Eternity - Roger Subirana - The Round Dimension (2017)

"The Round Dimension" es el 9º trabajo discográfico en solitario de Roger Subirana y recoge un total de 17 composiciones. Unos 70 minutos de música original, siempre defendiendo una sonoridad común: La banda sonora. Una de las peculiaridades de la música de Roger es que en sus letras usa lenguaje fonético inventado, que no poseen ningún significado más allá de buscar la pura musicalidad. La paleta de sonidos de The Round Dimension es muy extensa. Se perciben desde los más clásicos de cuerdas hasta encontrar sonidos muy experimentales, pasando por el uso contundente de guitarras eléctricas. Pero sin duda, el auténtico protagonista es el sonido de piano.

Comentarios

  1. Cree en ti, y en tu visión de futuro.
    Rodéate de aquellos que creen en ti y que ayudarán a alcanzar tu meta.
    Mantén vivo tu sueño a pesar de los desafíos que acechan en tu camino.
    Siempre habrá algunos que intenten robar tu sueño con críticas o risas;
    no entienden aquello que te impulsa a llegar más allá.
    No hay derrota en la inercia, pero tampoco hay éxito.
    Sólo si corres los riesgos que los demás temen, podrás alcanzar la excelencia.
    Los cambios pueden ser aterradores, pero a través de ellos podrás crecer.
    Sólo si te desafías con lo que parece imposible podrás saber cuánto puedes alcanzar;
    sólo una es la clave del éxito: persevera hasta triunfar.
    Es posible que debas cambiar mucho, pero la buena noticia es:
    ¡Que puedes hacerlo!
    La semilla de la excelencia está dentro de ti,
    aliméntala y no habrá nada que no puedas hacer.

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  2. 🌑 Los que escuchan el lenguaje del viento

    La noche se extendía sobre Aluminé como un manto antiguo tejido con sombra, humo y silencio. El otoño ya había vaciado muchos árboles y el aire descendía desde la cordillera con ese frío profundo que parece venir no solo de las montañas, sino también del tiempo. Más allá del crepúsculo, la Patagonia entraba lentamente en ese territorio donde las formas pierden sus límites y todo comienza a parecer un sueño.

    Yo caminaba junto a un anciano mapuche por un sendero apenas visible entre los coihues oscuros. No hablábamos demasiado. A veces el silencio también es una forma de conocimiento.

    A lo lejos ardía una fogata pequeña.

    El humo subía recto hacia el cielo negro.

    Y alrededor del fuego había viajeros.

    No viajeros comunes, sino personas que parecían venir de otra época. Algunos llevaban instrumentos antiguos colgados en la espalda. Otros simplemente observaban las brasas como quien escucha algo invisible detrás del mundo. Cantaban melodías lentas, difíciles de entender, pero extrañamente familiares, como si hubieran nacido mucho antes que nosotros.

    Entonces recordé aquella historia de Elías.

    El viaje hacia el norte.

    El llamado interior.

    El encuentro con un clan sin patria fija, unido únicamente por la búsqueda espiritual.

    Y mientras observaba a esas personas reunidas bajo la noche austral, sentí que tal vez todos los seres humanos pertenecemos secretamente a un mismo clan perdido: el de aquellos que aún buscan algo que no saben nombrar.

    El anciano se sentó cerca del fuego y me hizo un gesto para que hiciera lo mismo.

    Durante unos minutos nadie habló.

    Solo se escuchaba el crepitar de la madera y el rumor lejano del viento atravesando los árboles. Pero en aquella quietud había una presencia difícil de explicar, como si el bosque entero estuviera escuchándonos.

    Finalmente el anciano dijo:

    —Hay personas que viajan para conocer lugares. Y hay otras que viajan porque el espíritu las está llamando de regreso.

    Sus palabras quedaron suspendidas en el humo.

    Miré hacia las sombras del bosque y comprendí algo inquietante: muchas veces creemos que elegimos nuestros caminos, cuando en realidad son ciertos recuerdos invisibles los que nos conducen. Recuerdos antiguos. Tal vez anteriores incluso a nuestra propia vida.

    El anciano tomó un puñado de tierra húmeda entre sus manos.

    —Para nuestra gente —continuó— el viento tiene memoria. Él reconoce a quienes todavía conservan preguntas verdaderas en el corazón.

    Sentí un escalofrío recorrerme lentamente.

    Porque desde hacía tiempo yo también sentía ese llamado imposible de explicar. Esa sensación de que existe algo más allá de la rutina, del ruido y de las preocupaciones pequeñas. Algo que a veces aparece en los sueños, en ciertas canciones, o en noches como esta, cuando el silencio parece abrir puertas invisibles dentro del alma.

    Uno de los viajeros comenzó a tocar una melodía suave con una flauta de madera.

    La música parecía mezclarse con el viento.

    Y por un instante tuve la extraña sensación de haber vivido ese momento antes, en otro tiempo, bajo otro cielo.

    Entonces entendí lo que Elías había comenzado a descubrir en su viaje: algunos encuentros no son casualidades. Son señales. Pequeñas grietas por donde el misterio entra en nuestras vidas.

    El anciano me observó en silencio, como si pudiera escuchar mis pensamientos.

    —El problema del hombre moderno —dijo finalmente— es que ha olvidado cómo interpretar las señales del espíritu. Todo lo quiere explicar. Todo lo quiere controlar. Pero las cosas más importantes nunca hablan de manera directa.

    Miré el fuego.

    Las brasas brillaban como pequeños ojos rojos en medio de la oscuridad.

    Y comprendí que quizá el lenguaje del universo siempre fue así: fragmentos, intuiciones, símbolos, sueños, encuentros inesperados. Nada completamente claro. Nada completamente lógico. Porque el espíritu no se comunica como la mente. Habla mediante resonancias.

    Por eso ciertas personas nos conmueven apenas las conocemos.

    Por eso algunos lugares nos producen nostalgia sin haber estado nunca allí.

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  3. Por eso existen noches en las que sentimos que algo invisible nos está observando desde dentro del viento.

    El anciano levantó la vista hacia las montañas ocultas.

    —Nuestros antiguos decían que hay seres humanos que nacen dormidos y otros que nacen recordando. Los que recuerdan nunca logran sentirse del todo cómodos en el mundo. Siempre sienten el llamado del camino.

    Esas palabras quedaron latiendo dentro de mí.

    Porque entendí que el anhelo espiritual no siempre trae paz. A veces trae movimiento. Incomodidad. Una necesidad silenciosa de seguir buscando aunque no sepamos exactamente qué.

    Los viajeros continuaban cantando alrededor del fuego.

    Sus voces parecían antiguas como el río.

    Y de pronto sentí que tal vez toda la vida consiste en eso: caminar guiados por señales invisibles, intentando regresar a una verdad que el alma conocía antes de que el mundo nos llenara de ruido.

    La noche avanzó sobre Aluminé y el frío comenzó a cubrir lentamente los senderos del bosque. Pero dentro de mí algo permanecía despierto.

    Algo antiguo.

    Algo imposible de nombrar.

    Como una memoria espiritual escondida detrás del corazón.

    Y mientras escuchaba el viento atravesar la Patagonia oscura, comprendí por qué algunos pueblos todavía hablan con las montañas, con los sueños y con el fuego.

    Porque hay verdades que solo pueden escucharse cuando el alma deja de hacer ruido.

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