Yulara - All Is One (1996)

Desde sus inicios como uno de los sellos independientes más importantes del género, Higher Octave ha hecho todo lo posible para tejer los encantos del worldbeat, el jazz melódico y los mundos espirituales en un mosaico perfecto. Con la llegada de Yulara, la compañía ha convertido esta búsqueda en una experiencia musical verdaderamente religiosa. Yulara significa «el aullido de los dingos» y es el nombre de un pueblo australiano cerca de Ayers Rock. Únete a Yulara en un recorrido colorido e imaginativo por las mutualidades originales entre diferentes tribus o naciones y la naturaleza. Los saxofones, las flautas, las guitarras y los teclados se combinan con el didgeridoo, los cánticos, los sonidos ambientales y los ritmos del jazz urbano para crear un lugar en el que «todo es uno». 

Yulara - All Is One (1996)

01. Invoking the Spirit
02. Uno Domini

03. Out of the Deep
04. Moon in 44
05. Entering the Zone
06. Sakusadhu
07. Banemai
08. Sioh Sayang
09. Connecting Dreamtime
10. Namah Shivaya
11. Bowing Down to the Ocean
12. Ho Doi

Duración total: 60:38 min.

Comentarios

  1. La Tierra no nos pertenece: nosotros pertenecemos a la Tierra. Y lo que le ocurre a la Tierra, le ocurre a los hijos de la Tierra. —Jefe de la tribu Seattle.

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  2. 🌍 Cuando la Tierra nos sueña

    Esta mañana soleada de marzo en Aluminé tiene una claridad que no solo ilumina: revela. El otoño comienza a insinuarse en los bordes del paisaje, y cada hoja que cambia de color parece decir algo que no alcanzo a traducir del todo… pero que igual comprendo.

    El aire es fresco, el río sigue su curso con esa paciencia antigua, y yo —mate en mano, pensamiento suelto— siento que no estoy observando la Tierra… sino siendo observado por ella.

    Entonces la frase emerge, como si siempre hubiera estado ahí: “La Tierra no nos pertenece: nosotros pertenecemos a la Tierra. Y lo que le ocurre a la Tierra, le ocurre a los hijos de la Tierra.”

    Y algo se acomoda.

    Porque durante mucho tiempo aprendimos a mirar el mundo como un escenario. Como un lugar que habitamos, usamos, recorremos. Pero aquí, en esta Patagonia donde todo parece tener espíritu, esa idea se desarma. No estamos sobre la Tierra. Estamos dentro de ella. Somos una expresión más de su misterio.

    Como un latido.

    Como un eco.

    Pienso en las culturas antiguas, en esos pueblos que nunca olvidaron esta verdad. Para ellos, el viento no era solo aire en movimiento: era mensaje. El agua no era recurso: era vida consciente. La tierra no era suelo: era origen.

    Y entonces aparece la música.

    Siempre la música como puente.

    Recuerdo la esencia de “All Is One”, ese viaje sonoro donde lo moderno y lo ancestral no se enfrentan, sino que se reconocen. Donde el didgeridoo no es un instrumento exótico, sino una voz profunda que parece venir desde el centro mismo de la Tierra. Donde los saxofones, las flautas y los ritmos urbanos no invaden… dialogan.

    Yulara.

    “El aullido de los dingos.”

    Un nombre que no solo nombra un lugar, sino una vibración. Una llamada. Un recordatorio de que hay sonidos que no nacen del hombre, sino que lo atraviesan. Que lo incluyen en algo mayor.

    En ese paisaje australiano, cerca de esa roca sagrada que ha sido testigo de miles de amaneceres, distintas culturas se entrelazan con la naturaleza sin imponerse. Se reconocen en ella. Se saben parte.

    “Todo es uno.”

    No como una idea poética… sino como una experiencia real.

    Aquí, en Aluminé, esa verdad también respira. En el murmullo del río, en el crujir de las ramas, en el vuelo silencioso de un ave que no necesita ser nombrada para existir. Todo está en relación. Todo se afecta.

    Y entonces comprendo la profundidad de aquella frase: lo que le ocurre a la Tierra… nos ocurre.

    No es metáfora.

    Es vínculo.

    Cada herida en el suelo resuena en algún lugar del alma. Cada equilibrio restaurado, también. Porque no hay separación real, aunque la hayamos imaginado.

    La música de ese álbum —como este instante— no busca explicar eso. Lo hace sentir. Nos invita a recordar sin palabras. A entrar en un estado donde la mente deja de dividir y el cuerpo empieza a escuchar.

    Escuchar de verdad.

    Quizás por eso estas melodías tienen algo de sagrado. No en un sentido religioso tradicional, sino en esa forma de devolvernos al origen. De hacernos sentir parte de un tejido que no empieza ni termina en nosotros.

    Un tejido vivo.

    Un pulso compartido.

    Mientras el sol sigue elevándose y el otoño se afirma en su presencia, siento que esta mañana no me pertenece. Yo pertenezco a ella. A este instante. A esta Tierra que me contiene, me sostiene… y también me sueña.

    Sí.

    Tal vez somos eso.

    Sueños breves de una conciencia más vasta.

    Notas pasajeras en una melodía que nos incluye.

    Y cuando logramos escucharlo —aunque sea por un momento— algo cambia. Dejamos de sentirnos separados. Dejamos de buscar afuera lo que siempre estuvo sosteniéndonos desde adentro.

    Y entonces, como en Yulara, como en cada rincón donde la vida se expresa sin fragmentarse…

    recordamos.

    Que todo es uno.

    Y que en esa unidad silenciosa, la Tierra no solo nos da hogar…
    nos da sentido.

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