Passion Inkanto - Paisajes Encantados (1997)

Basta un recorrido por algunos de los paisajes más asombrosos de América del Sur para soñar, para imaginar horizontes, para vernos en el encuadre como en una postal, para sentir que algún secreto está apunto de desvelarse. Basta admirar estos paisajes para sentir aquella libertad de espíritu que describió Humboldt en su obra Cosmos: “La naturaleza es el espacio de la libertad”. Hoy, gracias a la música de Passion Inkanto, seguimos teniendo la oportunidad de disfrutar de unos "Paisajes Encantados". Solo hace falta la voluntad de conservarlos con admiración tal como lo hicieron nuestros ancestros. Como dijo Humboldt, la naturaleza ejerce un poder positivo en todas aquellas almas que se sienten agitadas y preocupadas.

Passion Inkanto - Paisajes Encantados (1997)

01. A La Fiesta - Taquirikusun
02. Mama Crizo
03. Zona Roja
04. Italaque
05. Danza Caporal
06. La Ventana...Tiempo...
07. Kantu
08. Kuyashka Warmigo
09. Phuru Runas
10. Siku Moreno
11. Encuentros
12. Naupallaqta
13. El Humahuaqueño
14. Campanitas De Punyaro
15. El Condor Pasa

Duración total: 62:57 min.

Comentarios

  1. "Establecer contacto con la belleza de la naturaleza hace la vida mucho más hermosa, mucho más real, y cuanto más atento y concentrado contemples la puesta de sol, más profundamente se te revelará."
    -Thich Nhat Nanh

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  2. 🦅 Donde el invierno aprende a cantar

    Esta mañana el mundo despertó envuelto en un silencio tan profundo que hasta el viento parecía caminar de puntillas. La nieve seguía cubriendo la cordillera. El río Aluminé respiraba bajo una tenue bruma. Los pehuenes sostenían sobre sus ramas el peso blanco del invierno con la serenidad de quienes han visto pasar siglos.

    Abrí los ojos. No sentí el deseo de volar. Sentí el deseo de escuchar. Porque después de la gran nevada, la montaña nunca vuelve a decir las mismas cosas. Cada copo cambia el lenguaje del paisaje. Cada amanecer escribe una página nueva.

    Desplegué mis alas y me dejé llevar por una corriente suave. No había prisa. El cielo estaba limpio como si la tormenta hubiera lavado hasta el último pensamiento. Mientras avanzaba sobre el valle, observé algo que jamás había visto.

    La nieve no era completamente blanca. Reflejaba azules, dorados y pequeños destellos rosados que nacían del sol de invierno. Entonces comprendí que la pureza nunca es uniforme. Siempre guarda matices para quien aprende a mirar despacio.

    Continué ascendiendo. En una ladera encontré una pequeña mata de calafate asomando entre la nieve. Parecía imposible. Todo alrededor dormía. Y, sin embargo, aquella rama seguía allí, firme, esperando un tiempo que todavía no había llegado.

    No intentaba florecer antes de hora. No luchaba contra el invierno. Simplemente permanecía fiel a su naturaleza. La saludé con un leve movimiento de mis alas. Y sentí que ella también me saludaba.

    Seguí el vuelo hasta alcanzar una cornisa desde donde podía contemplar toda la inmensidad de Aluminé. Entonces el viento regresó. No era fuerte. Era antiguo. Traía consigo el aroma de la leña encendida, del mate compartido al calor del hogar y de las historias contadas junto al fogón cuando afuera la nieve cubre el mundo.

    Comprendí que el invierno también tiene música. No la hacen las aves. La hacen los corazones que permanecen unidos mientras el frío pasa.

    Permanecí largo rato suspendido sobre el valle. No necesitaba encontrar nada más. La aventura ya había sucedido. Había descubierto que incluso la estación más fría posee un canto. Pero solo puede escucharlo quien deja de preguntarse cuándo terminará el invierno y comienza a vivir plenamente el día que tiene delante.

    Al regresar a mi roca, el sol comenzaba a inclinarse lentamente hacia el oeste. Miré por última vez la inmensa blancura de la cordillera. Sonreí. Porque ya no veía nieve. Veía luz descansando sobre la tierra.

    Y comprendí que el invierno nunca vino a esconder la vida. Vino a enseñarnos que la belleza también sabe vestirse de silencio.

    Hoy entendí que el invierno no nos pide resistencia. Nos pide presencia. Nos invita a caminar más despacio, a escuchar más hondo y a descubrir que la luz del sol parece más preciosa cuando ha atravesado una noche de nieve.

    No todas las estaciones vienen a darnos flores. Algunas vienen a regalarnos claridad.

    Si el paisaje permanece blanco, es porque aún hay espacio para escribir una historia nueva. Y si el corazón permanece ardiente, es porque el Gran Espíritu sigue encendiendo en nosotros un fuego que ninguna helada puede apagar.

    Por eso seguiré volando. No para escapar del invierno. Sino para aprender, cada día, a cantar con él.

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