El álbum “Colors Collide: Music for Petrified Forest National Park” de Jill Haley es una evocadora obra que traduce en sonido la extraordinaria belleza y paleta cromática de ese rincón desértico del suroeste de Estados Unidos, celebrado por su madera petrificada y paisajes llenos de historia y matices. Compuesto tras una estancia de la artista en el parque como Artist in Residence, cada pieza funciona como una pintura sonora donde piano, oboe, English horn, flauta, guitarra, bajo y cello se entrelazan para sugerir texturas de luz, arena y silencio. La música fluye con serenidad y reflexión, invitando a la introspección y a imaginar los colores del desierto bajo distintas luces y climas, con una sensibilidad que captura tanto la esencia natural como el espíritu de exploración que inspiró su creación.
Jill Haley - Colors Collide, Music for Petrified Forest National Park (2024)
01. Crimson Bands
02. Sepia Dunes
03. Hues of Nizhoni
04. Ochre Etchings
05. Orange Melts Into Blue
06. Ecru Desert Sands
07. Splashes of Silver
08. Crisp Desert Morn
09. Colors Collide
10. Earth Tones
11. Agate House
Duración total: 44:39 min.
01. Crimson Bands
02. Sepia Dunes
03. Hues of Nizhoni
04. Ochre Etchings
05. Orange Melts Into Blue
06. Ecru Desert Sands
07. Splashes of Silver
08. Crisp Desert Morn
09. Colors Collide
10. Earth Tones
11. Agate House
Duración total: 44:39 min.
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💫 El fuego que se comparte no se apaga
ResponderEliminarLa noche de febrero cae mansa sobre Aluminé. El aire patagónico desciende desde las montañas con una frescura que despierta los sentidos y limpia los pensamientos. El río canta su melodía incesante, como si supiera que cada jornada trae su propio aprendizaje. Desde mi ventana, las estrellas parecen más cercanas, casi al alcance de la mano, como brasas encendidas en el gran fogón del cielo.
Pienso en la frase de Isabel Allende: “La felicidad que se vive deriva del amor que se da”. Y aquí, en este rincón del Neuquén profundo, esas palabras no suenan a teoría, sino a experiencia cotidiana.
En Aluminé, el amor no siempre se pronuncia; se practica. Está en el mate que pasa de mano en mano sin preguntar credos ni heridas. Está en el vecino que acerca leña cuando el invierno arrecia. Está en la mesa compartida después de una jornada de trabajo, cuando el pan casero y las historias se reparten por igual. Dar es una forma de habitar el mundo.
Las tradiciones de esta tierra —mezcla de herencia criolla y sabiduría mapuche— nos enseñan que nada florece en soledad. La Ñuke Mapu, la Madre Tierra, devuelve lo que recibe con respeto. Si la cuidamos, nos nutre. Si la honramos, nos guía. El amor que se ofrece a la tierra regresa convertido en fruto, en agua clara, en sombra generosa.
Tal vez la felicidad no sea un destino lejano, sino un eco. Un eco del amor que sale de nosotros y vuelve transformado. Como el sonido del kultrún que vibra en las ceremonias y resuena en el pecho de quien escucha. El latido no se guarda: se comparte. Y al compartirse, se expande.
Esta noche fresca me recuerda que el amor es fuego. Pero no el fuego que consume, sino el que reúne. El que ilumina los rostros alrededor de la cocina a leña. El que permite que las historias se entrelacen y que el silencio no sea distancia, sino presencia compartida.
He comprendido, caminando entre coihues y araucarias, que aferrarse a la felicidad como posesión es perderla. En cambio, cuando uno ofrece tiempo, escucha, paciencia, algo invisible se enciende. No siempre vemos el efecto inmediato. A veces el gesto cae en la tierra como semilla oculta. Pero toda siembra sincera encuentra su estación.
El amor dado no empobrece; ensancha. No divide; multiplica. Como el río Aluminé, que al avanzar no se guarda el agua, sino que la entrega a cada recodo, a cada orilla. Y en ese fluir constante encuentra su razón de ser.
Quizá el secreto enigmático sea este: la felicidad no es una recompensa, sino una consecuencia. No llega cuando la perseguimos, sino cuando nos olvidamos de nosotros mismos en un acto genuino de entrega. Cuando damos sin cálculo, sin expectativa, sin miedo.
En esta noche de febrero, bajo el cielo vasto de la Patagonia, siento que el espíritu también es un viajero. Un viajero que aprende que amar es la única forma de trascender el propio límite. Cada gesto de bondad es un puente invisible hacia algo mayor.
Y así, mientras el viento nocturno acaricia los árboles y el río continúa su canto antiguo, comprendo que la felicidad no se acumula: circula. Vive en el abrazo ofrecido, en la palabra que consuela, en la mano extendida.
Porque en esta tierra austral, donde el horizonte parece infinito, el corazón descubre que cuanto más amor entrega, más luminoso se vuelve su propio crepúsculo. Y entonces, casi sin notarlo, la noche deja de ser oscura y se transforma en viaje. Un viaje donde el espíritu aprende que dar es, en esencia, la forma más pura de recibir.