David Arkenstone - Troika III: Faeries- A Realm of Magic & Enchantment (1999)

Troika crea aventuras sonoras evocadoras y globales con su álbum de 1999, "Faeries: A Realm of Magic & Enchantment". Percusión irlandesa e india, flautas americanas y bansuri, así como arpas y cuernos se combinan magistralmente en piezas místicas compuestas por uno de los principales talentos del género, David Arkenstone. Para los más nuevos en la música New Age, o para los oyentes experimentados, Troika II es un álbum encantador e ideal para las horas de la noche. Asimismo, podemos decir que cada canción de Troika III es buena; todas ellas poseen una identidad que le es propia. Al escucharlas, se siente como si estuviéramos en un bosque místico y remoto. Es una música muy soñadora que transporta el alma.

 

David Arkenstone - Troika III: Faeries- A Realm of Magic & Enchantment (1999)

01. The Magic Birdcage
02. The Jewels of the Faeries
03. The Healing Spirits
04. The Magic Fountain
05. The Garden Under the Sea
06. The Ice Faeries
07. The Star Maiden
08. The Mountain Spirit

Duración total: 46:12 min.

Comentarios

  1. “No hay que poner la palabra antes de la realidad, hay que poner primero la realidad.” Leonora Carrington, pintora surrealista mexicana.

    Pero entre la realidad, la magia y la fantasía hay una línea muy delgada que a veces no se percibe. Un reino de mágia y encantamiento nos trae David Arkenstone en esta pieza! Un reino que es más real que la realidad misma. Dejémonos llevar por su música y sin darnos cuenta estaremos entrando en la realidad verdadera... ¿o no?

    Como dice Ernesto Sabato, escritor argentino: "Pienso ahora hasta qué punto el amor enceguece y qué mágico poder de transformación tiene. ¡La hermosura del mundo!"

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  2. El album completo es encantador !
    Para ambientarse en algun bosque, pleno de sol, aire fresco... mientras se escucha suavemente un rio. Descansar bajo arboles que nos susurran, mientras un sauce llora por mi...

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  3. Que hermosa postal has descripto Jorge! Ideal para escuchar este maravilloso álbum de David Arkenstone! Gracias por comentar!

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  4. ✨ El reino invisible detrás de las montañas

    En Aluminé existen atardeceres en los que la realidad parece aflojar lentamente sus límites. El lago deja de ser sólo agua, el viento deja de ser solamente viento y las montañas comienzan a parecer antiguas criaturas dormidas observándonos desde otro tiempo. Hay momentos en que la Patagonia entera parece suspendida entre dos mundos: uno visible y otro secreto, apenas insinuado detrás de la luz dorada del crepúsculo.

    Quizás por eso siempre me inquietaron las palabras de Leonora Carrington:

    "No hay que poner la palabra antes de la realidad, hay que poner primero la realidad."

    Pero… ¿qué realidad?

    Esa pregunta comenzó a caminar conmigo hace años, como una sombra silenciosa.

    Porque creemos conocer el mundo sólo porque sabemos nombrarlo. Árbol. Río. Piedra. Cielo. Amor. Dolor. Y sin embargo, cuanto más profundamente observo ciertas cosas, más siento que las palabras apenas rozan la superficie de algo infinitamente más vasto.

    Hay noches en Aluminé donde el aire parece contener una presencia imposible de explicar. El rumor del río se vuelve hipnótico y los bosques oscuros parecen guardar secretos anteriores a la memoria humana. Entonces uno comprende que la realidad quizá no sea eso rígido y concreto que nos enseñaron, sino un tejido misterioso atravesado por símbolos, intuiciones y pequeños encantamientos invisibles.

    Tal vez la fantasía no sea lo opuesto a la realidad.

    Tal vez sea una puerta hacia una realidad más profunda.

    Pienso en la música de David Arkenstone y siento exactamente eso. Sus melodías no parecen compuestas únicamente para ser escuchadas; parecen diseñadas para abrir corredores ocultos dentro del espíritu. Hay piezas suyas que no suenan como canciones, sino como antiguos reinos respirando detrás del mundo cotidiano.

    Uno escucha ciertos acordes y de pronto algo cambia.

    El tiempo se vuelve más lento.
    La percepción se ensancha.
    Las montañas parecen más antiguas.
    El alma recuerda algo que nunca supo explicar.

    Y entonces aparece la sospecha inquietante:

    ¿Y si aquello que llamamos fantasía fuera simplemente una dimensión olvidada de la realidad?

    Quizás hemos sido educados para desconfiar de lo invisible. Nos enseñaron a valorar únicamente aquello que puede medirse, tocarse o demostrarse. Pero el amor no puede medirse. La belleza tampoco. Y aun así ambos poseen el poder de transformar completamente nuestra percepción del mundo.

    Por eso las palabras de Ernesto Sabato resuenan como una revelación silenciosa:

    "Pienso ahora hasta qué punto el amor enceguece y qué mágico poder de transformación tiene. ¡La hermosura del mundo!"

    Qué verdad tan extraña.

    El amor modifica la realidad.

    No porque cambie las montañas, los lagos o las estrellas, sino porque altera profundamente la manera en que los contemplamos. Un mismo paisaje puede parecer vacío para alguien y absolutamente sagrado para otro. El universo exterior quizá sea menos importante que la luz con la que lo miramos.

    Tal vez ahí comienza toda magia verdadera.

    No en los hechizos.
    No en las ilusiones.
    No en escapar del mundo.

    Sino en descubrir que el mundo ya estaba encantado desde el principio.

    Recuerdo una tarde de verano caminando cerca del río. El sol descendía lentamente detrás de los cerros y el agua parecía contener diminutos fragmentos de oro líquido. Todo estaba en silencio excepto el viento entre los pinos. Y por un instante —tan breve que casi podría haber sido imaginado— sentí que la frontera entre lo visible y lo invisible desaparecía.

    Como si detrás de las formas habituales existiera otra realidad respirando.

    Más viva.
    Más luminosa.
    Más verdadera.

    Quizá eso sea lo que algunos llaman espiritualidad.

    No una doctrina.
    No una explicación absoluta.
    Sino la capacidad de percibir el misterio oculto detrás de las apariencias.

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  5. Porque hay lugares donde el alma despierta con mayor facilidad. Y la Patagonia posee esa cualidad extraña. Sus paisajes no parecen pertenecer del todo al mundo humano. Hay algo ancestral en sus lagos, algo sagrado en sus silencios, algo profundamente enigmático en la manera en que el cielo parece expandirse hasta volverse infinito.

    A veces pienso que ciertas músicas, ciertos libros y ciertos atardeceres actúan como llaves.

    Abren puertas interiores.

    Nos permiten recordar que la existencia es mucho más vasta de lo que solemos admitir.

    Quizás por eso algunas personas necesitan reducir todo a lógica: porque aceptar el misterio resulta demasiado inmenso. Pero el espíritu humano siempre termina buscando grietas por donde escapar hacia algo más grande. Un sueño. Una canción. Una mirada. Un paisaje imposible de describir.

    Y entonces ocurre.

    La realidad deja de parecer un mecanismo frío y comienza a revelarse como un organismo vivo, palpitante, lleno de símbolos y resonancias invisibles.

    Como un reino secreto escondido detrás de lo cotidiano.

    Tal vez Leonora Carrington tenía razón: primero está la realidad. Pero quizás la verdadera realidad no sea la que vemos con los ojos, sino la que apenas alcanzamos a intuir cuando el alma se abre por completo al asombro.

    Esa realidad donde la música puede transformarse en portal.
    Donde el amor altera la materia del mundo.
    Donde la belleza tiene poder de revelación.
    Donde las montañas parecen observarnos en silencio desde otro reino.

    Y quizá, mientras escuchamos a David Arkenstone bajo el cielo inmenso de Aluminé, terminemos cruzando sin darnos cuenta esa línea delgada entre la fantasía y lo real.

    Aunque tal vez —y eso es lo más inquietante— nunca hayan sido cosas diferentes.

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