Various Artists - Surfing The Himalayas (1997)

"Surfing The Himalayas" de Zazen es una colección musical concebida como acompañamiento de la novela homónima escrita por Rama (Frederick Lenz). La obra narra el viaje interior y exterior de un joven norteamericano que se dirige al Himalaya en busca de una gran final de snowboard, y la música refleja ese espíritu de aventura espiritual y descubrimiento. Las pistas evocan la belleza majestuosa de las montañas, la energía de la naturaleza y la alegría que puede encontrarse en lo cotidiano cuando existe una conexión profunda con el universo. A través de atmósferas y melodías contemplativas, el álbum propone una experiencia que invita a elevar la mente y el cuerpo, transportándonos hacia las impresionantes cumbres del Himalaya y hacia un estado de inspiración y expansión interior.

 

Various Artists - Surfing The Himalayas (1997)

01. Zazen - Rain
02. Zazen - Bandelier
03. Zazen - Night Shadows
04. Zazen - Joshua Tree
05. Zazen - Desert Wind
06. Joaquin Liévano - Ecologie
07. Zazen - Canyons of Light
08. Zazen - In the Upper Atmosphere
09. Zazen - Waves of Light
10. Joaquin Liévano - Himalayan Sunset

Duración total: 46:40 min.

Comentarios

  1. hola ernesto estoy escuchando la musica de hoy y como me gusta mucho la disfruto en compañia de MARIA ROSA QUE ESta a mi lado. espero ayer haya ido todo bien hasta la proximA. CHAU MAMA.

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  2. Hola Mamuchita y MariaRosita!! Todo muy bien ayer! Muy emotivo acto! Me alegro que les haya gustado la música de hoy! Que la pasen lindo! Buen finde largo! Besos. Neto

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  3. “Tus riquezas las dejaras en este mundo, pero tus obras las llevaras contigo.”
    Idries Shah, escritor indio

    "-Es un poco tarde para mí... -Nunca es demasiado tarde."
    Eugène Ionesco, dramaturgo rumano.

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  4. 🌄 Lo que el crepúsculo se lleva

    El atardecer de este domingo se abre lentamente sobre Aluminé como una página dorada que alguien pasa con paciencia. Las montañas, todavía coronadas de nieve, parecen haber esperado todo el día este momento. Después de la lluvia, las nubes se han vuelto livianas y el sol las pinta con tonos dorados que apenas duran unos instantes.

    Estoy aquí contemplando ese silencio luminoso que sólo existe en la Patagonia cuando el día empieza a despedirse.

    A veces pienso que el crepúsculo tiene algo de espejo.

    Nos recuerda que todo pasa.
    Que todo se transforma.
    Que todo, incluso lo que creemos permanente, es apenas un visitante.

    Mientras observo cómo la luz se desliza por las laderas de las montañas, vuelve a mi memoria una frase de Idries Shah:
    “Tus riquezas las dejarás en este mundo, pero tus obras las llevarás contigo.”

    Es una idea simple… y sin embargo inmensa.

    Porque el mundo moderno parece obsesionado con acumular cosas que inevitablemente se quedarán aquí. Casas, objetos, números, reconocimientos. Como si la vida fuese una larga colección de pertenencias.

    Pero la naturaleza de este lugar enseña algo distinto.

    El río que baja desde las montañas no guarda el agua.
    El viento no intenta retener el aire.
    Las nubes no se aferran al cielo.

    Todo fluye.

    Quizás nuestras verdaderas riquezas también sean invisibles: los gestos que dejamos en otros, las palabras que abren caminos, los momentos de amor que siembran memoria en los corazones.

    Eso sí viaja con nosotros.

    Eso sí permanece.

    Y entonces aparece en mi mente otro eco, esta vez del dramaturgo Eugène Ionesco. Una frase breve, casi una conversación detenida en el tiempo:

    —“Es un poco tarde para mí…”
    —“Nunca es demasiado tarde.”

    Cuántas veces los seres humanos sentimos que el tiempo se ha cerrado como una puerta. Que algo debió hacerse antes. Que ciertos caminos ya no están disponibles.

    Pero basta mirar el cielo en este instante para comprender otra cosa.

    La lluvia cayó hace apenas unas horas. El día parecía gris, cerrado, silencioso. Y sin embargo ahora el sol atraviesa las nubes como si recién estuviera comenzando.

    La naturaleza nunca cree que sea tarde.

    Tal vez por eso este atardecer me trae también un recuerdo inesperado. Un pequeño diálogo guardado en algún rincón del tiempo. Un comentario escrito hace casi diez años, un 25 de noviembre de 2016.

    “Mamá” decía que estaba escuchando la música de ese día, disfrutándola junto a María Rosa.
    Y yo respondía con la alegría simple de saber que del otro lado alguien compartía ese momento.

    Palabras breves.
    Cotidianas.
    Casi invisibles.

    Pero hoy, mientras el sol se derrama sobre las montañas nevadas de Aluminé, comprendo algo que quizás entonces no sabía.

    Esas también son obras.

    Pequeños puentes de afecto que el tiempo no logra borrar.

    Tal vez la vida esté hecha de esos hilos sencillos: una música compartida, un saludo, una respuesta cariñosa, una presencia que dice “estoy aquí”.

    Nada de eso puede guardarse en un cofre.
    Nada de eso puede comprarse.

    Y sin embargo… es lo único que realmente permanece.

    Las nubes doradas comienzan a desvanecerse lentamente detrás de las montañas. El crepúsculo avanza con su misterio habitual, como si el día estuviera entregando su última nota musical al silencio.

    Pienso entonces que tal vez nunca sea tarde para lo esencial.

    Nunca es tarde para amar más.
    Nunca es tarde para decir lo que importa.
    Nunca es tarde para encender una pequeña luz en el camino de alguien.

    Porque al final, cuando el viaje continúe más allá de estas montañas y más allá de este cielo patagónico, no llevaremos nada de lo que acumulamos.

    Pero sí viajaremos acompañados por todo lo que alguna vez ofrecimos al mundo.

    Quizás por eso, incluso ahora, mientras el último resplandor del sol se pierde detrás de los Andes, siento que algo de esta tarde seguirá viajando.

    Más allá del crepúsculo.

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