Esta entrega de la serie Winter's Solstice presenta grabaciones con temas invernales. Además de los artistas habituales de Windham Hill como George Winston y Liz Story, hay apariciones de Marion Meadows, Todd Cochran, David Arkenstone, y el cuarteto de Brian Keane, Michael Manring, Paul McCandless y Lew Soloff. Quizás sorprendentemente, la falta de material festivo tradicional solo aumenta el atractivo de este disco, al igual que las actuaciones de primer nivel. "Winter's Solstice Vl" es más dinámico y menos propenso a desvanecerse en el fondo de una víspera invernal. Lisa Lynne es una multiinstrumentista e intérprete que ha obtenido reconocimiento mundial por su música original con su arpa celta. Es ampliamente aclamada por componer melodías memorables y conmovedoras.
Various Artists - A Winters Solstice VI (1997)01. Marion Meadows - Joyful Times
02. Michael Hedges - Ursa Major
03. Lisa Lynne - Northern Lights
04. Joanie Madden - Simple Praise
05. Todd Cochran - Secret Places
06. Richard Stoltzman - Sonata for Two Clarinets
07. Jim Brickman - Quiet Tune
08. Sean Harkness - Winkus McGinkus
09. Tim Story - In the Winters Pale
10. Liz Story - Snowfall
11. W.G. Snuffy Walden - Yesterdays Rain
12. David Arkenstone - Snow Dance
13. Will Ackerman - This Clearness of Light
14. George Winston - January Stars
15. Brian Keane, Michael Manring, Paul McCandless & Lou Soloff - Western Sky
Duración total: 70:17 min.
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La gota horada la piedra no por su fuerza, sino por su constancia.
ResponderEliminar—Ovidio
💧 La paciencia de la lluvia
ResponderEliminarEsta mañana fría, nublada y oscura de inicios de marzo parece suspendida en un suspiro. El cielo pesa sobre los tejados y el silencio tiene una densidad distinta, como si el día aún no decidiera nacer del todo. Hay algo en esta penumbra que me obliga a bajar el ritmo, a escuchar más hondo, a mirar hacia dentro con la misma atención con la que contemplo las nubes inmóviles.
Pienso en la frase de Ovidio: “La gota horada la piedra no por su fuerza, sino por su constancia”. Y en esta mañana gris, la siento menos como una sentencia antigua y más como una revelación íntima.
Vivimos obsesionados con la fuerza. Con el impacto inmediato. Con el resultado visible. Queremos ser torrentes que arrasan, vientos que transforman el paisaje en un instante. Sin embargo, la naturaleza —sabia en su discreción— nos recuerda que la verdadera transformación suele ser silenciosa, casi imperceptible. Una gota. Luego otra. Y otra más.
La piedra no cede ante la violencia de un solo golpe, pero se rinde ante la ternura persistente de lo pequeño.
Me pregunto cuántas veces he querido abandonar aquello que no mostraba frutos inmediatos. Cuántas veces confundí lentitud con fracaso. Esta mañana me susurra que tal vez el alma no se forja en grandes hazañas, sino en actos diminutos repetidos con fidelidad: una oración breve cada día, un perdón que se renueva, un esfuerzo callado cuando nadie aplaude.
La constancia tiene algo de fe. Es creer que lo invisible está trabajando aunque la superficie no cambie. Es aceptar que el proceso es más sagrado que el aplauso. La gota no ve la hendidura que un día abrirá en la piedra; simplemente cae. Cumple su vocación de caer.
Quizá mi tarea no sea derribar montañas, sino presentarme cada día, incluso cuando el cielo está gris y el ánimo encapotado. Incluso cuando la vida parece tan dura como roca antigua. Hay una espiritualidad profunda en la repetición humilde: levantarse, intentar de nuevo, amar otra vez, confiar una vez más.
Marzo comienza con su rostro frío, pero en su aparente esterilidad ya late la promesa de la primavera. Nada florece de golpe. Bajo la tierra, las raíces trabajan en secreto. Bajo la piedra, la gota insiste.
Hoy entiendo que la constancia no es terquedad, sino devoción. No es rigidez, sino fidelidad al propósito. Es el coraje suave de quien sabe que cada pequeño gesto cuenta, aunque el mundo no lo registre.
En esta mañana oscura, encuentro consuelo en saber que no necesito ser poderoso para transformar mi vida. Necesito ser perseverante. No necesito resultados inmediatos, sino dirección. La piedra puede ser el miedo, la duda, el hábito que me encadena. La gota puede ser un pensamiento luminoso repetido, una disciplina sostenida, un acto de bondad cotidiano.
La luz no irrumpe siempre como relámpago; a veces se filtra como humedad constante hasta que, un día, la roca cede y deja pasar el agua.
Tal vez el misterio de la existencia consista en eso: en comprender que lo eterno se construye con lo pequeño. Que la grandeza no está en la intensidad momentánea, sino en la coherencia diaria. Que incluso en los días grises —sobre todo en ellos— se está gestando algo.
Así que hoy, mientras el cielo permanece cubierto y el frío se aferra a las manos, decido ser gota. No violenta, no impaciente, no desesperada. Solo constante.
Y confío en que, sin darme cuenta, el alma irá horadando su propia piedra hasta que un día, en silencio, brote el agua.