Various Artists - Buddha Classical Lounge Bar CD3 (2013)
01. Cristiano Heredia - The Swan From The Carnival Of The Animals (Saint-Saens In Lounge Version)
02. Cristiano Heredia - Hungarian Dance No.5 (Brahms In Lounge Version)
03. Cristiano Heredia - La Traviata, Prelude To Act 1 (Verdi In Lounge Version)
04. Cristiano Heredia - Elvira Madigan - Concert No. 21, K467 Andante (Mozart In Lounge Version)
05. Stefano Mastronardi - Clair De Lune (Debussy In Lounge Version)
06. Cristiano Heredia - Dreams Of Love - Liebestraume No. 3 - Sogno D'amore (Liszt In Lounge Version)
07. Cristiano Heredia - Nessun Dorma - Turandot (Puccini In Lounge Version)
08. Cristiano Heredia - Barcarolle - The Tales Of Hoffmann - Les Contes D'hoffmann (Offenbach In Lounge Version)
09. Marco Marrone - Cello Suite No.2 - Prelude (Bach In Lounge Version)
10. Stefano Mastronardi - Also Sprach Zarathustra (Strauss In Lounge Version)
11. Cristiano Heredia - La Moldava - Ma Vlast - My Country No. 2 Vltava - Die Moldau (Smetana In Lounge Version)
12. Stefano Mastronardi Ode To The Joy - Inno Alla Gioia (Beethoven In Lounge Version)
13. Cristiano Heredia - Minuetto (Boccherini In Lounge Version)
14. Stefano Mastronardi - Eine Kleine Nachtmusik - Une Petite Musique De Nuit - K.525 (Bach In Lounge Version)
15. Eric Buffat, Fabrizio Martini - Kreisleriana Op. 16 N. 4 (Schumann In Lounge Version)

Lo que somos se lo debemos al afecto. Los días de nuestra existencia ocurren gracias al cariño. - Dalai Lama
ResponderEliminar" Si no fuera por la musica, habria mas razones para volverse loco "
ResponderEliminarP.I. Tchaikovsky
Muy buena frase compartida Jorge! Ideal para estos días de confinamiento en cuarentena! Amo la música! Gracias!
ResponderEliminarAsi es Neto ! Yo me considero un melomano y un cinefilo ! Creo que vos tambien lo eres, y ademas eres un bibliofilo. Estoy en lo correcto ? : )
ResponderEliminarSaludos !
Nada más lejos que la realidad, aunque eso no tiene porque preocuparnos... al fin y al cabo no me gustan las etiquetas. Solo me considero un espíritu en esta parte del Cosmos al cual aprecio mucho y que me permite disfrutar de la vida! Soy de lo más parecido a un eternauta! Saludos melómano, cinéfilo y bibliófilo: mi querido y apreciado Jorge!
ResponderEliminarCompletamente de acuerdo Neto ! Aunque no nos gusten las etiquetas, esas palabras forman parte de nuestro muy rico vocabulario.
ResponderEliminarSaludos eternauta ! : )
Jajaja... está bien! Gracias por escribir Jorge! Abrazo al Jardín de la República que ayer estuvo de festejos en la casita! ;)
ResponderEliminarNo basta con oír la música; además hay que verla
ResponderEliminarIgor Stravinsky
Y sentirla con el ojo del espíritu! Gracias Jorge por la cita!
ResponderEliminar🦢 El Ojo del Espíritu en McLeod Ganj
ResponderEliminarEl aire de McLeod Ganj tenía un perfume imposible de encontrar en otro lugar del mundo. Una mezcla de incienso tibetano, cedros húmedos del Himalaya y té caliente flotando entre callejuelas estrechas donde los monjes caminaban lentamente envueltos en túnicas color azafrán. Desde las alturas de Dharamsala, las montañas parecían custodiar silenciosamente aquel rincón suspendido entre la tierra y el cielo, como si el exilio hubiera transformado ese pequeño pueblo del norte de la India en una geografía espiritual donde el tiempo aprendió a respirar más despacio.
Aquella tarde gris, mientras sostenía entre mis manos el Sungkor bendecido años atrás por el Venerable Lama Thubten Wangchen en sus viajes por la Patagonia, sentí nuevamente esa vibración extraña que antecede a los portales invisibles. Los tibetanos llaman Sangwa a ciertos secretos sagrados que solamente pueden comprenderse desde el silencio interior. Y quizás fue precisamente eso lo que ocurrió.
No crucé un portal como quien atraviesa una puerta. Fue más sutil. Más profundo. Como si la realidad simplemente se hubiera vuelto transparente por un instante.
Entonces apareció él.
El Dalai Lama me recibió con una sonrisa luminosa y serena, de esas que desarman cualquier miedo humano antes incluso de pronunciar palabra. Nos saludamos con sencillez, como dos viejos viajeros encontrándose en medio de un sendero improbable del universo. Luego tomó una pequeña taza de té tibetano y me invitó a sentarme frente a una ventana desde donde podían verse las banderas de oración danzando bajo el viento del Himalaya.
—Bienvenido —dijo suavemente—. El espíritu siempre encuentra los caminos que la mente desconoce.
Aquellas palabras resonaron dentro mío como un eco antiguo. Afuera, la niebla descendía lentamente sobre los monasterios, mientras a lo lejos se escuchaban campanas y el murmullo grave de los mantras elevándose entre los templos. Todo parecía formar parte de una misma melodía secreta.
Entonces comenzó a sonar la música.
No provenía de ningún instrumento visible. Era una presencia. Una vibración delicada atravesando el aire como las aguas calmas donde se desliza un cisne. Reconocí inmediatamente aquella esencia inspirada en El Cisne de Camille Saint-Saëns, aunque transformada en algo distinto, suspendida entre lo clásico y lo etéreo, como en aquellos paisajes sonoros de Budda Classica Lounge Bar donde los siglos dialogan entre sí bajo luces tenues y atmósferas hipnóticas.
El Dalai Lama cerró los ojos un instante.
—La música verdadera —dijo— no entra por los oídos. Entra por las heridas del alma.
Sonreí en silencio, recordando aquellas conversaciones lejanas del blog MusiK EnigmatiK durante los días extraños del confinamiento del 2020. Jorge escribiendo:
"Si no fuera por la música, habría más razones para volverse loco."
Y yo respondiéndole desde mi rincón patagónico, aferrándome también a la música como quien sostiene una lámpara en medio de la oscuridad del mundo. Qué extraños y frágiles parecíamos todos en aquellos días. Encerrados. Inciertos. Pero todavía capaces de emocionarnos con una melodía, una película, una frase compartida entre espíritus sensibles perdidos en distintas geografías del planeta.
El Dalai Lama bebió un sorbo de té y luego me observó con una profundidad imposible de describir.
—Lo que somos se lo debemos al afecto. Los días de nuestra existencia ocurren gracias al cariño.
La frase cayó lentamente dentro mío, como nieve sobre un lago inmóvil. Y comprendí algo que quizás siempre había sabido, aunque nunca con total claridad. El afecto es invisible, pero sostiene el universo humano entero. Ninguna civilización, ninguna música, ninguna búsqueda espiritual existiría sin esa energía silenciosa que une a los seres entre sí.
Tal vez por eso ciertas canciones logran salvarnos. Porque fueron creadas desde el amor. Porque contienen humanidad verdadera. Porque alguien, en algún lugar del tiempo, volcó su espíritu dentro de esas notas para acompañar la soledad de otros viajeros desconocidos.
Miré nuevamente las montañas del Himalaya detrás de las ventanas. Entonces pensé en Aluminé. En el viento frío de Neuquén. En los mates de madrugada. En Jorge. En aquellos diálogos sobre melómanos, cinéfilos y bibliófilos que terminaban inevitablemente hablando del espíritu humano y sus infinitos disfraces.
ResponderEliminarRecordé también aquella frase mía que surgió casi jugando:
"Solo me considero un espíritu en esta parte del Cosmos..."
Y el Dalai Lama sonrió apenas, como si hubiese escuchado ese pensamiento.
—Eso somos todos. Espíritus intentando recordar quiénes somos realmente.
La música continuaba flotando en el aire. El chelo parecía deslizarse igual que un cisne atravesando aguas inmóviles bajo la luna. Y comprendí entonces la frase de Stravinsky que Jorge compartió tiempo atrás:
"No basta con oír la música; además hay que verla."
Pero aquella tarde en McLeod Ganj entendí algo aún más profundo.
La música también debe sentirse con el ojo del espíritu.
Porque existe una percepción secreta más allá de los sentidos humanos. Una forma invisible de contemplar el universo donde las melodías revelan paisajes interiores, donde el afecto se convierte en puente entre almas distantes y donde incluso el exilio puede transformarse en un templo de compasión y belleza.
El Sungkor tibetano comenzó a calentarse lentamente entre mis manos. Tal vez por la temperatura del té. O tal vez por algo más antiguo y misterioso.
Afuera, las banderas de oración seguían danzando entre la niebla del Himalaya.
Y en ese instante comprendí que todos atravesamos portales Sangwa alguna vez en la vida. A veces ocurre mediante una conversación sincera. Otras veces mediante la música. O un recuerdo. O una simple taza de té compartida en silencio.
Porque los verdaderos portales jamás aparecen frente a los ojos.
Se abren únicamente cuando el alma está preparada para mirar más allá del crepúsculo.