Ryan Farish - Lose Myself (Single) (2024)

Aunque se describe mejor como downtempo o chillout, la música de Ryan Farish existe en una categoría propia. Al combinar ricos instrumentos con elementos de ambiente y trance edificante, ha producido un sonido pulido e inconfundible que resuena en una amplia audiencia internacional. Si bien no se produce exclusivamente para clubes nocturnos y festivales, la música de Ryan Farish exhibe un atractivo supremo. La impecable ejecución de cada concepto habla de sus años de experiencia en el estudio. A medida que la generación más joven de entusiastas de la música electrónica continúe descubriendo la música de Ryan Farish, su catálogo de música seguirá expandiéndose. Para Farish, el viaje artístico continúa emprendiendo con nuevas vías que se exploran constantemente.

Ryan Farish - Lose Myself (Single) (2024)

01. Lose Myself

Duración total: 04:36 min.

Comentarios

  1. El contacto con la naturaleza no es un lujo sino una necesidad del espíritu humano. —Edward Abbey.

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  2. 🌵 El umbral donde la tierra respira en nosotros

    No sé exactamente en qué momento ocurrió.

    Estaba en Aluminé, como tantas otras veces, dejando que el viento frío del otoño me despeinara las ideas, viendo cómo los abedules dorados y los robles rojizos dibujaban ese paisaje que parece pintado por una nostalgia antigua… cuando algo se abrió. No fue un sonido, ni una luz. Fue más bien una sensación: como si el aire se volviera más denso, más consciente.

    Y entonces, sin moverme… ya no estaba ahí.

    O mejor dicho, estaba y no estaba.

    Porque frente a mí ya no había montañas húmedas ni hojas cayendo, sino una extensión seca, abierta, casi infinita. El suelo era rojizo, áspero, con esa textura que guarda historias de siglos. El viento ya no susurraba: hablaba. Y en ese hablar, había una presencia.

    —Llegaste —dijo, sin decirlo.

    No necesité preguntar su nombre. Era él. Edward Abbey. O tal vez su eco. O tal vez la parte de la naturaleza que él nunca dejó de escuchar.

    Nos sentamos —si es que a ese acto sin tiempo puede llamárselo sentarse— sobre una roca tibia que guardaba el calor del día. A lo lejos, los saguaros levantaban sus brazos como si aún intentaran dialogar con el cielo. Oracle, Arizona… pero no como en los mapas. Este era otro Oracle. Uno más profundo. Más verdadero.

    —Allá también la escuchás —me dijo.

    No supe si se refería al viento, a la tierra… o a algo más.

    —A veces —le respondí—. Pero otras, la tapo. Con ruido. Con urgencias. Con pensamientos que no llevan a ningún lado.

    Hubo un silencio. De esos que no incomodan.

    —No es un lujo —dijo después—. Es una necesidad.

    Y ahí estaba la frase, pero no como cita, sino como latido.

    Sentí entonces algo que no venía de él, ni de mí, sino del espacio entre ambos. Como si ese portal que me había traído hasta aquí no fuera un accidente, sino una respuesta. Porque quizás la naturaleza no es algo a lo que vamos… sino algo a lo que volvemos.

    Le conté de Aluminé. Del mate compartido. De las lluvias que llegan después de la sequía. De los inviernos que enseñan a resistir sin apuro. Él escuchaba como quien reconoce un idioma familiar.

    —Distinto paisaje —dijo—, misma raíz.

    Y entendí.

    No importa si es el sur patagónico o el desierto de Arizona. No importa si son robles o cactus. Hay algo que permanece intacto: la necesidad del espíritu de tocar lo esencial.

    Porque cuando nos alejamos de la naturaleza, no es solo el paisaje lo que perdemos… nos perdemos a nosotros.

    Y eso, en este tiempo de pantallas, de consumo, de ruido constante, se vuelve casi imperceptible. Nos acostumbramos a vivir desconectados, como si fuera normal. Como si bastara con sobrevivir.

    Pero no basta.

    —El problema —me dijo— no es que el mundo cambie… es que el hombre olvida.

    Y en ese olvido, reemplaza lo real por lo inmediato, lo profundo por lo superficial, lo necesario por lo accesorio.

    Miré alrededor. El desierto no tenía nada de accesorio. Era crudo, directo, honesto. No ofrecía comodidad. Ofrecía verdad.

    Y quizás por eso incomoda tanto.

    —Allá también lo saben —le dije—. A veces lo olvidamos, pero lo sabemos.

    Pensé en esas tardes junto al lago, en el sonido del agua golpeando suave, en el fuego encendido al caer la noche. Pensé en los silencios compartidos que dicen más que cualquier palabra.

    —Entonces no está todo perdido —respondió.

    Sonreí.

    Porque no lo está.

    Mientras haya alguien que se detenga a escuchar un pájaro, que mire un árbol como si fuera la primera vez, que sienta la lluvia no como una molestia sino como un regalo… todavía hay puente.

    Todavía hay regreso.

    El viento cambió. Trajo consigo un aroma distinto, como si mezclara tierra seca con hojas húmedas. Oracle y Aluminé en un mismo aliento.

    —No te quedes —dijo.

    No era una despedida. Era una indicación.

    —Volvé… pero no vuelvas igual.

    Y entendí que ese era el verdadero viaje. No el que atraviesa espacios, sino el que transforma la forma de habitar.

    El portal no se cerró. Nunca estuvo abierto ni cerrado. Porque no era un lugar: era una conciencia.

    Y ahora estoy otra vez acá.

    O allá.

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  3. O en ese punto donde ambos paisajes se encuentran dentro mío.

    El viento vuelve a soplar entre los árboles. Los colores del otoño siguen cayendo, como si cada hoja fuera una pequeña revelación. Y en ese caer, hay una certeza suave pero firme:

    La naturaleza no es algo que visitamos.

    Es algo que somos… cuando dejamos de olvidarlo.

    Y quizás, solo quizás, el espíritu no necesita más que eso:

    Un poco de tierra.

    Un poco de silencio.

    Y el coraje de volver.

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