Uno de los guitarristas de Nuevo-flamenco favoritos del mundo es canadiense. La influencia española comenzó en la cuna de Jesse Cook, cuando su familia se mudó brevemente a Barcelona y una niñera local le cantaba para dormir. Su nuevo álbum, "Frontiers" continúa impulsando las posibilidades creativas para la guitarra acústica. Jesse casi despidió una carrera como intérprete... hasta que la fuerza de su guitarra le hizo imposible ocultar su luz detrás de escena. Un joven Jesse Cook conoció a los Gipsy Kings a principios de los años ochenta. Él explica: "Fue cuando enganché ese enfoque percusivo para tocar la guitarra". "Frontiers" rebosa de ese estilo de percusión y con su consumada banda e invitados que expande su música.
Jesse Cook - Frontiers (2007)
01. Matisse the Cat
02. Cafe Mocha
03. Rain
04. Vamos
05. Turning
06. Havana
07. El Cri
08. Come what May
09. It Ain't Me Babe [feat. Melissa McClelland]
10. La Ilorona [feat. Amanda Martinez]
11. Waiting
12. Europa
13. Alone
Duración total: 46:39 min.

"Si vas a intentarlo ve hasta el final, no te prometo que lo consigas pero te aseguro que es por lo único que merece la pena luchar. Te hablo de dejar atrás miedos, dudas e inseguridades. Te hablo de enterrar la monotonía, olvidarte de rutinas ya cansadas de siempre lo mismo y empezar de nuevo.
ResponderEliminarCaminar con la cabeza bien alta, hipnotizado por tu locura y no por la de otros.
Atreverse sabiendo que puedes fallar, y al mismo tiempo consciente de que si no lo intentas ya te has fallado. Sumergirse en una espiral de sueños, motivaciones y esperanzas que nadie ve excepto tú.
Adentrarse en la jungla siendo tu voluntad tu machete entre los dientes.
Siendo el fuego de tu interior el que prenda tu vida.
Y avanzar, avanzar sin pararte ni un segundo a mirar lo lejos que has llegado.Hasta que llegue el día en el que ni tus éxitos ni tus fracasos se atrevan a entrometerse en la paz interior del que sabe que lo dio todo.
Sólo por disfrutar de ese día merece la pena intentarlo."
🌄 Donde el intento se vuelve destino
ResponderEliminarEl sol cae lento sobre las montañas violáceas de Aluminé, como si el día no quisiera irse del todo, como si también él dudara… o tal vez comprendiera. Hay un instante, justo antes de que la luz se rinda, en el que todo parece suspendido: el viento baja la voz, los árboles escuchan, y uno mismo deja de ser prisa para volverse presencia.
Es en ese umbral donde comprendo algo que no se deja atrapar con palabras fáciles: intentar no es un acto… es un estado del alma.
Nos enseñaron a medir la vida en resultados, en logros, en finales que se puedan mostrar. Pero hay un pulso más profundo, casi invisible, que late cuando uno decide ir hasta el final sin garantías. Ese pulso no entiende de victorias ni de derrotas; entiende de verdad. Y la verdad —la auténtica— no siempre brilla, pero siempre arde.
Intentar es encenderse.
No hablo de una motivación pasajera, de esas que duran lo que dura un impulso. Hablo de una llama más antigua, una que no se apaga cuando sopla el miedo, sino que se alimenta de él. Porque sí… el miedo no desaparece. Se transforma. Se vuelve combustible cuando uno deja de huirle y empieza a mirarlo como quien reconoce a un viejo maestro.
Dejar atrás lo conocido no es valentía: es una forma de muerte pequeña. Morir a las rutinas que ya no nos contienen, a las versiones de nosotros mismos que quedaron cómodas pero vacías. Y en esa muerte hay un silencio incómodo… pero fértil. Como esta tierra en otoño, que parece dormida mientras en secreto se prepara para volver a florecer.
¿Y si el verdadero fracaso no fuera caer, sino no haberse entregado?
Hay una dignidad secreta en el que lo da todo. No en el que llega primero, ni en el que acumula aplausos, sino en el que avanza con el alma desnuda, sin negociar su fuego interno. Ese fuego no siempre ilumina hacia afuera; a veces quema hacia adentro, depura, limpia, transforma.
Avanzar sin mirar atrás no significa olvidar el camino, sino dejar de usarlo como excusa. Porque llega un punto —y esto no se enseña, se descubre— en el que el pasado pierde su peso y el futuro deja de exigir respuestas. Todo ocurre aquí, en este paso, en este latido, en esta respiración que no pide permiso para ser.
Como ahora.
El cielo se apaga en tonos imposibles y, sin embargo, todo parece más claro. Entiendo entonces que intentar hasta el final no es una carrera, es una rendición consciente. Rendirse no a la derrota, sino a la experiencia total de estar vivo, con todo lo que eso implica: incertidumbre, vértigo, belleza.
Y en esa rendición hay una paz extraña.
Una paz que no depende de haber ganado ni de haber perdido. Una paz que nace cuando uno puede decir, sin ruido y sin testigos: no me guardé nada. Ese es el verdadero descanso. No el del cuerpo, sino el del espíritu que ya no se debe nada.
Quizás por eso vale la pena.
No por lo que se alcanza, sino por lo que se revela en el intento. Porque al final —cuando las luces se apagan como este día que se despide— lo único que permanece no es el resultado… es la intensidad con la que nos atrevimos a vivir.
Y tal vez, solo tal vez, ese sea el único destino que importa.