7and5 ha estado en una caminata electrónica y New Age desde 2005; desde entonces, ha lanzado seis álbumes, cada uno de los cuales se basa en el sonido central, pero siempre irrumpiendo en nuevas áreas sonoras intentando esta unión de géneros que define el sonido 7and5. Si bien se basa en los estilos de música electrónica, "Rhythm Of Life" busca combinar esos componentes electrónicos con una sensación de sección de ritmo más "en vivo". La melodía es siempre el elemento principal de una canción 7and5, pero también es el lienzo debajo que revela nuevos detalles con cada nueva escucha. Esta es una música que puede relajar y también revitalizar el espíritu con un amplio sentido de optimismo y esperanza.
02. Take Me Back
03. Air Meets Water
04. So It Begins
05. While the Rain Falls
06. Wildflower
07. Rhythm of Life
08. Reflection
09. Paradise
10. Heartbeat
11. A New Horizon
Duración total: 44:00 min.

“No está abajo en ningún mapa; los lugares verdaderos nunca lo son. "- Herman Melville
ResponderEliminarAl igual que las partes ocultas de nuestras almas, no podemos esperar encontrar algo completamente original y virgen sin desviarse del mapa. Me doy la libertad de explorar cualquier cosa que me llame la atención.
🧭 Donde el mapa se disuelve y comienza el alma
ResponderEliminarAluminé despierta distinto cuando uno deja de buscarle coordenadas.
No es el pueblo lo que cambia… soy yo el que se desplaza hacia un lugar sin nombre. Afuera, el aire patagónico se mueve con esa libertad que no reconoce límites, y hay algo en ese gesto invisible que me invita a soltar también mis propias fronteras. Porque, ¿qué es un mapa sino una forma elegante de domesticar lo desconocido?
Y sin embargo, hay territorios que no aceptan ser trazados.
Pienso en esa frase que se me quedó vibrando como un eco antiguo: “No está abajo en ningún mapa; los lugares verdaderos nunca lo son.” Y algo dentro mío se enciende, como si hubiera estado esperando permiso para desviarse.
Siempre nos enseñaron a seguir rutas.
A ir de un punto A a un punto B.
A no perdernos.
A no desviarnos demasiado.
Pero nadie habla de lo que ocurre cuando uno decide salirse.
Ahí es donde empieza lo real.
Porque hay caminos que no están hechos de tierra ni de asfalto, sino de intuiciones. Senderos que no aparecen en ninguna guía, pero que se abren apenas uno se atreve a escucharse. Esos son los que me interesan ahora. Los que no prometen seguridad, pero sí revelación.
Los que no garantizan llegada… pero transforman el viaje.
En esta tierra del sur, donde el horizonte parece infinito y el viento cuenta historias que no siempre entiendo, siento que hay una sabiduría escondida en lo indomable. Algo que no se deja capturar, que no quiere ser reducido a palabras, pero que insiste en manifestarse.
Como la música.
Esa que aparece sin aviso, que no responde a estructuras previsibles, que te lleva por paisajes que no sabías que existían dentro tuyo. ¿Cuántas veces una melodía me hizo sentir que estaba en otro lugar sin moverme? ¿Cuántas veces me llevó a rincones de mi alma que nunca había visitado?
Ahí no hay mapas.
Ahí hay experiencia.
Y tal vez eso sea lo que más nos cuesta aceptar: que lo verdaderamente valioso no se encuentra siguiendo instrucciones. Que lo original, lo virgen, lo auténtico… exige desvío. Exige perderse un poco. O mucho.
Porque en ese perderse, algo se revela.
Las partes ocultas de uno mismo empiezan a asomar, no como respuestas claras, sino como sensaciones. Como impulsos. Como llamados sutiles que no se pueden ignorar del todo. Y entonces uno entiende que explorar no es solo mirar hacia afuera… es animarse a descender.
A esos lugares internos donde no llega la lógica.
Donde el tiempo no funciona igual.
Donde lo conocido se desarma.
Y en ese descenso, curiosamente, hay libertad.
La libertad de no saber.
De no tener que definir todo.
De dejarse llevar por lo que aparece, aunque no tenga sentido inmediato.
Me doy cuenta de que muchas veces busqué mapas para evitar el vértigo. Para sentir que tenía control. Pero el alma… el alma no entiende de coordenadas. Se mueve por resonancia. Por misterio. Por esa extraña certeza que no se puede explicar, pero que se siente profundamente verdadera.
El mate se enfría a mi lado. No importa. Hay otra temperatura en juego ahora.
Una que no viene del fuego, sino de la inquietud.
De ese deseo de seguir explorando, de no quedarme en lo ya conocido. De aceptar que hay partes de mí que todavía no descubrí… y que quizás nunca lo haga del todo. Y está bien.
Porque tal vez no se trata de completar el mapa.
Sino de caminarlo.
De habitar cada desvío como una posibilidad.
De abrazar lo incierto como parte del viaje.
De entender que los lugares verdaderos —los que dejan huella— no están afuera, esperando ser encontrados…
Sino adentro, esperando ser permitidos.
Aluminé sigue ahí, con su viento, su silencio, su inmensidad.
Pero algo cambió.
O quizás… algo se reveló.
Y ahora lo sé, aunque no pueda señalarlo:
Estoy exactamente donde no figura en ningún mapa.
Y por primera vez, eso no me inquieta.
Me libera.