Rondó Veneziano - Il Mago Di Venezia (1994)

"Il Mago Di Venezia" es el decimoséptimo álbum del célebre ensemble de música instrumental italiana Rondò Veneziano. Esta innovadora agrupación nació en la primavera de 1979 gracias a la original idea del compositor Gian Piero Reverberi. Su proyecto inicial consistía en crear una formación instrumental italiana única, para lo cual Reverberi optó por una brillante fusión estética entre la música clásica del barroco y el pop moderno. La exitosa restauración del Carnaval de Venecia a finales de la década de 1970 contribuyó decisivamente a que este carácter festivo fuera su tema esencial de inspiración. Para materializar visualmente ese ambiente barroco, los solistas actúan elegantemente vestidos al estilo del siglo XVIII, utilizando vistosas pelucas de la época.

 

Rondó Veneziano - Il Mago Di Venezia (1994)

01. Il Mago Di Venezia
02. Blu Oltremare
03. Tiepolo
04. Itinerari Veneti
05. Deserti Lontani
06. Iridescenze
07. Litorali
08. Filigrana
09. Alchimie Sonore
10. Canaletto
11. Nettuno
12. Buon Natale, Mondo

Duración total: 47:37 min.

Comentarios

  1. “Todo es resultado de una serie de conocimientos, de vivencias, de encuentros, de aprender de las propias torpezas cometidas en un momento determinado.”
    Leonardo Padura, escritor cubano

    "¿Eres valiente? -No mucho -dije. (...) ¿Y curiosidad? ¿Tienes? -Curioso sí lo soy, un poco. ¿Y no crees que la curiosidad y la valentía se parecen? (... ). Donde hay valentía hay curiosidad, y donde hay curiosidad hay valentía, ¿No te parece?"
    Haruki Murakami, escritor japonés.

    "No tengo que demostrar nada, no ando corriendo, cada día es un regalo y lo aprovecho a fondo."
    Isabel Allende, escritora chilena.

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  2. 🎭 El mago que habita detrás de las máscaras

    Hay músicas que no se escuchan: se atraviesan. Como ciertos puentes antiguos de Venecia que parecen suspendidos entre el agua y la memoria, existen melodías capaces de abrir puertas interiores que uno ni siquiera sabía que seguían allí. Escuchando Il Mago Di Venezia, comprendí que el alma también tiene corredores barrocos, salones secretos y carnavales silenciosos donde nuestras distintas versiones siguen bailando bajo máscaras invisibles.

    Siempre me intrigó esa idea de mezclar mundos aparentemente incompatibles. El barroco y el pop. La solemnidad y el espectáculo. Lo antiguo y lo contemporáneo. Tal vez porque la vida misma funciona así: somos una suma extraña de contradicciones que, cuando finalmente se aceptan, comienzan a producir armonía. Nadie es una sola época. Dentro de nosotros conviven ruinas, futuros, inocencias y cansancios. Somos una orquesta de tiempos superpuestos.

    Pienso en aquellas palabras de Leonardo Padura: “Todo es resultado de una serie de conocimientos, de vivencias, de encuentros, de aprender de las propias torpezas cometidas en un momento determinado.” Y siento que ahí reside una verdad incómoda pero luminosa: nadie despierta sabiendo quién es. Uno va tallándose lentamente a través de los errores, de las despedidas, de las decisiones absurdas tomadas con el corazón confundido. Hasta las equivocaciones tienen un oficio secreto: moldearnos.

    A veces recuerdo personas que ya no están en mi vida y entiendo que incluso ellas continúan trabajando dentro de mí. Como músicos ocultos detrás del escenario. Algunas llegaron para abrir ventanas. Otras para romper espejos. Otras simplemente para enseñarme cuánto puede doler el silencio. Pero todas dejaron una nota sostenida flotando en algún rincón de mi conciencia.

    Quizás por eso me conmueve tanto la estética veneciana: porque el Carnaval nunca fue solamente una fiesta. Fue también una manera elegante de esconder heridas. Las máscaras no siempre ocultan; a veces permiten revelar lo que el rostro cotidiano no se atreve a mostrar. Hay personas que únicamente logran decir la verdad cuando nadie puede reconocerlas.

    Y entonces me pregunto cuántas máscaras sigo usando todavía.

    La del hombre que aparenta entenderlo todo.
    La del que sonríe aun cuando está cansado.
    La del que parece fuerte porque aprendió demasiado temprano que mostrarse vulnerable podía costarle caro.

    Con los años descubrí algo extraño: la espiritualidad no consiste en volverse puro, sino en volverse honesto. Hay demasiada gente intentando parecer iluminada mientras huye desesperadamente de sí misma. Pero el alma no se abre con perfección; se abre con sinceridad.

    Tal vez por eso admiro tanto la curiosidad. Porque la curiosidad es una forma de humildad espiritual. Quien cree saberlo todo deja de buscar. En cambio, quien sigue haciéndose preguntas mantiene viva la llama interior. Recuerdo aquel diálogo de Haruki Murakami sobre la valentía y la curiosidad, y entiendo que ambas nacen del mismo impulso: atreverse a cruzar una puerta sin garantías.

    Ser curioso es aceptar que el misterio existe.

    Y el misterio no está solamente en los grandes temas del universo. Está en cosas mínimas. En la nostalgia que aparece al escuchar cierta melodía. En el extraño escalofrío que producen algunas calles vacías al anochecer. En las coincidencias que parecen demasiado precisas para ser casualidad. En la sensación inexplicable de haber vivido antes ciertos instantes.

    Hay encuentros humanos que tienen algo de reencuentro antiguo.

    No sé si el destino existe como una estructura fija. Pero sí creo que ciertas almas se reconocen antes de comprenderse. Como si compartieran un idioma olvidado que reaparece por momentos entre silencios y miradas.

    A veces siento que vivimos demasiado distraídos para percibir la profundidad de las cosas. Todo corre. Todo exige resultados inmediatos. Todo parece medirse en productividad. Sin embargo, el espíritu tiene otro ritmo. El alma no florece bajo presión. Necesita contemplación. Lentitud. Espacios vacíos.

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  3. Por eso me impacta tanto aquella frase de Isabel Allende: “No tengo que demostrar nada, no ando corriendo, cada día es un regalo y lo aprovecho a fondo.”

    Qué difícil resulta vivir así.

    Sin competir.
    Sin compararse.
    Sin convertir la existencia en una carrera absurda hacia ninguna parte.

    La verdadera libertad quizá consista en dejar de perseguir versiones idealizadas de uno mismo. Hay un momento en que el alma se cansa de actuar. Y entonces empieza a buscar verdad en vez de aplausos.

    Pienso mucho en eso últimamente.

    En cuánto tiempo desperdiciamos intentando encajar en relatos ajenos. Como actores interpretando personajes escritos por otros. La sociedad tiene un catálogo infinito de máscaras disponibles: éxito, dureza, belleza, inteligencia, superioridad moral. Pero pocas personas se preguntan quiénes serían sin todas esas capas.

    Venecia siempre me pareció una metáfora perfecta del espíritu humano: hermosa, decadente, vulnerable y flotando permanentemente sobre el agua. Una ciudad construida sobre algo inestable, igual que nosotros. Porque también nuestras certezas descansan sobre profundidades inciertas.

    Y aun así seguimos construyendo.

    Seguimos amando.
    Seguimos soñando.
    Seguimos encendiendo pequeñas luces en medio de la oscuridad.

    Eso tiene algo profundamente sagrado.

    Hay noches en las que siento que la vida entera es una especie de concierto barroco interpretado por músicos invisibles. Algunas personas entran como violines intensos. Otras como pianos melancólicos. Algunas apenas rozan nuestra existencia como una nota breve. Pero todas alteran la composición.

    Nada pasa intacto a través de nosotros.

    Ni siquiera el dolor.

    De hecho, sospecho que ciertas heridas terminan convirtiéndose en portales. El sufrimiento, cuando no destruye, profundiza. Nos obliga a abandonar superficialidades. Nos enseña a escuchar de otra manera. Después de ciertas pérdidas, uno ya no vuelve a mirar el tiempo igual.

    Comprende que todo es transitorio.

    Y lejos de volver la vida triste, eso la vuelve preciosa.

    Porque si todo fuera eterno, nada tendría valor.

    Tal vez por eso el Carnaval termina.
    Tal vez por eso las máscaras caen.
    Tal vez por eso la música se desvanece.

    Para recordarnos que la belleza existe precisamente porque no puede retenerse.

    Hay algo casi místico en aceptar eso sin amargura. Aprender a amar sin poseer. A contemplar sin controlar. A vivir sin exigir permanencias imposibles.

    Quizás el verdadero mago de Venecia no sea un hombre oculto entre canales antiguos, sino esa parte secreta de nosotros mismos que todavía cree en la capacidad de transformarse.

    Porque todos llevamos dentro un alquimista silencioso intentando convertir experiencias en conciencia.

    Y quizá despertar consista únicamente en eso: dejar de huir de quienes somos y comenzar, por fin, a escuchar la música interior que siempre estuvo sonando detrás del ruido del mundo.

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