"Moving On", el álbum número 32 de Greg Maroney, captura un momento crucial en su evolución artística. Este trabajo explora la premisa de que la creatividad debe mutar constantemente, expandiendo los horizontes de la imaginación hacia territorios inexplorados. Con esta transición, Maroney busca dar vida a melodías aún inimaginables que sirvan como poderosas salidas emocionales para sus oyentes. Como pianista y compositor de renombre mundial, Greg ofrece una música tan accesible como profundamente conmovedora. Sus piezas, que oscilan entre la serenidad absoluta y la pasión más oscura, son un fiel reflejo de su conexión con la naturaleza. Te invitamos a sumergirte en el virtuosismo y la exquisita variedad de su universo sonoro. ¡Disfruta de este viaje musical!
Greg Maroney - Moving On (2020)
01. Moving On
02. Odyssey
03. Winter Is Coming
04. Dancer
05. Morning Sunlight
06. The Deep
07. Vista Point
08. From the Heart
09. Distant Gaze
10. Spiral
11. Departing
12. Joyful Noise
13. Strolling
14. Walking on Air
15. Stepping Away
Duración total: 59:12 min.

"Pasión es exigirme cuando no hay nadie alrededor, sólo yo y el camino." - Ryan Shay
ResponderEliminar¡Muchas gracias!
ResponderEliminarGracias a vos Jesús por escribrir!
ResponderEliminar🌀 Arena Eterna Bajo el Cielo de Flagstaff
ResponderEliminarEl amanecer en Aluminé había nacido congelado.
Los pehuenes permanecían inmóviles bajo una capa de escarcha azulada y el río parecía deslizarse más lento, como si incluso el agua dudara en abandonar la noche. Caminé solo hacia las afueras del bosque llevando el Astrolabio de Arena Eterna sujeto contra mi pecho, envuelto en una tela oscura que todavía conservaba el aroma del humo y las hierbas del fogón donde me fue entregado.
El anciano mapuche que me lo dio no me miró al despedirse. Solo pronunció unas palabras en voz baja:
—Los caminos entre mundos no siempre aparecen para quienes buscan respuestas… sino para quienes ya están listos para soportarlas.
Desde entonces sentí algo extraño en el aire.
Como una vibración mínima suspendida entre los árboles.
Avancé entre lengas y araucarias hasta llegar a un claro donde el viento parecía girar en círculos. Allí lo vi.
El Umbral de Resonancia Natural.
No era una puerta ni una grieta visible, sino una ondulación tornasolada suspendida en el aire, semejante al espejismo que produce el calor sobre el asfalto, aunque el alba estuviera bajo cero. Los colores cambiaban lentamente entre tonos ámbar, azul y violeta. El paisaje detrás de aquella distorsión parecía respirar fuera del tiempo.
Entonces recordé la advertencia:
“Al cruzar, mantén el Astrolabio pegado a tu pecho.
Si lo sueltas dentro del portal, el objeto podría quedar suspendido en una zona de tiempo nulo para siempre… y tú podrías emerger en el pasado sin boleto de regreso.”
Respiré hondo.
El bosque guardó silencio.
Y crucé.
La sensación fue imposible de describir.
No sentí movimiento, sino descomposición. Como si mis recuerdos, mi cuerpo y mi conciencia se transformaran en partículas flotando dentro de una corriente inmensa. Escuché voces lejanas, pasos sobre nieve, agua cayendo desde enormes alturas y una melodía de piano suspendida en la oscuridad.
Era una música suave y melancólica.
Notas que parecían moverse lentamente entre dimensiones invisibles.
Comprendí entonces que aquella travesía tenía un sonido.
Las composiciones de Greg Maroney flotaban como un río emocional dentro del portal. Había algo profundamente humano en aquellas melodías: una búsqueda constante, una necesidad de avanzar incluso cuando el alma se encuentra al borde del agotamiento. Serenidad y oscuridad danzaban juntas como dos fuerzas inseparables.
Y de pronto… el silencio.
Abrí los ojos.
El aire era distinto. Más seco. Más liviano.
Frente a mí se extendía Flagstaff, Arizona.
Los enormes pinares de ponderosa cubrían las montañas bajo un cielo inmenso y transparente. Las primeras luces del amanecer teñían de cobre las laderas cercanas a los San Francisco Peaks. El aroma a tierra seca, madera y resina llenaba el aire frío de altura.
Todo parecía suspendido en una quietud sagrada.
Caminé lentamente por un sendero rodeado de bosque. A lo lejos vi corredores atravesando caminos de tierra rojiza mientras el sol nacía detrás de las montañas. Había algo espiritual en aquella ciudad elevada sobre el desierto. Un equilibrio extraño entre resistencia física y contemplación silenciosa.
Entonces lo vi.
Ryan Shay estaba sentado sobre una roca junto al sendero.
Vestía ropa de entrenamiento sencilla. Sus zapatillas estaban cubiertas de polvo rojizo. Tenía la mirada fija en el horizonte, como si escuchara algo que el resto del mundo no podía percibir.
No pareció sorprenderse al verme.
—Llegaste desde lejos —dijo sonriendo apenas.
Su voz era tranquila. Humana. Sin solemnidad.
Me senté junto a él mientras el viento descendía desde las montañas.
—Más lejos de lo que imaginas —respondí.
Ryan observó el cielo durante unos segundos antes de hablar nuevamente.
—Aquí el aire obliga al corazón a trabajar distinto. Flagstaff cambia a quienes corren entre estos bosques. El cuerpo se fortalece… pero también se desnuda el espíritu.
Miré el sendero extendiéndose hacia el horizonte.
—¿Por eso entrenabas aquí?
Ryan asintió lentamente.
—La soledad ayuda a escuchar quién eres realmente. Cuando no hay público, ni aplausos, ni cámaras… aparece la verdad. Ahí nace la pasión auténtica.
ResponderEliminarEntonces recordó aquella frase que había atravesado generaciones de corredores:
—“Pasión es exigirme cuando no hay nadie alrededor, sólo yo y el camino.”
Sus palabras quedaron flotando en el aire helado de Arizona.
Comprendí que no hablaba solo del deporte.
Hablaba de la vida.
Durante años había pensado que la pasión era intensidad, velocidad, conquista. Pero allí, junto a Ryan Shay, entendí otra cosa: la verdadera pasión es permanecer. Continuar incluso cuando nadie observa. Seguir adelante cuando el único testigo de tu esfuerzo eres tú mismo y el silencio del mundo.
El viento agitó las ramas de los pinos.
Ryan tomó una piedra pequeña del suelo y la sostuvo en la palma de su mano.
—Muchos creen que correr consiste en escapar —dijo—. Pero no. Correr largas distancias significa atravesarte a ti mismo una y otra vez. Cada kilómetro rompe una parte de tu ego. Cada subida destruye una ilusión diferente.
—¿Y qué queda al final? —pregunté.
Ryan sonrió levemente.
—Sólo presencia.
Aquella respuesta cayó dentro de mí como una campana profunda.
Observé los senderos infinitos atravesando el bosque de Flagstaff y comprendí que aquellos caminos eran similares a ciertos pasajes musicales: avanzaban lentamente, repetitivos en apariencia, pero cada tramo escondía una transformación invisible.
Como las piezas de “Moving On”.
La música de Greg Maroney también parecía recorrer grandes distancias interiores. Algunas melodías transmitían calma absoluta; otras descendían hacia regiones oscuras del alma. Pero todas avanzaban. Siempre avanzaban. Como un corredor atravesando paisajes emocionales desconocidos.
Ryan cerró los ojos unos instantes mientras el viento soplaba entre los árboles.
—Hay días —continuó— en que el cuerpo quiere detenerse. El cansancio te convence de abandonar. Pero si permaneces un poco más… ocurre algo extraño. Cruzas otro umbral. Y ya no corres con las piernas. Corres con algo más profundo.
Sentí un escalofrío.
Recordé inmediatamente el Umbral de Resonancia Natural atravesado horas antes en Aluminé.
Quizás todos los seres humanos cruzamos portales invisibles constantemente sin darnos cuenta.
El dolor puede ser uno.
La música también.
La contemplación.
La pérdida.
La soledad.
Ryan pareció leer mis pensamientos.
—Los corredores conocen eso muy bien —dijo—. Hay un momento donde desaparece la frontera entre cuerpo, mente y paisaje. El bosque respira contigo. El tiempo deja de importar. Y entiendes que avanzar también puede ser una forma de oración.
La luz del amanecer ya iluminaba completamente los senderos de Flagstaff. Algunos cuervos giraban lentamente sobre el bosque mientras el frío de altura mantenía el aire cristalino.
—¿Nunca tuviste miedo? —pregunté.
Ryan tardó en responder.
—Claro que sí. Pero el miedo no siempre es un enemigo. A veces es simplemente el guardián de una puerta interior. Lo importante es no detenerse frente a ella.
Miré entonces el Astrolabio de Arena Eterna todavía sujeto contra mi pecho.
La arena dentro del talismán parecía moverse en direcciones imposibles.
Ryan observó el objeto con atención.
—Hay viajes de los que uno nunca vuelve siendo el mismo.
—¿Y este es uno de ellos?
Ryan sonrió con melancolía.
—Todos lo son. Incluso una simple carrera al amanecer puede cambiarte para siempre si realmente estás despierto.
Permanecimos en silencio durante largo tiempo.
El viento arrastraba aromas de tierra seca y madera. A lo lejos, el sol incendiaba lentamente las montañas de Arizona mientras el cielo se volvía de un azul casi irreal.
Entonces comprendí algo profundo.
La resistencia física de los grandes corredores no nace únicamente del entrenamiento. Nace de una conversación íntima con el vacío. Una negociación constante entre el límite y la voluntad. Entre la fragilidad humana y el deseo espiritual de continuar avanzando.
Por eso ciertas músicas nos conmueven tanto.
Porque también ellas atraviesan distancias invisibles.
Las composiciones de Greg Maroney parecían hacer exactamente eso: caminar entre sombras emocionales y luces interiores hasta alcanzar regiones del alma que normalmente permanecen dormidas. Cada nota era un paso. Cada silencio, una respiración profunda del espíritu.
ResponderEliminarRyan se puso de pie lentamente.
—Debes regresar antes de que el portal cambie de frecuencia —dijo mirando el horizonte.
Sentí una tristeza extraña.
—¿Volveré a verte?
Ryan observó el bosque en silencio antes de responder:
—Cada vez que avances solo por un camino difícil… allí estaré.
El viento sopló con fuerza entre los pinos.
Y por un instante su figura pareció volverse translúcida bajo la luz del amanecer.
Entonces entendí.
Algunas almas no desaparecen.
Simplemente continúan corriendo más allá de los límites visibles del tiempo.
Comencé el regreso hacia el lugar donde el Umbral de Resonancia Natural vibraba oculto entre los árboles. Cada paso parecía más lento, más consciente. Como si algo dentro de mí hubiera aprendido finalmente a escuchar el ritmo secreto del mundo.
Antes de cruzar nuevamente, miré una última vez el paisaje de Flagstaff.
Los senderos rojos.
Los pinares infinitos.
Las montañas respirando bajo el cielo helado.
Y comprendí que la verdadera evolución espiritual no consiste en escapar de uno mismo, sino en avanzar honestamente incluso cuando nadie observa.
Como un corredor solitario atravesando el amanecer.
Como una melodía suspendida entre la serenidad y la oscuridad.
Como el alma humana intentando recordar, paso a paso, su origen invisible más allá del crepúsculo.