Memories Of You - David London - To My Love (2001)

Suave y relajante de principio a fin, "To My Love" es una grabación romántica de principio a fin. David London tiene solo 22 años y comenzó grabando música para que su padre la tocara en su tienda de ropa en Denver. Todas las canciones de To My Love tienen un flujo suave, y todas son perfectas y pulidas. Los acordes contemporáneos de las composiciones para teclados de David London nos llevan a un viaje inspirado a través del enamoramiento. Conmovedora, pero alegremente enérgica y atractiva, la combinación de instrumentos crea una paleta tridimensional de intrincados ritmos cruzados y piezas románticas y evocadoras parecidas a baladas que se elevan y caen como estrellas fugaces bajo el cielo nocturno.
 
David London - To My Love (2001)

01. Horizons
02. Memories of You
03. Capture the Moment
04. The Way to My Heart
05. Against the Wind
06. Blueprints of the Heart
07. Land of Fire
08. Now and Forever
09. Our First Kiss
10. A Love Story

Duración total: 45:12 min.

Comentarios

  1. La mejor manera de pagar por un momento hermoso es disfrutarlo.
    Richard Bach

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  2. 🌫️ El precio secreto de la belleza

    Esta mañana de junio, mientras la oscuridad parece demorarse más de lo habitual sobre Aluminé, me encuentro sentado junto a la ventana con un mate tibio entre las manos. Afuera, la niebla ha borrado los contornos de las montañas y los árboles aparecen apenas como sombras suspendidas entre este mundo y algún otro más antiguo.

    El otoño está llegando a su fin en la Patagonia.

    La tierra parece contener la respiración.

    Los coihues desnudos guardan silencio.

    Los pájaros cantan menos.

    Los ríos continúan su viaje sin anunciarlo.

    Y yo observo.

    Simplemente observo.

    A veces pienso que hemos olvidado una de las formas más profundas de sabiduría: la capacidad de estar presentes.

    Quizás por eso las palabras de Richard Bach llegaron esta mañana a mi memoria como un mensaje transportado por la neblina:

    "La mejor manera de pagar por un momento hermoso es disfrutarlo."

    Al principio parecen palabras sencillas.

    Sin embargo, cuanto más las contemplo, más misteriosas se vuelven.

    Porque vivimos intentando pagar la belleza de maneras extrañas.

    Queremos conservarla.

    Queremos fotografiarla.

    Queremos repetirla.

    Queremos poseerla.

    Queremos convertirla en recuerdo antes incluso de haberla vivido por completo.

    Y en ese intento de retenerla, muchas veces dejamos escapar aquello que hacía único al instante.

    La naturaleza parece comprender algo que nosotros olvidamos constantemente.

    El amanecer no intenta quedarse.

    El otoño no lucha contra el invierno.

    Las hojas no se aferran a las ramas cuando llega el momento de caer.

    Todo participa del misterio de la existencia aceptando su naturaleza transitoria.

    Quizás sea precisamente esa impermanencia la que vuelve sagrados ciertos momentos.

    Aquí, en estas tierras donde la sabiduría mapuche aún respira entre montañas, bosques y lagos, existe una comprensión profunda de los ciclos.

    Nada pertenece verdaderamente a nadie.

    Todo es préstamo.

    Todo es tránsito.

    Todo es encuentro.

    El viento pasa.

    La lluvia pasa.

    La nieve pasa.

    La vida misma pasa.

    Pero mientras está aquí, merece ser honrada.

    No mediante la posesión.

    Sino mediante la presencia.

    Mientras tomo otro sorbo de mate, contemplo cómo la niebla parece moverse con una inteligencia propia.

    Oculta y revela.

    Cubre y descubre.

    Como si estuviera recordándonos que el universo nunca entrega todos sus secretos al mismo tiempo.

    Hay algo profundamente espiritual en esta mañana.

    No porque ocurra algo extraordinario.

    Sino porque aparentemente no ocurre nada.

    Y, sin embargo, todo está ocurriendo.

    El agua hierve suavemente.

    El vapor asciende.

    La madera de la casa cruje con el frío.

    Mi respiración se vuelve visible por momentos.

    La tierra continúa girando alrededor del Sol.

    Las estaciones avanzan.

    Las estrellas siguen brillando detrás de las nubes.

    Y el alma, silenciosamente, observa.

    Quizás los momentos más hermosos no son necesariamente los más espectaculares.

    Tal vez sean aquellos que logran detener por un instante el diálogo incesante de la mente.

    Aquellos en los que dejamos de perseguir algo.

    Aquellos en los que dejamos de calcular.

    Aquellos en los que simplemente somos.

    Pienso que gran parte de nuestro sufrimiento nace de una extraña costumbre humana.

    Vivimos en el futuro mientras el presente sucede sin nosotros.

    Imaginamos mañanas.

    Corregimos ayeres.

    Construimos escenarios imposibles.

    Y mientras tanto, el milagro discreto de este instante permanece esperando nuestra atención.

    ¿Cuántas veces una taza de café pasó desapercibida?

    ¿Cuántos amaneceres fueron ignorados?

    ¿Cuántas conversaciones se perdieron porque la mente estaba en otro lugar?

    ¿Cuántos abrazos fueron recibidos sin ser realmente sentidos?

    Tal vez el universo no nos pide grandes hazañas espirituales.

    Tal vez nos pide algo mucho más difícil.

    Habitar plenamente el instante que se nos entrega.

    Nada más.

    Nada menos.

    La niebla comienza lentamente a aclararse.

    Los primeros perfiles de los cerros aparecen como antiguos guardianes despertando detrás del velo.

    Y comprendo algo.

    La belleza nunca nos exige pago.

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  3. Nunca nos presenta una factura.

    Nunca nos reclama una deuda.

    Somos nosotros quienes creemos que debemos merecerla.

    Pero la belleza auténtica es gratuita.

    El canto de un pájaro.

    El aroma de la leña encendida.

    La calidez de un mate compartido.

    La mirada tranquila de un perro descansando cerca.

    La danza de la neblina sobre un valle patagónico.

    Todo ello se ofrece constantemente.

    Sin condiciones.

    Sin exigencias.

    Sin expectativas.

    Lo único que pide es ser recibido.

    Quizás por eso la mejor manera de agradecer un momento hermoso sea precisamente vivirlo sin resistencia.

    Sin intentar atraparlo.

    Sin convertirlo en propiedad.

    Sin exigir que dure para siempre.

    Como quien contempla una estrella fugaz sabiendo que su breve existencia es precisamente lo que la vuelve inolvidable.

    Porque la eternidad, sospecho, no se encuentra en la duración de las cosas.

    Se encuentra en la profundidad con la que somos capaces de experimentarlas.

    Y mientras el último vapor del mate asciende lentamente hacia la ventana empañada, siento que esta fría mañana patagónica me ha regalado una enseñanza sencilla y antigua.

    Los momentos más valiosos de la vida no necesitan ser conservados.

    Necesitan ser vividos.

    Y quizás allí resida el verdadero secreto.

    La forma más perfecta de honrar la belleza no es poseerla.

    Es abrir el corazón y permitir que nos atraviese.

    Aunque dure apenas un instante.

    Aunque desaparezca con la misma suavidad con la que llegó.

    Porque algunos regalos del universo fueron creados precisamente para eso:

    Para recordarnos que estar vivos ya es, en sí mismo, un momento hermoso.

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