Antonio Romo - Distant Closeness (2023)

Antonio Romo nació en Austin, Texas, pero creció en Guadalajara, la segunda ciudad más grande de México. Tocó el piano desde que era un niño y tuvo algunos profesores de piano durante ese tiempo. Empezó a componer desde la secundaria y le encantaba la sensación de poder expresarse a través de su propia música. Regresó a los EE. UU. cuando tenía veinte años. Nunca ha dejado de tocar el piano y componer, aunque hubo momentos en los que sintió que la música se había convertido en un pasatiempo sin importancia. Pero la vida es un viaje y en ocasiones nos trae experiencias inesperadas, sentimientos, saludos y despedidas que nos conmueven hasta la médula. Así que aquí esta de nuevo, en su último trabajo "Distant Closeness", abrazado a su viejo amigo, el piano. 

Antonio Romo - Distant Closeness (2023)

01. The River of Yesterday
02. A Blessing
03. Melodic Velocity
04. Perhaps
05. Afterthought
06. Between a Hello and a Goodbye
07. Ineffable
08. Of Music and Calendars
09. Everlasting
10. A Current Past
11. Joyful Gratitude
12. December
13. Within the Numbered Days

Duración total: 46:02 min.

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  1. La verdadera generosidad para con el futuro consiste en entregarlo todo al presente.

    —Albert Camus

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  2. 🍂 El instante donde arde lo eterno

    Esta mañana soleada de marzo en Aluminé tiene una claridad distinta. No es la luz del verano que todo lo expone, ni la del invierno que apenas insinúa. Es una luz que parece detenerse sobre las cosas, como si quisiera habitarlas. El otoño comienza a decir su verdad: nada se apura, pero todo ocurre.

    Desde mi lugar, el aire es fresco y limpio. El río sigue su curso sin esfuerzo, los árboles empiezan a soltar lo que ya no necesitan, y el silencio… el silencio no está vacío, está lleno de presencia. Y en ese estado, casi sin buscarlo, aparece la frase como un eco necesario: “La verdadera generosidad para con el futuro consiste en entregarlo todo al presente.”

    Me quedo ahí.

    Porque hay algo desafiante en esa idea. Hemos aprendido a guardar, a reservarnos, a posponer. A vivir como si el verdadero momento estuviera siempre un poco más adelante. Pero el futuro —ese territorio al que tanto le prometemos— no es más que una extensión de este ahora. Y si este ahora está incompleto, distraído o retenido… ¿qué estamos construyendo realmente?

    El presente, en cambio, no admite mitades.

    Es como este instante en Aluminé: si no lo vivo, se pierde. No hay forma de almacenarlo ni de repetirlo. El sol que toca ahora la ladera no será el mismo en unos minutos. El sonido del viento entre las hojas es irrepetible. Incluso este pensamiento, mientras lo escribo, ya está cambiando.

    Entonces comprendo: la generosidad de la que habla Camus no es dar algo material, ni hacer un gesto visible. Es entregarse sin reservas al instante. Es habitarlo completamente, sin dejar partes de uno mismo esperando otro momento.

    Eso exige valentía.

    Porque estar en el presente implica también sentirlo todo. No solo la calma, sino la inquietud. No solo la belleza, sino lo que incomoda. Es un acto de apertura total. Como un músico que no se guarda ninguna nota, que toca con todo lo que es, sabiendo que esa interpretación es única.

    Quizás por eso la música —esa que tanto nos guía en este viaje enigmático— tiene esa capacidad de anclarnos. Cuando una melodía nos atraviesa de verdad, no estamos pensando en mañana ni en ayer. Estamos ahí. Completos. Sin fragmentos.

    Y en ese estado, algo se ordena.

    El futuro deja de ser una preocupación y se convierte en una consecuencia. No hay que construirlo con ansiedad, sino permitir que nazca de un presente vivido con autenticidad. Como los árboles que ahora comienzan a desprender sus hojas: no lo hacen por miedo al invierno, sino por fidelidad a su ciclo.

    Hay una sabiduría silenciosa en eso.

    Aquí, en la Patagonia, esa enseñanza está en todas partes. El paisaje no se resiste a lo que viene. No se anticipa con angustia. Simplemente es. Y en ese ser pleno, genera continuidad. Genera futuro.

    Tal vez nosotros, en nuestra prisa por controlar, olvidamos ese principio simple: lo único que realmente podemos ofrecerle al mañana es la calidad de nuestra presencia hoy.

    Nada más.
    Y nada menos.

    Mientras el sol sigue ascendiendo, siento que este instante no necesita ser extraordinario para ser completo. Solo necesita ser vivido sin distracciones del alma. Con atención. Con apertura. Con esa forma de entrega que no pide garantías.

    Porque al final, la eternidad no está en lo que vendrá.

    Está en este punto exacto donde respiro, donde observo, donde soy.

    Y si logro estar aquí de verdad —aunque sea por un instante— entonces sí, algo del futuro ya ha sido cuidado.

    No por previsión…
    sino por presencia.

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