Can Atilla - The Golden Collection CD1 (2018)

Can Atilla es un prolífico músico y compositor turco cuya versatilidad abarca la música electrónica, étnica, orquestal y el género new age. Tras graduarse en la Universidad de Ankara en 1990, donde obtuvo su licenciatura en violín, Atilla consolidó una carrera excepcional. Ha compuesto una vasta discografía de estudio, además de crear magistrales partituras para películas, obras de teatro y exitosas series de televisión. Aunque sus inicios estuvieron marcados por sonidos sintéticos y experimentales, a mediados de la década de 2000 dio un giro hacia un estilo más tradicional y sinfónico. Alcanzó su mayor reconocimiento internacional con la épica Empire Pentalogy, una serie de cinco álbumes producidos entre 2005 y 2012 que exploran la majestuosa historia del Imperio Otomano.

   

Can Atilla - The Golden Collection CD1 (2018)

01. Ilk Ask
02. Yeni Hayat 2011
03. Pecenin Ardindaki Gozler(Special Edition)
04. Mara Despina(Special Edition)
05. Sultanlar Askina (Prestige Edition 2018)
06. Rumeli Hisari’nin Yapilisi (Prestige Edition 2018)
07. Hamamda Ilk Gozyaslari (Special Edition)
08. Leyla Ile Mecnun (Enstrumantal)
09. Kalp
10. Rozalina (Special Edition)
11. Bach Club
12. Constantinople (Prestige Edition 2018)
13. Birakma Beni
14. Ayisigi
15. Ask-I Rumi
16. Leb-I Derya 2018

Duración total: 77:36 min.

Comentarios

  1. “Quienes son capaces de renunciar a la libertad esencial a cambio de una pequeña seguridad transitoria, no son merecedores ni de la libertad ni de la seguridad.”
    (Benjamin Franklin)

    ResponderEliminar
  2. 🌬️ El precio invisible del abrigo

    Amanece en Aluminé con ese tono indeciso que tiene el cielo cuando no sabe si abrirse o quedarse en penumbra. El aire frío baja desde la montaña y se cuela por cada rincón, como recordándome que la intemperie no siempre está afuera.

    El mate humea lento entre mis manos, y en ese gesto cotidiano encuentro una especie de refugio. Pero no todos los refugios son iguales… algunos abrigan, otros encierran.

    Y ahí aparece la frase, como una piedra lanzada al agua quieta de mis pensamientos: “Quienes son capaces de renunciar a la libertad esencial a cambio de una pequeña seguridad transitoria, no son merecedores ni de la libertad ni de la seguridad.”

    No es una idea cómoda.

    Tiene filo.

    Porque obliga a mirarse sin adornos.

    ¿Qué cosas he aceptado por miedo?
    ¿En qué momentos elegí lo seguro en lugar de lo verdadero?

    La Patagonia tiene algo que no negocia: su inmensidad. Acá no hay forma de domesticar el horizonte. Uno puede intentar ordenarlo, nombrarlo, dividirlo… pero siempre hay algo que se escapa. Algo que permanece indómito.

    Y quizás por eso este lugar incomoda y libera al mismo tiempo.

    Porque no permite ilusiones fáciles.

    La seguridad… esa palabra que suena tan necesaria, tan lógica. Todos la buscamos de alguna manera. Un ingreso estable, una rutina conocida, un camino predecible. Pero hay una trampa silenciosa en esa búsqueda: cuando se vuelve un fin en sí mismo, empieza a exigir renuncias.

    Pequeñas al principio.

    Casi imperceptibles.

    Dejar de decir lo que uno piensa.
    Postergar lo que uno siente.
    Evitar lo que podría transformarnos.

    Y así, sin darnos cuenta, vamos construyendo una vida prolija… pero ajena.

    Como una melodía perfectamente ejecutada, pero sin alma.

    Pienso en la música que comparto, en esos viajes sonoros que no siguen reglas estrictas, que se atreven a explorar, a romper estructuras. ¿Qué sería de ellos si buscaran solo agradar, solo encajar, solo ser “seguros”?

    Perderían su esencia.

    Y quizás nosotros también.

    El viento afuera empieza a moverse con más fuerza. Sacude las ramas, golpea suave las chapas, como si quisiera decir algo. Hay una energía en ese gesto, una especie de rebeldía natural que no pide permiso.

    El viento no negocia su libertad.

    Y no porque sea valiente… sino porque es lo que es.

    Ahí hay una enseñanza.

    Tal vez la libertad esencial no es algo que se conquista, sino algo que se recuerda. Algo que ya está, pero que muchas veces cubrimos con capas de miedo, de costumbre, de necesidad de aprobación.

    Y entonces aparece la pregunta incómoda:

    ¿Estoy viviendo desde lo que soy… o desde lo que me garantiza no perder?

    El mate se enfría un poco. No importa.

    Hay otra temperatura en juego.

    Una más profunda, más interna. Una que no depende del clima ni de las circunstancias, sino de la coherencia. De esa alineación silenciosa entre lo que uno siente y lo que uno hace.

    No es fácil sostenerla.

    Porque la libertad no siempre abriga. A veces deja expuesto. A veces implica incertidumbre, soledad, riesgo. Pero también trae algo que ninguna seguridad puede ofrecer:

    Verdad.

    Y la verdad, aunque incomode, tiene una cualidad única: no necesita sostenerse en nada externo.

    Se basta a sí misma.

    Miro hacia afuera. El cielo sigue gris, pero hay una claridad distinta, como si algo se estuviera abriendo más allá de lo visible.

    Quizás la libertad sea eso.

    No la ausencia de límites, sino la presencia de uno mismo.
    No la garantía de que todo va a salir bien, sino la certeza de que no me estoy traicionando.

    Y en ese espacio, aunque sea por un instante, aparece una forma de paz que no depende de nada.

    Ni del clima.
    Ni del futuro.
    Ni del miedo.

    Una paz que no se compra.
    Que no se negocia.
    Que no se cambia por abrigo momentáneo.

    Como esta tierra.
    Como el viento.
    Como ese pulso interno que, cuando se escucha de verdad… no acepta reemplazos.

    Y entonces lo entiendo, en este rincón del sur donde todo parece decirlo sin palabras:

    Hay seguridades que cuestan demasiado.

    Y libertades que, aunque no prometan nada… lo entregan todo.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario