Because Of You - Jennifer Thomas - The Fire Within (2018)

Han pasado más de seis años desde su última grabación épica original de larga duración. Si te gusta la música atrevida, hermosa y audaz que iluminará la furia musical desde dentro, entonces, "El Fuego Interno" es todo eso y más! Jennifer Thomas nunca piensa en pequeño y, como resultado, su pasión por las ideas nos lleva literalmente a una gira vertiginosa desde su estudio de grabación en Sequim, WA y desde allí a Seattle, Nashville, Estocolmo y, de hecho, a Abbey Road en Londres. Thomas encuentra momentos reflexivos tranquilos que también son claramente muy personales. Lo más obvio es su composición simplemente elegante y hermosa "A causa de ti" dedicada al interminable esposo de apoyo Will.


02. Awakening
03. Girl In The Mirror
04. Rise Of The Phoenix
05. Ascension
06. Soaring
07. Because Of You
08. Believer
09. Time
10. Glorious
 
Duración total: 45:06 min.

Comentarios

  1. "La inversión en viajes es una inversión en ti mismo". - Matthew Karsten

    Cuando dejé por primera vez mi trabajo de día insatisfactorio para ir de mochilero por el mundo, no sabía lo que estaba haciendo, ni a dónde me llevaría todo. Pero viajar me enseñó mucho sobre la vida, así como sobre mí.

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  2. 🌫️🪶 La ciudad que no está afuera, sino adentro del pewma

    En esta mañana gris y fría de finales de mayo en Aluminé, la niebla baja no solo cubre el paisaje: parece borrar también la frontera entre lo que se ve y lo que se siente. El viento viene desde los cerros como si trajera mensajes antiguos, de esos que no se escuchan con los oídos sino con algo más profundo. Fue en este clima suspendido donde surgió este diálogo íntimo con un hombre mapuche, alguien que hablaba poco, pero cuya mirada parecía recordar más de lo que decía.

    Le conté que hay momentos en los que uno siente que el mundo exterior cambia según el ánimo con el que lo mira. Que a veces una misma calle puede parecer luminosa o extrañamente hostil, sin que nada haya cambiado realmente afuera. Él escuchó en silencio, observando el horizonte donde el gris del cielo se mezclaba con la tierra húmeda.

    —Eso que ves afuera —dijo finalmente— no está afuera.

    Su voz era baja, firme, como si cada palabra tuviera raíz.

    No respondí de inmediato. Solo miré el suelo, las hojas mojadas, el vapor saliendo de la tierra fría. Él continuó, sin apuro:

    —El mapu no engaña. Solo refleja lo que el espíritu lleva dentro. Cuando el küme mongen (el buen vivir) se rompe adentro, todo lo demás empieza a hablar en el mismo desorden.

    Recordé entonces algo que había experimentado antes en ciudades grandes, donde todo parece moverse demasiado rápido, pero nada realmente avanza. Le hablé de esa sensación: calles llenas de gente, luces encendidas, voces cruzadas… y aun así una extraña impresión de vacío.

    Él asintió lentamente, como si ya hubiera visto ese fenómeno muchas veces, en distintos lugares, con distintos nombres.

    —La ciudad no está despierta ni dormida —dijo—. Es el espíritu de quienes la caminan el que la vuelve así.

    El viento sopló más fuerte por un instante. Las ramas de los árboles se inclinaron como si escucharan también.

    Entonces me contó algo que no sonó como explicación, sino como advertencia suave:

    —Cuando una persona olvida mirarse por dentro, empieza a ver su propio ruido en todas partes. Cree que el mundo está roto, pero es su mirada la que está fragmentada.

    Sus palabras no tenían juicio. Tenían una extraña compasión antigua, como si no hubiera culpa en el error humano, solo olvido.

    Le mencioné aquella idea que me perseguía desde hace tiempo: que la realidad parece cambiar según la actitud con la que uno la atraviesa, como si la mente fuera un pincel invisible pintando lo que los ojos creen ver.

    Él sonrió apenas, sin levantar demasiado los labios.

    —Eso ya lo sabían los antiguos —dijo—. Pero no lo explicaban como idea. Lo vivían como trafkintu (intercambio): si cambias lo que das al mundo, el mundo te devuelve otro rostro.

    Me quedé en silencio. El paisaje parecía escucharnos.

    En ese momento comprendí algo incómodo pero liberador: quizás la ciudad no es un lugar que se visita, sino un estado que se proyecta. Y cada vez que creemos estar caminando por calles externas, en realidad estamos atravesando capas de nuestra propia conciencia.

    El hombre miró hacia el sur, donde la neblina se hacía más densa.

    —La gente cree que busca afuera lo que perdió —dijo—. Pero muchas veces lo perdió en el modo en que dejó de verse a sí misma.

    No hubo más palabras después de eso.

    Solo el sonido del viento, el olor a tierra húmeda, y la sensación de que algo dentro de mí había sido ligeramente desplazado, como si una perspectiva antigua hubiera cedido su lugar a otra más silenciosa.

    Entendí entonces que lo que llamamos “ciudad” no siempre es un territorio físico. A veces es un estado mental donde el espíritu se desconecta de su propio centro y empieza a perseguir reflejos que nunca alcanzan a calmarlo.

    Y en ese diálogo breve, casi invisible, con la cosmovisión mapuche, comprendí algo que no venía como pensamiento, sino como certeza tranquila:

    no es la ciudad la que despierta o se apaga…
    es la forma en que el alma aprende —o no— a mirarse dentro del ruido del mundo.

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