Jenas - Colours Of The Soul (2020)

"Colors of the Soul" es el noveno álbum de Jenas Music (John Hoevenaars). Un álbum colorido con canciones sintonizadas con los 7 chakras principales. Un álbum con más de 51 minutos de música nueva. "Colores del alma" Sí, ese es un término amplio. ¿Cuántos colores tiene tu alma? ¿Qué representan esos colores? Deja que la música hable. Quizás sientas algo. Esta música espiritual, también llamada música new age, está especialmente compuesta para que te relajes. Experimente lo que esto le hace. Quedarás asombrado. Este álbum único, con variada música de meditación, relajada y calmante, incluye 9 hermosas composiciones. Esta música es maravillosa de escuchar, muy útil para terapeutas y entrenadores espirituales.

Jenas - Colours Of The Soul (2020)

01. Colours of the Soul
02. A Meditative Reflection
03. Excitement
04. Light Tears
05. Sunlight
06. Love Power
07. Healing Voices
08. Eye of Intuition
09. Peace

Duración total: 51:15 min.

Comentarios

  1. Eres lo que haces, no lo que dices que podrías hacer.
    —Carl G. Jung

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  2. 🎨 Los Colores que el Viento Conoce

    En este amanecer de finales de otoño, cuando faltan apenas unos días para que el invierno extienda su manto sobre la Patagonia, me encuentro observando la ciudad de Neuquén despertar lentamente bajo una luz suave y pensativa.

    El aire tiene esa frescura particular que anuncia un cambio de ciclo. Las hojas doradas que aún permanecen en algunos árboles parecen resistirse a partir, mientras el viento patagónico las invita a emprender el viaje inevitable hacia nuevas transformaciones. A lo lejos, las bardas reciben los primeros rayos del sol con la serenidad de quienes han contemplado miles de amaneceres y guardan secretos que ninguna palabra ha logrado descifrar.

    Mientras comparto este instante con el silencio de la mañana, una reflexión emerge desde algún rincón profundo del espíritu:

    "No eres las melodías que imaginas tocar, sino los colores que tu alma hace vibrar en el silencio de cada día."

    Y entonces comprendo que gran parte de nuestra existencia transcurre imaginando las grandes sinfonías que algún día interpretaremos.

    Soñamos con momentos extraordinarios.

    Con revelaciones luminosas.

    Con horizontes lejanos.

    Con versiones futuras de nosotros mismos.

    Sin embargo, el alma parece tener una mirada diferente.

    Ella no mide nuestra esencia por los grandes conciertos que anhelamos ofrecer al mundo, sino por las pequeñas vibraciones que emitimos cuando nadie nos observa.

    Por la paciencia que ofrecemos.

    Por la bondad que compartimos.

    Por la serenidad con la que atravesamos nuestras tormentas.

    Por la luz silenciosa que dejamos en el camino de otros viajeros.

    Quizás por eso la naturaleza resulta una maestra tan extraordinaria.

    El río Neuquén no necesita anunciar su recorrido.

    Simplemente fluye.

    El Limay no proclama su belleza.

    Simplemente refleja el cielo.

    Las bardas no intentan demostrar su sabiduría.

    Simplemente permanecen.

    Y en esa aparente sencillez habita una enseñanza inmensa.

    Todo lo auténtico irradia sin esfuerzo.

    Todo lo verdadero vibra sin necesidad de proclamarse.

    Los colores más profundos del alma rara vez aparecen en los momentos de exhibición. Se manifiestan en los instantes cotidianos. En esos pequeños espacios donde el espíritu se expresa libre de expectativas y reconocimientos.

    Tal vez por eso me conmueve tanto este tiempo del año.

    El otoño no busca impresionar.

    No compite.

    No se resiste.

    Simplemente transforma.

    Las hojas cambian de color antes de desprenderse porque comprenden algo que los seres humanos solemos olvidar: que toda despedida también contiene una forma de belleza.

    Que todo final prepara un nuevo comienzo.

    Que toda aparente quietud está gestando un movimiento invisible.

    A tres días del invierno, la Patagonia parece respirar más despacio.

    Los árboles se preparan para el recogimiento.

    Los pájaros ajustan sus rutas.

    El viento afina sus antiguas melodías.

    Y mientras tanto, el alma humana recibe una invitación semejante.

    La invitación a observar qué colores está haciendo vibrar en silencio.

    No los colores que desea mostrar.

    No los colores que imagina poseer.

    Sino aquellos que verdaderamente habitan su interior.

    Porque hay almas que irradian paz.

    Otras inspiran esperanza.

    Algunas transmiten fortaleza.

    Otras despiertan ternura.

    Y muchas veces ni siquiera son conscientes de ello.

    Quizás los colores más hermosos son precisamente aquellos que nunca intentan llamar la atención.

    Aquellos que aparecen espontáneamente cuando actuamos desde la autenticidad.

    Cuando escuchamos con el corazón.

    Cuando comprendemos sin juzgar.

    Cuando acompañamos sin imponer.

    Cuando amamos sin condiciones.

    En esta mañana neuquina siento que el viento conoce esos colores.

    Los reconoce.

    Los acaricia.

    Los lleva consigo mientras recorre los valles, los ríos y las extensiones infinitas de esta tierra patagónica.

    Y tal vez, más allá del crepúsculo, allí donde la música se convierte en luz y la luz se convierte en conciencia, exista un lugar donde todas las almas revelan finalmente su verdadera paleta.

    No la que imaginaron tener.

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  3. No la que desearon mostrar.

    Sino aquella que fueron pintando día tras día con cada pensamiento, cada gesto y cada acto de amor.

    Porque al final del viaje, no seremos recordados por las melodías que soñamos interpretar.

    Seremos reconocidos por los colores invisibles que hicimos vibrar en el corazón del mundo.

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