiraba en silencio detrás de los ventanales mientras el viento recorría los álamos desnudos y el agua comenzaba a cantar suavemente dentro de la pava. Había noches en las que el universo parecía demasiado inmenso para comprenderlo… y otras, como aquella, donde bastaba una pequeña vibración del alma para sentir que todos los mundos invisibles se encontraban más cerca de lo habitual.

    Sobre la mesa descansaba un antiguo Portolano.

    No era un libro común. Sus páginas olían a humedad, incienso y tiempo detenido. Lo encontré años atrás entre viejos volúmenes olvidados en una feria de libros usados, aunque siempre sospeché que, en realidad, había sido el libro quien me encontró a mí. Sus mapas parecían dibujados por manos imposibles, y ciertas palabras escritas en tinta oscura cambiaban levemente de forma cuando la luz de la madrugada las rozaba.

    Aquella noche abrí una página donde aparecía una palabra extraña:

    Plum Village.

    Apenas pronuncié el nombre en voz baja, sentí que el aire alrededor comenzaba a ondularse lentamente, como la superficie de un lago bajo la lluvia. El mate humeante desapareció. El viento de Neuquén se disolvió en la distancia. Y antes de comprender completamente lo que ocurría, el Portolano ya había abierto su secreto.

    El portal absorbió el silencio.

    Y entonces aparecí allí.

    El sudoeste de Francia amanecía bajo una neblina suave. Las colinas verdes de Dordoña parecían suspendidas dentro de una pintura antigua donde el tiempo había decidido detenerse por compasión. Los senderos húmedos estaban rodeados de ciruelos, campanas de viento y pequeñas casas de piedra cubiertas por musgo. Monjes y monjas caminaban lentamente entre jardines y estanques, respirando con una serenidad tan profunda que incluso el aire parecía aprender de ellos.

    Había llegado a Plum Village.

    Y al fondo del sendero, bajo un árbol silencioso, estaba Thich Nhat Hanh.

    Vestía su túnica marrón sencilla. Sus movimientos parecían hechos de agua tranquila. No irradiaba solemnidad ni misticismo exagerado. Solo una presencia luminosa y humana, como si hubiese aprendido a habitar completamente cada instante de la existencia.

    Me acerqué lentamente. Él sonrió apenas e inclinó la cabeza.

    —Bienvenido, amigo de la Patagonia —dijo suavemente—. Has viajado lejos… aunque en realidad nunca abandonaste el presente.

    Aquella frase quedó suspendida dentro mío mientras nos sentábamos junto a una pequeña mesa donde descansaba una tetera humeante. El aroma del té mezclado con la tierra húmeda del amanecer producía una calma difícil de describir. A lo lejos se escuchaban campanas suaves y el canto de los pájaros entre la neblina francesa.

    Entonces comenzó la música.

    No provenía de ningún lugar visible. Era delicada. Transparente. Un piano suspendido entre silencios y cuerdas suaves acariciando el aire como lluvia lenta sobre un lago inmóvil. Reconocí inmediatamente aquella esencia de Moments Of Peace de Charles Suniga. Música que no intenta impresionar al mundo… sino sanar algo invisible dentro del espíritu humano.

    Thich Nhat Hanh cerró los ojos mientras escuchaba.

    —La paz nunca llega de golpe, Neto —dijo casi en un susurro—. Llega en pequeños momentos que aprendemos a no destruir.

    Miré alrededor. Los monjes caminaban lentamente sobre la hierba húmeda, conscientes de cada respiración, de cada paso, de cada hoja movida por el viento. Comprendí entonces que allí hasta el silencio era una forma de oración.

    Pensé en Aluminé. En las madrugadas de mate y viento patagónico. En las noches donde el alma también busca refugio entre músicas, libros y pensamientos que nos ayuden a no perdernos completamente en medio del ruido del mundo.

    Entonces le pregunté:

    —¿Cómo se sobrevive a las heridas que deja la vida?

    Thich Nhat Hanh tomó lentamente su taza de té y observó la neblina deslizándose entre los árboles.

    —Las lágrimas que derramé ayer se han convertido en lluvia.

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  3. La frase cayó dentro mío con una profundidad imposible de explicar racionalmente. Comprendí que hablaba de transformación. De aceptar el dolor sin convertirlo en prisión. De entender que incluso las tristezas más profundas pueden regresar al mundo convertidas en algo que nutre, limpia y da vida.

    La lluvia no lamenta haber sido lágrima.

    Simplemente cae.

    Y quizás nosotros también debamos aprender eso.

    Durante años intentamos escapar del sufrimiento, ocultarlo, negarlo o endurecernos para no sentir demasiado. Pero Thich Nhat Hanh parecía enseñarme otra cosa: que la paz verdadera no nace de evitar el dolor, sino de abrazarlo con plena consciencia hasta comprender que también forma parte del milagro de existir.

    La música seguía flotando suavemente entre nosotros. El piano parecía caminar descalzo sobre el alma.

    Entonces recordé aquella historia de Charles Suniga escribiendo “Moments of Peace” sobre la arena antes de que el océano borrara las palabras. Y entendí algo profundamente humano: toda paz es momentánea… precisamente por eso es sagrada.

    Nada permanece.

    Ni las lágrimas.
    Ni las heridas.
    Ni siquiera nosotros.

    Pero mientras respiramos, todavía podemos habitar plenamente un instante de belleza verdadera. Un mate compartido. Una melodía. El sonido de la lluvia sobre el bosque. El silencio después de una conversación sincera.

    Thich Nhat Hanh observó mis manos en silencio antes de hablar nuevamente.

    —Cuando caminas conscientemente sobre la tierra, el universo entero camina contigo.

    Miré entonces el sendero húmedo de Plum Village y comprendí algo que jamás había entendido del todo. Cada paso puede convertirse en una plegaria invisible. Cada respiración puede ser un refugio. Cada instante vivido plenamente puede salvarnos del abismo de vivir dormidos.

    A lo lejos comenzaron a sonar nuevamente las campanas del monasterio. El amanecer ya se abría lentamente entre las colinas francesas.

    Sentí entonces que el Portolano comenzaba a vibrar dentro del bolsillo de mi abrigo. El portal estaba despertando otra vez.

    Thich Nhat Hanh sonrió con una ternura infinita.

    —No olvides esto, Neto… la paz no es un lugar al que se llega. Es la forma en que decides caminar mientras atraviesas el misterio.

    Y entonces todo comenzó a disolverse lentamente.

    La niebla.
    La música.
    Los jardines.
    Las montañas lejanas.

    Hasta que finalmente regresé a Aluminé.

    La pava seguía silbando suavemente sobre el fuego. Afuera, la lluvia otoñal caía lentamente sobre la Patagonia.

    Y por primera vez en mucho tiempo…

    Comprendí que quizás aquellas gotas también habían sido lágrimas alguna vez.

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