"Fair Gemstone" se presenta como una joya sonora que amalgama la música enigmática, el chill out, la fusión y los ritmos étnicos del mundo. Durante la década de los 90, estos diversos subgéneros fueron agrupados bajo la etiqueta comercial de New Age. Este estilo alcanzó la cultura popular gracias al éxito de recopilatorios como Pure Moods y a las icónicas transmisiones de conciertos de artistas como Yanni y Kitaro, permitiendo que audiencias antes ajenas a este ámbito descubrieran su esencia. El álbum es un viaje etéreo de culturas y voces que incorpora cantos gregorianos y elementos tribales. Con una atmósfera que trasciende diversos estados de ánimo, se inspira profundamente en el legado místico de referentes como Deep Forest, Enigma, Adiemus y Enya.
Movestro - Fair Gemstone (2017)
01. Drifting
02. Exsurge
03. Worldspun
04. Obedo Bado
05. Belewu
06. Walking Woman
07. Moons
08. Enda Haasa
09. Chasm
10. Frost
11. Shadows Amongst Trees
12. A Voice In The Forest
Duración total: 48:58 min.

“La voluntad me pertenece. La emoción me pertenece. El derecho a ser inconsolable. Cuando siento no existe un "nosotros", sólo existo yo.”
ResponderEliminarNadine Gordimer, escritora sudafricana
🕯️ El territorio indomable del sentir
ResponderEliminarHay una parte de mí que no admite testigos.
No es orgullo, ni aislamiento elegido. Es algo más antiguo, más esencial. Como una llama que no puede compartirse sin extinguirse. Aquí, en Aluminé, donde el viento baja de la montaña con una voz que no siempre logro entender, he empezado a reconocer ese espacio interno como lo que realmente es: un territorio indomable.
“La voluntad me pertenece. La emoción me pertenece. El derecho a ser inconsolable.”
Estas palabras no se me presentan como una idea, sino como un eco que resuena en lo más hondo. Porque hay estados del alma que no admiten traducción. No pueden ser explicados ni suavizados para que otros los comprendan. Simplemente son.
Y en ese ser, estoy solo.
Pero no es una soledad que duela de la forma habitual. No es la ausencia de otros, sino la presencia absoluta de mí mismo. Como si, por un instante, todo lo externo se disolviera y quedara únicamente este pulso interno, crudo, sin mediaciones.
Cuando siento de verdad, no existe un “nosotros”.
Esa palabra se vuelve lejana, casi ajena. Porque el sentir profundo no se negocia. No se reparte. No se adapta para encajar en la idea compartida de lo que debería ser. Es un acto radicalmente íntimo.
Y a veces, es inconsolable.
He intentado nombrar ese estado muchas veces: tristeza, melancolía, nostalgia… pero ninguna palabra lo alcanza del todo. Es más vasto que eso. Es como un cielo nocturno sin estrellas, donde no hay referencias, donde todo parece suspendido en una calma inquietante.
Antes, ese espacio me asustaba.
Creía que debía llenarlo, distraerme, buscar compañía, construir un “nosotros” que me rescatara de ese abismo silencioso. Pero con el tiempo —y tal vez con la paciencia que impone esta tierra— empecé a quedarme ahí, sin huir.
A sostener la incomodidad.
A permitir que esa emoción exista sin pedirle que cambie.
Y algo inesperado ocurrió.
Ese territorio que parecía vacío comenzó a revelar su profundidad. Como si al dejar de resistirme, pudiera ver lo que antes estaba oculto: una forma de verdad que no depende de nadie más.
Porque cuando todo se reduce a ese “yo” que siente, sin adornos ni explicaciones, aparece una claridad distinta. No es luminosa ni reconfortante en el sentido habitual, pero es honesta. Brutalmente honesta.
Y en esa honestidad hay una especie de paz.
No la paz tranquila de los finales felices, sino la paz de lo que no necesita justificarse. De lo que simplemente es.
Aquí, en medio del paisaje patagónico, donde las distancias parecen interminables y el silencio tiene peso propio, empiezo a entender que ese “yo” no es un encierro, sino un punto de origen.
No es ego. Es existencia.
Es el núcleo desde donde todo lo demás puede surgir… o no.
Porque el “nosotros” es frágil. Depende de acuerdos, de coincidencias, de tiempos compartidos. Pero el “yo” que siente —ese que se permite incluso ser inconsolable— no necesita nada de eso para existir.
Y sin embargo, no es un rechazo del otro.
Es, quizás, una forma más profunda de encuentro.
Porque sólo cuando me reconozco completamente en ese espacio íntimo, sin máscaras, sin necesidad de ser comprendido, puedo acercarme a alguien sin perderme. Sin diluir lo que soy en la idea de pertenecer.
Tal vez el verdadero vínculo no nace del “nosotros”, sino de dos “yo” que se sostienen por sí mismos.
Dos territorios completos que, por un instante, deciden encontrarse.
Pero ese encuentro no borra la esencia.
No reemplaza el silencio interno.
No apaga la llama.
Y eso está bien.
Porque hay emociones que no vienen a ser compartidas, sino a ser atravesadas. Hay dolores que no buscan consuelo, sino reconocimiento. Hay verdades que sólo pueden existir en soledad.
Y resistirse a eso es perder una parte de lo que somos.
Hoy ya no le temo tanto a ese espacio.
Cuando llega —porque siempre vuelve— intento no llenarlo de ruido. Me siento, respiro, y dejo que sea. Como el crepúsculo que cae sobre las montañas: inevitable, silencioso, profundamente transformador.
ResponderEliminarAhí, en ese instante donde no hay “nosotros”, descubro algo que antes no veía:
No estoy vacío.
Estoy entero.
Incluso —y sobre todo— cuando soy inconsolable.