Kitaro - Live In Osaka (1983)

"Live In Osaka" es un concierto que tuvo lugar el 9 de octubre de 1983 con motivo de la apertura del estadio Osaka-jō Hall y forma parte del torneo Prayer For The 21st Century celebrado en Japón en 1983. El concierto se lanzó en 1983 solo en formato LaserDisc. En 1994 apareció en el segundo disco del álbum Tokusen II y en 2010 como una versión digital descargable. Al igual que en el concierto de Kitaro en Budokan, la cámara está enfocada en Kitaro todo el tiempo, aunque otros músicos están en el escenario. Por supuesto, este Laserdisc es uno de los raros momentos visuales de la historia de los primeros conciertos de Kitaro y es muy importante. La lista de canciones es más o menos idéntica al segundo disco del álbum Tokusen II.

 

Kitaro - Live In Osaka (1993)

01. Opening For The 21th Century
02. The Mist
03. Fire
04. Cosmic Love
05. Caravansary
06. Pilgrimage - Moon Star
07. Dance Of Sand
 
Duración total: 56:22 min.

Comentarios

  1. "Un viaje se mide mejor en amigos, en lugar de millas". - Tim Cahill

    ¡No podría estar mas de acuerdo! He hecho muchos amigos en todo el mundo, y es el tiempo que he pasado con ellos lo que ha hecho que mis viajes sean tan gratificantes. Las personas siempre son más memorables que marcar una lista de deseos.

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  2. 🍂 La distancia invisible que nos une

    Esta mañana en Aluminé amanece lenta, como si el día dudara en desplegarse del todo. El frío se cuela entre los pensamientos, y las nubes bajas parecen abrazar las montañas con una ternura silenciosa. De vez en cuando, un rayo de sol atraviesa ese manto gris, no para disiparlo, sino para recordarme que incluso en lo velado, la luz encuentra su lenguaje.

    Mientras observo este paisaje suspendido entre lo oculto y lo revelado, pienso en los viajes. No en los mapas, ni en las rutas marcadas, ni en los destinos que alguna vez creí imprescindibles. Pienso en las personas. En esas presencias que, sin proponérselo, transforman un lugar en un recuerdo vivo.

    Hay una verdad que se vuelve más clara con el tiempo: no viajamos para acumular distancias, sino para descubrir resonancias. Y esas resonancias casi nunca provienen de los paisajes, por más imponentes que sean, sino de los encuentros. De esas conversaciones que empiezan sin importancia y terminan dejando huellas profundas. De las risas compartidas, de los silencios cómodos, de las miradas que no necesitan traducción.

    Quizás por eso la frase de Tim Cahill no me parece una idea, sino una revelación. Medir un viaje en amigos es, en el fondo, aceptar que lo esencial no se puede cuantificar. Que lo verdaderamente significativo no ocupa espacio, pero lo llena todo. Que hay vínculos que nacen en cuestión de horas y, sin embargo, permanecen como si hubieran sido tejidos desde siempre.

    En esta mañana otoñal, donde el viento parece susurrar historias antiguas entre los árboles, siento que cada persona que ha pasado por mi camino ha sido una especie de espejo. Algunas reflejaron lo que soy. Otras, lo que podría ser. Y algunas más, lo que necesitaba comprender en ese preciso momento.

    Es curioso: uno cree que viaja hacia afuera, pero en realidad cada encuentro es un viaje hacia adentro. Cada amistad, aunque sea fugaz, deja una especie de eco que resuena mucho después de que los caminos se separan. Y ese eco, a su manera, también es música. Una música sutil, casi imperceptible, pero profundamente transformadora.

    Tal vez por eso hay días como hoy, en los que no necesito moverme para sentir que estoy viajando. Basta con recordar. Con evocar esos rostros, esas voces, esos instantes compartidos en rincones lejanos del mundo. Y de pronto, todo vuelve a tener sentido. No como una lista de logros, sino como una red invisible de conexiones que sostienen algo más grande.

    El sol vuelve a asomarse, tímido, entre las nubes. No ilumina todo, solo fragmentos. Pero eso alcanza. Porque entiendo que la plenitud no está en verlo todo con claridad, sino en reconocer esos destellos que nos guían, aunque sea por un instante.

    Viajar, al final, no es desplazarse. Es abrirse. Y en ese abrirse, descubrir que nunca estuvimos realmente solos. Que cada encuentro fue una coordenada del alma. Y que, más allá de cualquier crepúsculo, siempre habrá alguien, en algún lugar, formando parte de nuestro mapa invisible.

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  3. 🎐 El instante que permanece cuando todo se desvanece

    Hay momentos que no fueron pensados para durar… y sin embargo, persisten. No en el tiempo medible, sino en esa otra dimensión donde lo vivido se vuelve esencia. Pienso en ciertos conciertos, en ciertos sonidos suspendidos en el aire, como si hubieran sido ofrecidos más al espíritu que a la memoria. Instantes que ocurrieron una sola vez, en un lugar preciso, pero que siguen vibrando más allá de cualquier registro físico.

    Imagino aquel escenario en Osaka, no como un punto geográfico, sino como un portal. Un espacio donde lo visible apenas contenía lo verdaderamente importante. La cámara enfocando constantemente a una figura central, como si intentara capturar algo que, en realidad, no podía ser atrapado: la energía invisible que fluye entre el músico, el sonido y quienes están dispuestos a recibirlo.

    Siempre me ha intrigado esa obsesión humana por registrar, por conservar, por fijar lo efímero. Como si al hacerlo pudiéramos evitar que se disuelva. Pero hay experiencias que no pertenecen al archivo, sino al misterio. Que no viven en la imagen, sino en la sensación que dejaron. Y tal vez ese sea su verdadero propósito.

    La música, cuando alcanza ciertos niveles de profundidad, deja de ser una sucesión de notas para convertirse en un estado. No se escucha: se habita. Y en ese habitar, uno se desvanece un poco, como si la identidad cotidiana se diluyera para dar paso a algo más amplio, más silencioso, más verdadero.

    Pienso en esos primeros registros visuales, en su rareza, en su valor casi ritual. No porque muestren lo que ocurrió, sino porque sugieren lo que no puede verse. Como sombras de una experiencia mayor. Como fragmentos de una ceremonia que solo fue completa para quienes estuvieron allí, en ese preciso cruce entre tiempo, sonido y presencia.

    Hay algo profundamente enigmático en saber que un momento tan cargado de intención y belleza ocurrió una sola vez, y que todo lo que queda son ecos. Versiones. Reflejos. Como si el universo nos recordara que lo esencial nunca se repite, y que cada instante auténtico es irrepetible por naturaleza.

    Y sin embargo, esos ecos alcanzan. De alguna manera inexplicable, logran atravesar décadas, formatos obsoletos, tecnologías olvidadas, y siguen encontrando oídos dispuestos. Pero más que oídos, encuentran almas. Porque lo que transmiten no es solo música, sino una frecuencia emocional que reconoce quien está listo para sentirla.

    Tal vez ahí resida la verdadera importancia de esos registros antiguos. No en su fidelidad técnica, ni en su valor histórico, sino en su capacidad de abrir una puerta. De insinuar que hubo —y sigue habiendo— algo más allá de lo evidente. Algo que no puede ser completamente capturado, pero sí intuido.

    En ese sentido, cada escucha se convierte en un acto casi sagrado. No estamos reviviendo el pasado, sino conectando con una dimensión que no pertenece al tiempo. Una dimensión donde todo sigue ocurriendo, donde cada nota aún resuena, donde cada silencio aún contiene significado.

    Y entonces comprendo que no importa cuántas veces intentemos registrar lo inasible. Lo verdaderamente valioso nunca será el documento, sino la experiencia interior que despierta. Porque hay sonidos que no terminan cuando se apagan… simplemente regresan a ese lugar invisible desde donde siempre estuvieron emergiendo.

    Quizás, después de todo, no se trata de conservar el momento… sino de aprender a reconocerlo cuando vuelve a manifestarse en nuestro interior.

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