El álbum "The Best Of Narada Christmas" es una compilación especial de artistas del sello Narada con música del espíritu de la Navidad y la celebración,
el espíritu en el que se ha creado y se ofrece. Criado en una casa con un ambiente de música clásica, el violonchelista y compositor de new age y jazz contemporáneo David Darling comenzó clases de piano a los seis años descubriendo el violoncelo en cuarto grado. Dice Darling: "Las canciones de Navidad
siempre me han hecho sentir bien, las melodías siempre traen recuerdos
de las mejores partes de la vida. Es con entusiasmo y gratitud que comparto uno de mis villancicos favoritos con todos ustedes, en esta época del año feliz. Felices Fiestas y que podamos tener paz en la tierra tan pronto como sea posible."
Various Artists - The Best Of Narada Christmas CD1 (1998)
01. David Arkenstone - I Saw Three Ships
02. Ralf Illenberger - The First Noël
03. Dordan - Enniscorthy Christmas Carol
04. Michael Gettel - Il Est Ne he Is Born
05. Bruce Mitchell - Joy To The World
06. David Lanz - Angels We Have Heard On High
07. David Darling - Away In A Manger
08. Eric Tingstad Nancy Rumbel - Silent Night
09. David Arkenstone - We Three Kings
10. Michael Whalen - God Rest Ye Merry Gentlemen
11. Michael Jones - Unto Us A Boy Is Born
12. Billy Mclaughlin - What Child Is This
13. Kostia - Carol Of The Bells
14. Eric Tingstad Nancy Rumbel - Bring The Torch
Duración total: 60:23 min.

“La esperanza no es ni realidad ni quimera. Es como los caminos de la tierra: sobre la tierra no había caminos; han sido hechos por el gran número de transeúntes.”
ResponderEliminarLu Xun
🌧️ Los caminos que aparecen cuando se los anda
ResponderEliminarEsta mañana en Aluminé tiene ese pulso irregular que sólo el otoño sabe sostener. Llueve suave, como si el cielo respirara hacia adentro, y de pronto el sol irrumpe entre las nubes, encendiendo los robles, los abedules y los álamos del jardín en una gama imposible de rojos, verdes, ocres y dorados. Todo brilla por un instante… y luego vuelve a velarse. Como si el día no se decidiera entre revelarse o quedarse en secreto.
Estoy con el mate amargo entre las manos, y Kayquén descansa cerca, atenta a nada y a todo al mismo tiempo. Hay una calma extraña, no completamente serena, pero tampoco inquieta. Una calma que parece estar en tránsito.
Pienso en esa frase: “La esperanza no es ni realidad ni quimera. Es como los caminos de la tierra: sobre la tierra no había caminos; han sido hechos por el gran número de transeúntes.” Y algo en mí se acomoda, como si hubiera estado esperando escuchar eso sin saberlo.
Porque acá, mirando el jardín mojado y brillante, no hay caminos trazados entre las hojas caídas. Sin embargo, sé que si empiezo a caminar, si repito ese gesto día tras día, el sendero aparecerá. No estaba antes. No es una ilusión. Es una consecuencia.
Tal vez la esperanza sea eso: una huella en proceso.
No algo que se tiene, ni algo que se imagina.
Sino algo que se hace.
El mate cambia de temperatura. La lluvia se detiene otra vez. Kayquén levanta la cabeza cuando escucha algún sonido lejano, y después vuelve a ese estado de presencia absoluta que los animales manejan sin esfuerzo. Me pregunto si ellos conocen la esperanza o si simplemente viven sin necesitarla.
Y sin embargo, hay música en todo esto.
No una música evidente, sino una que parece venir de otra capa del instante.
Como esas melodías que evocan épocas que quizás no vivimos, pero sentimos como propias. Como esos villancicos que, aunque estemos lejos de diciembre, traen consigo una especie de calor antiguo. Recuerdos que no son precisos, pero sí verdaderos en su emoción.
Hay algo profundamente humano en eso: en encontrar consuelo en sonidos que nos recuerdan lo mejor de la vida, incluso cuando el presente es incierto.
Imagino ese violonchelo que no busca protagonismo, sino profundidad. Ese tono que parece abrazar desde adentro. Una música que no exige alegría, pero la sugiere. Que no niega la tristeza, pero la vuelve habitable.
Y entonces comprendo que la esperanza también suena así.
No es estridente.
No irrumpe.
No promete.
Se parece más a una melodía que insiste suavemente, como diciendo: seguí caminando, aunque no veas todavía el camino.
El sol vuelve a filtrarse, y por un segundo todo el jardín parece iluminado desde adentro. Las gotas en las hojas reflejan pequeñas versiones del mundo. Cada una contiene un paisaje completo, aunque dure apenas un instante.
¿No será eso también la esperanza?
Pequeños reflejos de totalidad en medio de lo fragmentario.
No necesitamos ver el camino completo.
Alcanza con el próximo paso.
Y después otro.
Y otro más.
Así, sin darnos cuenta, la tierra empieza a recordar nuestras pisadas.
Kayquén se acerca y se acomoda a mi lado. Hay una fidelidad silenciosa en su presencia que no pide explicaciones. Me acompaña sin saber hacia dónde voy, sin preguntar por qué me detengo o por qué a veces miro fijo la nada.
Quizás la esperanza también sea eso: una compañía invisible que no garantiza destino, pero sí presencia.
El mundo sigue alternando entre lluvia y luz. Entre sombra y brillo. Entre lo que se oculta y lo que se revela. Y en ese vaivén, algo en mí deja de buscar certezas y empieza, apenas, a caminar.
Porque tal vez nunca hubo caminos.
Tal vez siempre fueron encuentros entre pasos.
Y en esta mañana del sur, con el mate ya casi lavado y el aire cargado de tierra húmeda, entiendo —aunque sea por un momento— que no hace falta ver para creer, ni creer para avanzar.
Alcanza con estar.
Alcanza con andar.
Y en ese andar, casi sin darnos cuenta…
la esperanza empieza a existir.