El artista Steven Cravis es un pianista, compositor y productor de bandas sonoras en la ciudad de San Francisco, influenciado por Sting, George Winston, Hans Zimmer y Andreas Vollenweider. "Lo más significativo que podrÃa pasar con mi música a gran escala es que ayude a las personas a sentirse enteras, reducir el estrés y contribuir a la paz", comenta Steven. Cravis. Este deseo sincero del pianista está hecho con el mismo amor y respeto por el ser humano y espiritual que impregna sus obras musicales. Además, Steven Cravis agrega: "Esto tiene una magia especial al respecto. Es calmante... es una suave caricia para los oÃdos. Si fueras capaz de tomar sueños pacÃficos y ponerlos a la música, esto es lo que suena."
Diane Arkenstone & Steven Cravis - The Gift (Single) (2012)
01. The Gift (feat. Diane Arkenstone)
Duración total: 06:35 min.

Dice Dámaso Alonso, poeta español:
ResponderEliminar"Tan grandes son tus ojos, que tu alma era quizá como un enorme incendio, cual una lumbrarada de colores, como un fanal de faro."
🔥 El fuego que habita en la mirada
ResponderEliminarEl sol de marzo se posa suave sobre Aluminé, como si conociera el pulso secreto de esta tierra. El otoño apenas comienza a insinuarse en los bordes dorados de los árboles, y el mate humea entre mis manos como un pequeño ritual cotidiano que abre puertas invisibles. Kayquen respira cerca, en calma, pero con esa atención ancestral que parece leer lo que aún no sucede.
Hay mañanas en que el paisaje no solo se contempla… se escucha. Y hoy, entre los silencios, regresa la voz de Dámaso Alonso: “Tan grandes son tus ojos, que tu alma era quizá como un enorme incendio…”.
Pienso entonces en esa imagen: un alma que arde, no para consumir, sino para iluminar. Un fuego que no destruye, sino que revela. ¿Cuántas veces hemos sentido ese resplandor en lo profundo, como si algo dentro nuestro quisiera expandirse más allá de los lÃmites del cuerpo, más allá de la historia?
AquÃ, en la Patagonia, el fuego tiene memoria. No es solo llama: es presencia. Es el mismo que habita en los relatos antiguos, en las ceremonias, en las miradas de quienes han aprendido a ver más allá de lo evidente. Quizás por eso, cuando escucho ciertas músicas —esas que parecen venir de otro tiempo— siento que algo en mà se enciende.
No es emoción. No es pensamiento. Es reconocimiento.
Como si el alma recordara su propia intensidad.
La música, entonces, se vuelve un espejo. No refleja lo que somos en lo superficial, sino lo que arde en lo profundo. Y en ese reflejo, los ojos se agrandan, no fÃsicamente, sino en su capacidad de percibir. Se vuelven faros. Se vuelven puertas. Se vuelven testigos de un incendio que no se ve, pero que transforma todo lo que toca.
Tal vez por eso ciertas miradas nos conmueven tanto. Porque no vemos solo a la persona… vemos el fuego que la habita. Y ese fuego, cuando es auténtico, no puede ocultarse. Se filtra en los gestos, en las palabras, en los silencios.
Miro el horizonte y siento que esta tierra también mira de vuelta. Que sus lagos, sus montañas, sus bosques, son ojos antiguos que han visto arder incontables almas. Y que, de algún modo, siguen alimentando ese fuego en quienes se detienen a escuchar.
Kayquen abre los ojos por un instante, y en su mirada hay algo puro, sin interpretación. Un reflejo directo de lo que es. Quizás ahà esté la clave: no en buscar el incendio, sino en permitirlo. No en entenderlo, sino en sostenerlo.
Porque el alma, cuando arde, no pide explicación.
Solo pide espacio.
Y tal vez, en este viaje enigmático que llamamos vida, no estamos aquà para apagar ese fuego… sino para aprender a mirarlo sin miedo.
A dejar que nos ilumine.
A convertirnos, también, en faro.