Raúl Di Blasio - Christmas (1999)

Raúl Di Blasio otorga un giro refrescante y elegante a las melodías tradicionales en su álbum titulado "Christmas". Esta producción es un viaje repleto de hermosos villancicos y clásicos universales, todos elevados por la maestría técnica y la sensibilidad característica de este gran pianista. El CD captura magistralmente la esencia del espíritu navideño, convirtiéndose en la banda sonora ideal para las festividades de fin de año. La obra destaca por sus arreglos excepcionales logrando pistas armoniosas y sumamente agradables al oído. Desde 1988, Di Blasio es conocido mundialmente como "El Piano de América", apodo surgido tras una emblemática entrevista con la periodista Mayra Vargas. Años más tarde, el artista consolidó este título al convertirlo en el nombre de uno de sus discos más icónicos.

Raúl Di Blasio - Christmas (1999)

01. Blanca Navidad
02. El año viejo
03. Navidad tropical
04. Ven a mi casa esta Navidad
05. Carol Of The Bells
06. Feliz Navidad
07. La Navidad pasada
08. Recordando Diciembre
09. Canción de Navidad
10. Noche de paz

Duración total: 39:03 min.

Comentarios

  1. La sabiduría me dice que no soy nada. El amor me dice que lo soy todo. Entre estas dos riberas fluye el río de mi vida.

    —Nisargadatta Maharaj

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  2. Gracias Jesús por lo que decís! Con todo mi cariño, te mando la receta de la Navidad: juntemos varias medidas de ilusión, una pizca de amistad y un gesto de ternura. Horneemos la mezcla con paciencia. Envolvámosla con risas, luces y canciones. Y finalmente, ofrezcámosla con el corazón. Feliz Navidad! Chin chin!!! Salud

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  3. 🌊 Entre dos orillas, el canto invisible

    El amanecer en Aluminé tiene esa forma sutil de decirlo todo sin decir nada. El otoño ya se instaló con su lenguaje de hojas que caen y silencios que se expanden. El mate, fiel compañero, humea entre mis manos mientras revisito viejas huellas en el blog… palabras que alguna vez sembré sin saber si alguien las encontraría.

    Soy Neto. Y en este instante, también soy ese que vuelve.

    Hay algo extraño y profundamente humano en leerse a uno mismo desde otro tiempo. Como si el que escribió esas líneas ya no fuera exactamente yo… pero tampoco un extraño. Un eco, tal vez. Una corriente que sigue fluyendo entre lo que fui y lo que soy.

    Y entonces aparece esa frase, como un puente entre dos mundos: la sabiduría me dice que no soy nada… el amor me dice que lo soy todo.

    Me quedo ahí.

    Suspendido.

    Porque ambas verdades parecen contradecirse… y sin embargo, juntas, se sienten completas.

    El mate se enfría un poco mientras la mente intenta entender, pero el alma —como siempre— ya lo sabe. No se trata de elegir una orilla. No se trata de definirse como vacío o como plenitud. Se trata de reconocer el río.

    Ese que fluye entre ambas.

    Ese que no se detiene a explicarse.

    Ese que simplemente es.

    Recuerdo aquel comentario, simple pero sincero, como suelen ser las verdades que nacen del corazón. Y mi respuesta… casi una receta, casi un juego, casi una forma de decir: la vida también puede ser esto.

    Una mezcla.

    Un intento.

    Un gesto.

    Qué curioso… cómo a veces creemos que la profundidad está en lo complejo, cuando en realidad se esconde en lo sencillo. En juntar ilusión, amistad, ternura… y ofrecerlo. Sin garantías. Sin condiciones. Sin necesidad de permanencia.

    Como este amanecer.

    Como este instante.

    La sabiduría, quizás, desarma. Nos quita capas, identidades, certezas. Nos deja en un lugar desnudo donde ya no hay mucho a lo que aferrarse. Y eso puede dar vértigo. Porque si no soy nada… ¿qué queda?

    Pero entonces aparece el amor.

    Y no como respuesta, sino como abrazo.

    El amor no explica. No argumenta. No define. Solo expande. Solo incluye. Solo dice, en su lenguaje silencioso: sos parte de todo esto.

    Y ahí, en ese cruce, algo se aquieta.

    No soy nada… y no necesito serlo.

    Lo soy todo… y tampoco necesito demostrarlo.

    El río sigue.

    El mate pasa —aunque hoy no haya manos que lo reciban—, el vapor se disuelve en el aire frío, y el día empieza a dibujarse sin apuro. Hay una belleza en este fluir que no depende de llegar a ningún lado.

    Quizás la vida no sea una meta, sino una corriente.

    Y nosotros… apenas gotas conscientes de estar viajando.

    Revisitar el blog en esta mañana tiene algo de ritual. Como si estuviera conversando con versiones pasadas de mí mismo, reconociendo que, en el fondo, siempre estuve buscando lo mismo: ese punto donde todo se reconcilia.

    Donde no hay contradicción.

    Donde no hay lucha.

    Donde simplemente se es.

    Y en medio de esa contemplación, vuelve aquella “receta” de Navidad… tan simple, tan humana, tan imperfecta. Y sin embargo, tan verdadera. Porque al final, ¿qué más somos sino esa mezcla de intentos amorosos?

    Ilusión que no siempre se cumple.
    Amistad que a veces duele.
    Ternura que aparece cuando menos se espera.

    Y aun así… seguimos ofreciendo.

    Seguimos brindando.

    Seguimos diciendo “salud” como si en ese gesto se resumiera todo.

    Quizás ahí también esté el río.

    En ese brindar silencioso con la vida tal como es.

    Sin adornos.

    Sin exigencias.

    Solo con presencia.

    El sol comienza a asomar entre las montañas, y la helada se retira como un telón que ya cumplió su función. El día nace… pero sin romper nada. Solo continúa lo que ya estaba ocurriendo.

    Como el río.

    Como la vida.

    Como este instante.

    Y yo, sentado con mis mates, entre palabras pasadas y silencios presentes, entiendo algo sin necesidad de pensarlo demasiado:

    No tengo que elegir entre ser nada o serlo todo.

    Solo tengo que permitirme fluir.

    Entre esas dos orillas.

    Ahí… donde realmente estoy.

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