La música de "Silent Portraits" fue creada para acompañar un proyecto del célebre fotógrafo italiano Gian Paolo Barbieri. Se trata de una serie de retratos en blanco y negro que capturan la esencia de los habitantes de las Seychelles, un idílico archipiélago de 115 islas ubicado en el Océano Índico, a mil millas de la costa oriental africana. La obra musical se compone de dos piezas complementarias: por un lado, una composición de calma reflexiva e íntima; por el otro, un pulso constante envuelto en esos maravillosos sonidos ambientales característicos de Vangelis, que evocan inequívocamente su legendario trabajo de los años 80. Concebida como una experiencia sensorial completa, la música fue diseñada para ser escuchada mientras se contemplan las evocadoras imágenes.
Vangelis - Silent Portraits (1984)
01. Movement 1
02. Movement 2
Duración total: 20:11 min.
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Y en viaje restrospectivo del blog nos trajo a las Islas Seychelles, en el océano Indico, junto a este navegante músico y soñador Vangelis. Una pieza de colección que, por supuesto, no podía faltar en MusiK EnigmatiK. Una delicia escucharla.
ResponderEliminar“Vive tu vida de modo que siempre que pierdas, sigas adelante.”
Will Rogers
🖼️ La luz que abandona un rostro
ResponderEliminarEsta mañana en Aluminé el invierno todavía no ha llegado, pero el otoño ya parece haber comprendido que su tiempo se acerca al final. La luz del sol cae oblicua sobre los cerros, iluminando algunos rincones mientras otros permanecen sumergidos en sombras suaves y silenciosas. El río continúa su viaje hacia destinos que desconozco, indiferente a mis preguntas, fiel únicamente a su naturaleza.
Mientras observo el paisaje, pienso en todas las cosas que alguna vez creí permanentes.
Personas.
Momentos.
Sueños.
Versiones de mí mismo.
Durante mucho tiempo imaginé que la vida consistía en aprender a conservar.
Conservar afectos.
Conservar certezas.
Conservar alegrías.
Conservar aquello que el corazón consideraba valioso.
Sin embargo, los años me han enseñado otra lección.
Nada permanece exactamente igual.
Ni siquiera las montañas.
Las nieves cambian.
Los bosques se transforman.
Los ríos modifican lentamente sus cauces.
Y nosotros también.
Quizás por eso las pérdidas duelen.
Porque nos recuerdan una verdad que preferiríamos olvidar.
Todo lo que amamos pertenece al movimiento.
Todo lo que existe participa del viaje.
Hoy, mientras contemplaba cómo la luz abandonaba lentamente una ladera para iluminar otra, comprendí algo que hasta ahora sólo había intuido.
La luz nunca desaparece.
Simplemente cambia de lugar.
Entonces pensé que tal vez las pérdidas funcionan de una manera semejante.
Aquello que creemos perdido no siempre deja de existir.
A veces sólo abandona la forma bajo la cual habíamos aprendido a reconocerlo.
Una amistad puede transformarse en recuerdo.
Un sueño puede transformarse en aprendizaje.
Una ausencia puede transformarse en una nueva sensibilidad.
Incluso una herida puede transformarse en sabiduría.
Sin embargo, cuando algo se aleja, solemos quedarnos mirando el espacio vacío.
Como quien permanece durante horas observando un marco sin advertir que la luz ya está revelando otro paisaje.
Y quizás allí reside uno de los grandes misterios de la existencia.
No en aquello que perdemos.
Sino en aquello que dejamos de ver mientras lamentamos la pérdida.
Pienso en una antigua galería imaginaria.
Una galería interior.
Sus paredes están cubiertas por innumerables retratos.
Algunos representan momentos felices.
Otros guardan despedidas.
Algunos contienen rostros que todavía recuerdo con claridad.
Otros apenas conservan una sombra.
Pero todos forman parte de la misma exposición.
La exposición de una vida.
Y comprendo que el error no consiste en conservar esas imágenes.
El error consiste en creer que la galería ya está completa.
Porque mientras respiramos, nuevas imágenes continúan llegando.
Nuevos paisajes.
Nuevos encuentros.
Nuevas preguntas.
Nuevas formas de comprender el mundo.
Quizás por eso la existencia posee algo de fotógrafo y algo de viajero.
Fotografía instantes.
Pero nunca permanece demasiado tiempo en el mismo lugar.
Sigue avanzando.
Siempre avanzando.
El río parece comprenderlo mejor que nosotros.
Jamás intenta regresar al agua que ya dejó atrás.
Jamás se aferra a una curva determinada de su recorrido.
Jamás se detiene para lamentar el paisaje que acaba de abandonar.
Simplemente continúa.
No porque carezca de memoria.
Sino porque comprende que su naturaleza consiste en fluir.
Y entonces me pregunto:
¿Qué ocurriría si aprendiéramos a vivir de la misma manera?
No negando nuestras pérdidas.
No ignorando nuestras nostalgias.
Sino permitiendo que ellas nos enseñen a mirar de otro modo.
Quizás descubriríamos que cada despedida contiene una invitación.
Que cada final es también una puerta.
Que cada ausencia modifica nuestra mirada para que podamos percibir algo que antes permanecía oculto.
Mientras el día avanza sobre Aluminé, las sombras se desplazan lentamente sobre el valle.
Algunos rincones quedan en penumbra.
Otros comienzan a resplandecer.
Y en ese simple movimiento encuentro una enseñanza silenciosa.
La vida no me pide que retenga la luz.
Me pide que aprenda a seguirla.
Porque la luz siempre continúa su viaje.
ResponderEliminarY el espíritu también.
Por eso hoy elijo contemplar con gratitud los retratos que habitan mi galería interior.
Los que permanecen.
Los que se han desvanecido.
Los que todavía no comprendo.
Y también aquellos que aún no han llegado.
Porque empiezo a sospechar que el verdadero arte de vivir no consiste en evitar las pérdidas.
Consiste en desarrollar una mirada lo suficientemente profunda para descubrir que, detrás de cada ausencia, una nueva visión está esperando nacer.
Y quizás sea entonces cuando comprendemos que nada esencial se ha perdido realmente.
La luz sólo ha cambiado de rostro.
Y el viaje continúa.