Joe Hisaishi - Kikujiro (2000)

Un niño con la melancolía y las carencias de un viejo; un hombre con el egoísmo y el desparpajo de un niño emprenden un viaje en busca de sus orígenes.  Joe Hisaishi se encarga de la hermosa música, triste y juguetona a la vez como su trama. Me encantan las películas que apuestan por “ver” lo bueno, que logran contar una historia triste de una manera feliz y ligera, que combinan realidad y sana fantasía, que retratan la fea frialdad en el mundo y la calidez y belleza en la interpretación de ese mismo mundo que consiguen sus tiernos personajes. Su simple mensaje central es la amistad improbable y curativa de dos seres abandonados, entre los cuales hay una sola diferencia esencial: el tiempo que llevan viviendo.

Joe Hisaishi - Kikujiro (2000)

01. Summer
02. Going Out
03. Mad Summer
04. Night Mare
05. Kindness
06. The Rain
07. Real Eyes
08. Angel Bell
09. Two Hearts
10. Mother
11. River Side
12. Summer Road

Duración total: 40:13 min.

Comentarios

  1. Nuestra memoria es un mundo más perfecto que el universo: le devuelve la vida a los que ya no la tienen.
    —Guy De Maupassant

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  2. Magnifica banda sonora , muy recomendable

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  3. Si, tal cual Napeiros! Me gustó mucho a mí también. Gracias por comentar!

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  4. 🌅 Donde la memoria vuelve a respirar

    —¿Lo ves? —me dice, como si siempre hubiera estado ahí.

    No me sorprende su presencia. En Aluminé, en esta mañana otoñal de domingo, el sol apenas se anima a tocar los cerros, y todo parece suspendido en una suavidad que invita a cruzar límites invisibles. El mate humea entre mis manos, y el aire tiene ese frío leve que no incomoda, sino que despierta.

    —¿Ver qué? —le respondo, aunque en el fondo sé que no se refiere a algo que pueda señalarse.

    —Ese lugar donde todo lo que fue… sigue siendo.

    Entonces comprendo.

    El portal no se abre hacia otro sitio. Se abre hacia adentro.

    Y ahí aparece la frase de Guy de Maupassant, como si fuera la llave:
    "Nuestra memoria es un mundo más perfecto que el universo: le devuelve la vida a los que ya no la tienen."

    Cierro los ojos.

    Y sucede.

    Las voces regresan.
    Las risas.
    Los silencios compartidos.

    Personas que ya no están… pero que, en este instante, respiran conmigo.

    —Entonces no se fueron nunca —digo, casi en un susurro.

    —Nunca —responde el autor—. Solo cambiaron de lugar.

    La música comienza a sonar, como si viniera desde ese mismo mundo interior. Es la obra de Joe Hisaishi, y en ella hay algo que no se puede explicar del todo: una mezcla de tristeza y juego, de infancia y despedida, de pérdida y esperanza.

    —Es extraño —le digo—. Suena melancólica… pero no duele.

    —Porque no está hecha para lastimar —responde—. Está hecha para recordar con amor.

    Y entonces veo a esos dos seres de la historia:
    un niño con la tristeza de un viejo,
    y un hombre con la torpeza luminosa de un niño.

    Dos tiempos cruzándose.
    Dos soledades encontrándose.

    —¿Sabés qué los une? —me pregunta.

    Pienso unos segundos.

    —La falta… —respondo.

    —No —dice con suavidad—. Los une lo que construyen a pesar de esa falta.

    El viento se mueve apenas entre los árboles. El río Aluminé, allá a lo lejos, parece acompañar la conversación con su murmullo constante.

    —La memoria —continúa— no es solo recordar. Es re-crear. Es elegir cómo traer de vuelta lo vivido.

    —¿Y si uno recuerda con dolor?

    —Entonces todavía no terminó de comprender.

    Me quedo en silencio.

    Porque hay recuerdos que pesan.
    Que arden.
    Que incomodan.

    Pero también hay otros… que sostienen.

    —Tal vez —digo— la memoria sea un acto de amor.

    El autor sonríe.

    —Ahora estás viendo.

    La música se vuelve más ligera, casi juguetona. Como si, en medio de todo, hubiera una invitación a no tomarse la vida con tanta rigidez.

    —Esa es la paradoja —agrega—. Las historias más tristes pueden contarse con belleza. Porque la belleza no niega el dolor… lo transforma.

    Y en ese instante entiendo algo que me atraviesa con claridad:

    No es la vida la que define nuestros recuerdos…
    es la forma en que los habitamos.

    El niño y el hombre de la historia no cambian su pasado.
    Pero sí cambian lo que hacen con él.

    Lo comparten.
    Lo resignifican.
    Lo vuelven humano.

    —Como vos con la música —dice, mirándome.

    No respondo.

    Pero sé que tiene razón.

    Cada compilado, cada tema, cada instante compartido…
    no era solo sonido.

    Era memoria en construcción.

    Un intento de guardar lo invisible.

    El sol ahora ilumina un poco más. Sigue siendo tímido, pero ya no duda tanto.

    —¿Y qué pasa cuando nosotros ya no estemos? —pregunto.

    El autor no responde enseguida.

    Mira hacia el horizonte, como si la respuesta estuviera ahí, entre los cerros.

    —Si alguien te recuerda con amor… seguís existiendo.

    Simple.

    Directo.

    Verdadero.

    El portal comienza a desvanecerse, pero no como una puerta que se cierra… sino como un sueño que se integra a la vigilia.

    Y me quedo ahí, en Aluminé, con el mate, con la música, con la certeza de que hay algo más profundo que el tiempo.

    La memoria no es pasado.

    Es presencia transformada.

    Es ese espacio donde los vínculos no mueren, donde las historias siguen latiendo, donde incluso lo perdido encuentra una forma de seguir siendo.

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  5. Y mientras el día avanza lentamente, comprendo que quizás ese sea el verdadero viaje de MusiK EnigmatiK:

    no hacia lugares lejanos…

    sino hacia ese mundo perfecto que llevamos dentro,

    donde todo lo que amamos

    todavía respira.

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