Joe McCann - Chase The Sunset (2019)

Joe McCann es un músico que vive en el estado de Nueva York. Joe McCann es un multi-instrumentista pero que tiene gran afinidad por la guitarra. Sus composiciones musicales se esfuerzan por lo rítmico, lo melódico, lo ambiental y evocador. Easy Listen es un género de música popular, que incluye una amplia gama de direcciones como el rock contemporáneo instrumental y la música contemporánea para adultos hasta el chillout electrónico moderno, nu-jazz, el tempo down, el tempo, el lounge y el ambient. El álbum ofrece una gran riqueza de matices, todos muy diferentes y bellos al mismo tiempo. La extraordinaria variedad en la producción es la clave de éste trabajo. "Chase The Sunset" tiene buena guitarra con sonido de fondo instrumental.

 

Joe McCann - Chase the Sunset (2019)

01. Dwell
02. East Berlin Bridge
03. Chase the Sunset
04. Promise Me
05. Outnumbered
06. Double Duty
07. Cool Breeze
08. Buffalo '92
09. Out of the Shadows
10. Fingerwalk

Duración total: 40:06 min.

Comentarios

  1. Ayudar a los demás, es algo que te dará a cambio una plenitut que no se asemeja a nada que hayas alcanzado antes
    Arnold Schwarzenegger

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  2. Como todos los grandes viajeros -dijo Essper- yo he visto más cosas de las que recuerdo, y recuerdo más cosas de las que he visto.
    Benjamin Disraeli

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  3. 🌙 Entre el humo del horno y los recuerdos del viento: una plenitud que no se explica

    Escribo estas líneas desde Aluminé, en la provincia de Neuquén, en el corazón silencioso de la Patagonia Argentina. Es una noche de mediados de abril, y el otoño ya se ha instalado con esa elegancia discreta que tienen las cosas que no necesitan anunciarse para ser profundas. Afuera, el aire es frío y limpio, como si la montaña hubiera exhalado todo lo innecesario. Adentro, el horno trabaja en su lenguaje antiguo, cocinando la cena con una paciencia que contrasta con la velocidad del mundo.

    Hay algo en este instante que me detiene sin pedir permiso. Tal vez sea el olor que empieza a escapar de la cocina, o tal vez sea esta sensación de estar entre dos mundos: el de lo cotidiano —la comida, el fuego, el abrigo— y el de lo invisible, ese que se abre cuando uno se queda en silencio lo suficiente como para escucharlo.

    En ese umbral aparece una idea que me acompaña desde hace tiempo, aunque hoy se siente más nítida. La idea de que ayudar a los demás no es una acción externa, sino una forma de expansión interna. Arnold Schwarzenegger lo expresó de un modo simple y contundente: ayudar a otros genera una plenitud que no se parece a ninguna otra que hayamos alcanzado antes. Y mientras el horno sigue su ritmo constante, entiendo que esa plenitud no es un premio, sino una consecuencia natural del desborde interior.

    Porque hay momentos en los que uno cree que se está llenando hacia adentro —logros, pertenencias, certezas— y sin embargo permanece vacío. Y hay otros momentos, casi siempre inesperados, en los que uno se da hacia afuera —una palabra, una ayuda, un gesto mínimo— y en ese movimiento algo se acomoda. Como si el alma recordara su forma original.

    La cocina se vuelve entonces una especie de altar doméstico. El fuego no solo cocina alimentos, también organiza pensamientos. Cada chispa invisible del horno parece decir que lo esencial no se acumula: se comparte.

    Y en esa reflexión aparece otra voz, más lejana en el tiempo pero igual de presente en esta noche patagónica. Benjamin Disraeli decía, a través de una frase que parece un susurro de viajeros antiguos, que todos los grandes viajeros ven más cosas de las que recuerdan y recuerdan más cosas de las que han visto. Pienso en eso mientras escucho el viento rozar el techo, como si la Patagonia misma fuera un viajero inmenso que no puede retener todo lo que contempla.

    Tal vez la vida funcione así. No como un archivo ordenado, sino como una corriente que deja impresiones más profundas que precisas. Uno no recuerda imágenes exactas, sino sensaciones: la textura de una emoción, el peso de una despedida, la luz de una tarde que ya no existe. Y lo que no se recuerda conscientemente no desaparece; se convierte en una especie de música interior que nos acompaña sin que lo sepamos.

    En ese punto, esta noche adquiere otra capa. Porque mientras el mundo exterior se aquieta, el mundo interior se vuelve más amplio. Y es allí donde aparece la música como un puente.

    Pienso en Joe McCann, ese músico del estado de Nueva York, multiinstrumentista que encuentra en la guitarra una especie de eje emocional. Su obra, con esa inclinación hacia lo rítmico, lo melódico, lo ambiental y lo evocador, parece diseñada para acompañar estos estados intermedios del alma. El género que se suele llamar Easy Listen se despliega como un territorio sin fronteras estrictas: un lugar donde conviven el rock instrumental contemporáneo, el chillout electrónico moderno, el nu-jazz, el tempo lento del lounge y las atmósferas del ambient.

    Es curioso cómo esa variedad no dispersa, sino que une. Como si cada estilo fuera una forma distinta de decir lo mismo: que el sonido también puede ser refugio.

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  4. “Chase The Sunset”, con su guitarra clara y su fondo instrumental envolvente, parece escrito para este momento exacto del mundo. No el atardecer en sí, sino la persecución simbólica de ese instante en el que la luz ya no es día ni noche, sino transición. Escuchar esa pieza es como caminar por una frontera invisible donde todo lo que se deja atrás todavía vibra, y todo lo que viene aún no tiene forma.

    Y entonces comprendo algo que no es exactamente pensamiento, sino percepción: la música, el viaje y la ayuda a otros comparten una misma naturaleza. Son movimientos hacia afuera que, paradójicamente, nos devuelven a nosotros mismos.

    Ayudar a alguien es salir del centro del propio ego. Viajar —aunque sea por dentro— es perder la certeza de lo conocido. Escuchar música con apertura es permitir que algo externo reorganice lo interno. En los tres casos, uno deja de ser un punto fijo para convertirse en una corriente.

    Mientras el horno sigue trabajando, me pregunto si la plenitud de la que hablaba Schwarzenegger no es otra cosa que eso: el instante en que dejamos de insistir en ser recipiente, y nos convertimos en paso.

    La Patagonia, en esta noche de abril, no responde. Solo acompaña. Hay una sabiduría en su silencio que no intenta convencer a nadie. Las montañas no explican su existencia; simplemente están. Y quizás esa sea la enseñanza más antigua: que lo esencial no se declara, se manifiesta.

    En algún lugar entre el aroma de la comida, el eco de la música imaginada y el viento que golpea suavemente la casa, siento que los recuerdos no son solo del pasado. Son también del futuro. Son anticipaciones que el alma guarda sin fecha.

    Y así, entre el fuego del horno y la sombra de los árboles afuera, entiendo que esta noche no está hecha para ser recordada con precisión, sino para ser sentida como una huella difusa. Como esas melodías que no se pueden describir del todo, pero que permanecen.

    Tal vez eso sea vivir aquí, en Aluminé, en esta Patagonia vasta y enigmática: aprender a habitar lo que no se puede nombrar completamente, y aun así reconocerlo como propio.

    Porque al final, lo que realmente nos transforma no es lo que acumulamos, sino lo que compartimos; no lo que vemos, sino lo que nos atraviesa; no lo que recordamos, sino lo que nos sigue resonando sin necesidad de ser comprendido.

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