"From Where The Beauty Hides", el nuevo trabajo de Quinn, presenta canciones instrumentales de ensueño que son el acompañamiento perfecto para la cata de vinos, baños de burbujas, canciones de cuna, meditación, descanso, vacaciones, relax, siestas, yoga, oraciones, malabares... Escrito, producido, interpretado, grabado y mezclado por Quinn en Orison Music Studios Los Angeles, CA. El álbum es una corriente de conciencia bailable, vibrante, cinemática, ambiental, meditativa y auditiva de varios minutos, que consta de instrumentos creados, inventados y modificados por Quinn. En este trabajo escucharemos voces e instrumentos de todo el mundo, además de la mejor sensación de un buen sonido envolvente.
02. Fallen Petals
03. I’ll Be Lying Next to You
04. Invisible Mending
05. Latent Luminescence
06. Softening the Edges
07. The Magicalarium
08. The Maiden of Lost Love
09. Upon Reflection
10. Variant Shadows
Duración total: 33:43 min.

"Una mente que se extiende por una nueva experiencia nunca puede volver a sus viejas dimensiones". - Oliver Wendell Holmes
ResponderEliminarTodo lo que aprendí durante mis viajes se ha expandido y cambiado de opinión para siempre. Esta cita de viaje muestra que Holmes claramente creció de manera similar al visitar nuevas tierras.
Wow....Neto !! Me sorprendiste con este artista nuevo para mi. Me encanto el album, aunque corto en duracion pero de gran calidad en musica y sonido. Hermoso mini-album !! Muy calido y encantador.
ResponderEliminarLa joyita es " The Magicalarium " !!!
Me llamo la atencion la caratula ( muy simpatica y magica ), por eso lo descargue y fue todo una sorpresa a medida que lo escuchaba.
Te vuelvo a repetir Neto: tu blog esconde muchas joyitas musicales. Gracias !!!!!
Y las que aún te quedan por descubrir Jorge! Gracias a vos por escribir. Que termines un inolvidable domingo de primavera!!! Saludos
ResponderEliminar🌌 El Río de Luz
ResponderEliminarEl amanecer en Aluminé despertaba con un silencio tan profundo que parecía contener los secretos del mundo. Caminé hacia la ribera del río que atravesaba la ciudad, donde los sauces inclinados dejaban caer sus reflejos sobre el agua oscura. Pero aquella mañana, entre la bruma, apareció algo que no había visto jamás: un río que no era de agua, sino de luz líquida, suspendida entre la tierra y el cielo, ondulante y vibrante, como si respirara.
—¿Vas a atreverte a cruzarlo? —susurró la corriente, y su voz parecía salir de la tierra y del aire a la vez—.
Mis pies temblaron. Era imposible explicar con lógica lo que veía. Sin embargo, un impulso más profundo que la razón me empujó hacia adelante. Un paso, y ya no estaba en Aluminé: flotaba sobre el río de luz y niebla, que me llevaba más allá del tiempo y del espacio. Cada ondulación iluminaba recuerdos, emociones, pensamientos que aún no había nombrado. Era como atravesar un espejo de mi propia alma, donde cada reflejo parecía susurrar enseñanzas invisibles.
—No temas —dijo la voz del río, como un eco que parecía acompañar mis pasos invisibles—. Cada viajero que se atreve a fluir en mí toca lo infinito.
El bosque y los álamos desaparecieron, y de pronto, una nueva geografía se desplegaba ante mí. El aroma del Atlántico y la bruma de Boston llenaron mis sentidos antes de que pudiera comprenderlo. Allí estaba: calles adoquinadas, puentes de hierro, casas de ladrillo rojo, y entre la bruma, una figura caminando con calma absoluta. Era Oliver Wendell Holmes, como si lo hubiera esperado durante siglos.
—Bienvenido —dijo—. Has atravesado más que kilómetros; has cruzado dimensiones de tu propia mente.
—El río… —murmuré, señalando la corriente que ahora parecía desvanecerse—. ¿Era real o solo un sueño?
—Lo real es aquello que transforma tu conciencia —respondió Holmes, con su típica calma que parecía observar siglos desde un instante—. No importa si lo viste o lo sentiste: lo que cruzaste te ha cambiado.
Caminamos por las calles de Boston, húmedas y llenas de historias. Los primeros carruajes del día crujían sobre los adoquines mojados, los vendedores abrían sus puestos en Faneuil Hall y los estudiantes de Harvard discutían leyes y filosofía con un fervor juvenil. Holmes parecía escuchar algo que yo no: un murmullo secreto, el pulso invisible que une todo lo que existe.
—Mira —dijo, señalando un café donde hombres debatían medicina y política—. Los hombres creen dominar la razón, pero incluso aquí, en el corazón de la lógica, existe un ritmo que la mente no puede medir. Cada libro, cada conversación, cada instante de silencio contiene un eco de lo eterno.
—Entonces, la ciudad misma… —dije—. ¿Es un organismo vivo?
—Sí —respondió—. Boston respira, recuerda, enseña. Cada adoquín, cada puente, cada barco que llega del Atlántico es un hilo en un tejido que trasciende la materia. Y tú, al llegar aquí, te conviertes en parte de él.
Nos acercamos al puerto, donde las gaviotas surcaban el cielo y los barcos traían perfumes y rumores de tierras lejanas. Holmes se detuvo y me miró con una intensidad que atravesaba los siglos:
—Dime, viajero, ¿has sentido alguna vez que la carne aprisiona más que protege?
—Sí —respondí, con un nudo en la garganta—. Siento que hay algo dentro de mí que no pertenece a este cuerpo.
—Exactamente —dijo Holmes—. Somos prisioneros de la carne, pero herederos del infinito. La mente que se expande se libera y reconoce corrientes invisibles, vibraciones que conectan todo. La experiencia no solo nos transforma: nos revela que siempre fuimos parte de algo más vasto.
—¿Y la música del espíritu? —pregunté, mirando el puerto y el vaivén de las olas—. Siento que incluso la ciudad tiene un latido propio.
Holmes sonrió, y sus ojos parecieron brillar como si contuvieran la luz del río que me trajo hasta allí:
ResponderEliminar—Ah, la música —dijo—. Todo es música: los carruajes, las conversaciones, el crujir de los adoquines, el rumor del agua. Cada nota, cada vibración, es un hilo que une la tierra con el cielo. Escucha con atención y descubrirás que la armonía siempre estuvo allí, esperando a quien se atreva a percibirla.
Caminamos por Boston mientras la ciudad despertaba. Los olores de pan recién horneado y humo de chimenea se mezclaban con la sal del Atlántico. En un callejón, un médico discutía un caso con un aprendiz; más allá, un poeta recitaba en voz baja, como si hablara para sí mismo y para los fantasmas de la historia. Holmes me observaba sonriendo:
—Todo esto —dijo—, incluso lo aparentemente trivial, es un portal hacia la expansión de la mente. Nunca subestimes la importancia de escuchar y mirar más allá de lo visible. Cada gesto, cada palabra, cada sonido es una lección.
—¿Incluso las pequeñas discusiones o los murmullos del viento? —pregunté.
—Incluso esas —respondió—. La expansión de la mente ocurre en los detalles, no solo en los grandes acontecimientos. Lo invisible se revela en lo cotidiano. Y cada experiencia vivida de este modo nos hace irreversibles: nunca volvemos a ser quienes fuimos.
Nos sentamos en un banco frente al puerto. La bruma y la luz del sol filtrada dibujaban sombras que parecían danzar sobre el agua. Holmes suspiró y continuó:
—Cada lugar que visitamos, cada conversación que escuchamos, cada instante de atención consciente, es un río de luz como aquel que cruzaste para llegar aquí. El verdadero viaje no es geográfico: es espiritual. No importa que cruces océanos o continentes; lo importante es que tu mente se abra, y tu espíritu crezca.
—Entonces cada experiencia… cada encuentro… —dije, como si temiera que las palabras fueran insuficientes—. Todo nos cambia irrevocablemente.
—Exactamente —sonrió Holmes—. Y es en ese cambio donde reside la verdadera eternidad. Lo que aprendemos, lo que sentimos, las dimensiones que exploramos: todo nos acerca a aquello que siempre ha estado allí, aguardando pacientemente, más allá del tiempo y de la vista humana.
El sol se elevaba más alto y Boston parecía flotar entre siglos, suspendida entre lo tangible y lo etéreo. Holmes se levantó, señaló el horizonte y añadió:
—Nunca volvemos. Solo avanzamos, guiados por la luz invisible que todos llevamos dentro. Cada pensamiento expandido, cada sentimiento profundo, es un paso más hacia la comprensión de lo que somos realmente.
Caminé entre la ciudad, absorbiendo sonidos, aromas, texturas y murmullos. Cada ventana, cada adoquín, cada bruma que ascendía del puerto parecía susurrar: “Has cambiado para siempre. La mente que se expande toca lo eterno.”
Antes de despedirnos, Holmes se inclinó ligeramente y me dijo:
—Recuerda, viajero: cada nueva experiencia, cada puerta que atravieses, cada instante de atención consciente es un río de luz. Y aunque desaparezca ante tus ojos, su efecto permanece. La expansión de la mente es infinita, y solo quien se atreve a cruzarla puede conocerla.
Mientras lo observaba desaparecer entre la bruma, comprendí que Boston y Aluminé ahora estaban unidos dentro de mí, a través del río de luz, y que cada experiencia vivida con atención y apertura espiritual nos hace irreversibles.
Y supe, con certeza absoluta, que el viaje no había terminado: apenas había comenzado.