"In Awe" es un peregrinaje sónico, una meditación en movimiento, un álbum de dinamismo y paz. Estas nueve composiciones combinan un ambiente arrollador, ritmos de rock y un excelente trabajo de guitarra como solo John Gregorius puede hacerlo. Un álbum de crecimiento personal y descubrimiento espiritual, In Awe se inspiró en largos períodos de meditación y la conexión que se puede encontrar a través de la inmersión en el mundo natural. Una sensación de asombro impregna este álbum a través del reconocimiento de uno mismo como parte de algo más grande. In Awe surge de la idea de que todo es milagroso. El resultado, en palabras de Gregorius: un "gracias por la belleza que nos rodea y por el propósito más profundo que podemos experimentar".
John Gregorius - In Awe (2022)
01. In Awe
02. Light
03. Everyday Miracle
04. New
05. Here Now
06. Open
07. Ascending
08. Gratefulness
09. Wonder
Duración total: 42:47 min.
01. In Awe
02. Light
03. Everyday Miracle
04. New
05. Here Now
06. Open
07. Ascending
08. Gratefulness
09. Wonder
Duración total: 42:47 min.
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Calma las aguas de tu mente, y las estrellas se verán reflejadas en tu alma.
ResponderEliminar—Rumi
🌌 Konya después del Crepúsculo: diálogo con Rumi bajo el cielo de Aluminé
ResponderEliminarLa madrugada en Aluminé tiene una forma antigua de existir.
No pertenece del todo al presente.
Hay momentos —sobre todo cuando el frío desciende desde las montañas y el silencio parece cubrirlo todo como un manto ceremonial— en que esta tierra deja de ser únicamente Patagonia y se convierte en un umbral.
Anoche sucedió otra vez.
El fuego se consumía lentamente en la salamandra mientras el viento golpeaba las ventanas como si quisiera entrar para contar secretos olvidados. Afuera, los árboles inmóviles parecían custodios de algo sagrado. Y sobre mi pecho colgaba el viejo talismán mapuche que llevo desde hace años, una pequeña pieza de plata envejecida por el tiempo y el misterio.
No sé exactamente cuándo comenzó el viaje.
Tal vez fue mientras cebaba el primer mate.
Tal vez cuando cerré los ojos.
O quizás cuando las palabras de Rumi aparecieron en mi mente como una puerta abriéndose en la oscuridad:
"Calma las aguas de tu mente, y las estrellas se verán reflejadas en tu alma."
Entonces ocurrió.
El aire cambió de densidad.
La habitación desapareció lentamente.
Y el sonido del viento patagónico comenzó a mezclarse con otro viento mucho más lejano… seco, antiguo, cargado de arena y plegarias.
Cuando abrí los ojos ya no estaba en Aluminé.
O tal vez seguía estándolo… pero en otro tiempo.
Frente a mí se elevaban las cúpulas de Konya.
La ciudad respiraba lentamente bajo un cielo color ámbar. Los minaretes parecían agujas atravesando el crepúsculo, y el aroma del café especiado y del incienso viajaba entre callejones donde hombres silenciosos caminaban envueltos en túnicas de lana. Escuché el canto lejano del muecín expandiéndose sobre los techos de piedra, y por un instante sentí que el tiempo había dejado de avanzar.
Konya…
La ciudad donde Jalal ad-Din Muhammad Rumi transformó el dolor humano en poesía eterna.
Caminé entre mercados iluminados por lámparas de aceite mientras el sonido del ney —esa flauta melancólica capaz de llorar como un alma separada de su origen— flotaba desde alguna casa escondida. Comprendí entonces por qué Rumi hablaba tanto del anhelo.
Todo en aquella ciudad parecía añorar algo.
Las paredes.
Los jardines.
Las fuentes.
Incluso el viento.
Porque Konya era mucho más que una ciudad medieval.
Era un corazón abierto entre Oriente y Occidente.
Persas.
Turcos.
Griegos.
Árabes.
Mercaderes llegados desde Bagdad, peregrinos provenientes de Damasco, viajeros de Anatolia y poetas del Gran Jorasán compartían las mismas calles bajo el mismo cielo.
Y en medio de aquella diversidad, Rumi enseñaba algo revolucionario incluso para nuestros tiempos:
Que el alma no tiene fronteras.
Mientras avanzaba por aquellos caminos antiguos sentí pasos detrás de mí. No escuché su llegada; simplemente apareció, como aparecen ciertas presencias en los sueños verdaderos.
Vestía una túnica sencilla color tierra.
Su barba descendía como un río plateado.
Y sus ojos…
Sus ojos parecían contener galaxias enteras girando en silencio.
—Has venido desde muy lejos —dijo.
Su voz no sonó en mis oídos.
Sonó dentro de mí.
—He venido desde el sur del mundo —respondí—. Desde una tierra de montañas, lagos y espíritus antiguos.
Rumi sonrió.
—Entonces comprendes el lenguaje del viento.
Caminamos juntos por una calle estrecha mientras sobre nosotros comenzaban a encenderse las primeras estrellas. Sentía que cada paso atravesaba siglos. Y aun así, todo parecía extrañamente familiar.
—Maestro —pregunté—, ¿por qué el alma humana vive en permanente nostalgia?
Rumi observó el cielo.
—Porque recuerda.
Guardó silencio unos segundos antes de continuar.
—El ser humano cree que su tristeza proviene de lo que perdió en esta vida. Pero la verdadera añoranza viene de mucho antes. El alma recuerda una unidad olvidada. Recuerda el origen. Y desde que nace busca regresar.
Entonces comprendí las palabras del ney.
La flauta sufí está hecha de caña arrancada de su tierra.
Por eso llora.
Como nosotros.
Seguimos caminando hasta llegar a un patio iluminado por antorchas. Allí, varios derviches giraban lentamente en círculos perfectos. Sus túnicas blancas parecían expandirse como alas de luz bajo la noche de Konya.
ResponderEliminarObservándolos, sentí que algo dentro de mí comenzaba también a girar.
No el cuerpo.
El pensamiento.
Rumi me miró como si pudiera escuchar cada pregunta que aún no había pronunciado.
—El giro no es danza —dijo—. Es rendición.
Los derviches levantaban una mano hacia el cielo y la otra hacia la tierra.
—¿Sabes por qué giran así?
Negué lentamente.
—Porque el verdadero ser humano debe convertirse en puente. Recibir la luz y entregarla. El ego quiere poseer. El alma solo quiere atravesar.
El viento movió suavemente las antorchas.
Por un instante, el patio entero pareció suspendido fuera del tiempo.
Pensé entonces en Aluminé.
En los bosques húmedos.
En las ceremonias mapuches.
En el kultrún resonando junto al fuego.
En los ancianos mirando las estrellas en silencio.
Y comprendí algo profundo:
Los pueblos verdaderamente espirituales nunca estuvieron separados.
Los sufíes giraban.
Los mapuches escuchaban la tierra.
Los monjes tibetanos meditaban entre montañas.
Los chamanes del Amazonas conversaban con los árboles.
Todos intentaban recordar lo mismo.
La unidad perdida.
—Maestro —dije finalmente—, vivimos tiempos de mucho ruido. La humanidad parece cada vez más desconectada de sí misma.
Rumi sonrió con una tristeza luminosa.
—El ruido siempre ha existido. Solo cambian sus disfraces.
Se acercó a una fuente de agua cristalina y observó su reflejo.
—La mente humana es como esta agua. Cuando está agitada, no puede reflejar las estrellas. Por eso los hombres modernos buscan desesperadamente afuera lo que solo puede encontrarse en quietud.
El agua tembló apenas por el viento nocturno.
—¿Y cómo se alcanza esa quietud?
Rumi me miró profundamente.
—Amando sin miedo.
Sentí entonces que aquellas palabras atravesaban algo antiguo dentro de mí. Algo que llevaba años dormido.
Porque el amor del que hablaba Rumi no era romántico.
Era cósmico.
Amar era mirar al otro y reconocer en él la misma chispa divina. Amar era disolver lentamente las murallas del ego. Amar era permitir que el alma respirara sin cadenas.
Recordé entonces una frase suya:
"Tu tarea no es buscar el amor, sino encontrar las barreras que construiste contra él."
Y comprendí cuántas veces los seres humanos construimos fortalezas interiores creyendo que nos protegen, cuando en realidad solo nos alejan de nosotros mismos.
La noche avanzó lentamente sobre Konya.
Desde alguna mezquita llegó nuevamente el sonido del ney. Más lejano ahora. Más triste. Más hermoso.
—¿Por qué tu poesía sigue viva tantos siglos después? —pregunté.
Rumi sonrió apenas.
—Porque no hablo de mí. Hablo de aquello que nunca muere.
Entonces el cielo comenzó a girar.
Las estrellas se expandieron como círculos de luz sobre nuestras cabezas. El patio desapareció lentamente. Las calles de Konya comenzaron a desvanecerse entre niebla y arena.
Y antes de irse, Rumi dijo algo que todavía sigue resonando en mí mientras escribo estas palabras desde Aluminé:
—Cuando el alma guarda silencio… el universo comienza a hablar.
Abrí los ojos.
La salamandra seguía encendida.
El mate aún humeaba sobre la mesa.
Y afuera, la madrugada patagónica continuaba inmóvil bajo las estrellas.
Pero algo había cambiado.
Comprendí que los verdaderos viajes espirituales no requieren abandonar el mundo. Solo requieren atravesar el ruido.
Quizás MusiK EnigmatiK sea precisamente eso.
Un pequeño portal abierto entre dimensiones invisibles.
Un refugio para almas que todavía escuchan.
Un espacio donde la música, la poesía y el silencio se convierten en puentes hacia aquello que olvidamos mientras corremos detrás de lo urgente.
Porque más allá del crepúsculo…
más allá de las pantallas…
más allá incluso del tiempo…
existe una región secreta donde el alma sigue esperando que calmemos las aguas de la mente para volver a reflejar las estrellas.