La banda sonora original de esta gran película japonesa "Antarctica", dirigida por Koreyoshi Kurahara, fue lanzada en todo el mundo en el años 1983. La película "Antarctica" se basa en una historia real y fue un gran éxito en Japón en ese tiempo. La línea de la historia es fácil de seguir ya que trata de impresiones de la Antártida y la vida silvestre de este helado continente. La historia real se desarrolla con un equipo de exploradores árticos japoneses que se ve obligado a abandonar el campo debido a circunstancias climáticas extremas. Un par de piezas cortas ambientales se introducen aquí como períodos de descanso como una hermosa puesta de sol, que es acompañada por canciones como la música de "Deliverance (Liberación)".
Vangelis - Antarctica [Original Motion Picture Soundtrack] (1983)
01. Theme From Antarctica
02. Antarctica Echoes
03. Kinematic
04. Song Of White
05. Life Of Antarctica
06. Memory Of Antarctica
07. Other Side Of Antarctica
08. Deliverance
Duración total: 45:32 min.

Wowww!!! Si, Wowww!!! Uno de los mejores temas musicales de este genio de la música: Vangelis. Hacía mucho tiempo que lo quería compartir ya que me trae muchos recuerdos. A disfrutarlo!
ResponderEliminar“Produce una enorme alegría ver que se puede avanzar si uno se lo propone de verdad.”
Enrique Rojas, psiquiatra español
🌌 El eco del avance interior: cuando el alma decide caminar
ResponderEliminarHay momentos en los que la vida parece detenerse justo delante de nosotros, como si el tiempo se sentara en silencio a observar qué hacemos con lo que somos. Y sin embargo, en ese aparente inmovilismo, algo invisible continúa su labor: una pequeña chispa interna que insiste, que no se rinde, que susurra sin palabras que todavía es posible avanzar.
“Produce una enorme alegría ver que se puede avanzar si uno se lo propone de verdad”, decía Enrique Rojas. Y en esa frase hay algo que no pertenece únicamente al pensamiento racional, sino a una verdad más profunda, casi secreta, que se revela cuando dejamos de luchar contra nosotros mismos y comenzamos, simplemente, a escucharnos.
Porque avanzar no siempre es correr. A veces es quedarse quieto el tiempo suficiente como para entender por qué uno ha estado detenido. Otras veces es dar un paso pequeño, tan mínimo que casi parece insignificante, pero que en realidad rompe una inercia antigua, como una piedra que finalmente se desprende de una cima después de haber resistido siglos de viento.
En el lenguaje del espíritu, el avance no es lineal. Es un tejido de intuiciones, dudas, retrocesos aparentes y silencios necesarios. Es un mapa sin fronteras visibles donde cada experiencia, incluso la que consideramos fracaso, está dibujando una dirección más profunda.
Hay algo en la voluntad auténtica que transforma la materia misma de los días. Cuando uno se propone de verdad algo —no desde la exigencia rígida, sino desde una convicción serena— el mundo comienza a responder de maneras misteriosas. No porque el universo se adapte mágicamente a nuestros deseos, sino porque nuestra percepción se afina, y empezamos a notar oportunidades donde antes solo veíamos muros.
Quizás la alegría de la que habla Rojas no sea la del resultado alcanzado, sino la del descubrimiento: la certeza íntima de que no estamos condenados a repetirnos. De que el destino no es una jaula cerrada, sino un territorio en construcción constante.
Y entonces aparece una pregunta silenciosa: ¿qué parte de mí todavía cree que no puede avanzar?
A veces no es la falta de capacidad lo que nos detiene, sino una narrativa antigua que se repite en la mente como un eco: “no puedo”, “no es para mí”, “ya es tarde”. Pero el espíritu no entiende de edades ni de límites fijos. El espíritu entiende de movimiento, de transformación, de respiración interna.
Avanzar, en este sentido, es un acto de reconciliación. Con lo que fuimos. Con lo que no salió como esperábamos. Con lo que aún no somos capaces de comprender del todo. Es aceptar que la vida no exige perfección, sino presencia.
En este viaje con el espíritu que nos transporta a lugares insospechados más allá del crepúsculo, uno descubre que incluso el crepúsculo no es final, sino umbral. Un espacio intermedio donde la luz no desaparece, sino que cambia de forma. Allí, en esa frontera suave entre lo que termina y lo que comienza, es donde el alma aprende a moverse sin miedo.
Hay quienes creen que avanzar es conquistar el futuro. Pero quizá avanzar sea, en realidad, recuperar el contacto con una verdad simple: que cada día contiene una posibilidad intacta, esperando ser reconocida.
Y cuando uno se lo propone de verdad, no como un mandato externo sino como una decisión interna, algo se reorganiza. No necesariamente el mundo exterior cambia de inmediato, pero sí cambia la manera en que lo habitamos. Y ese cambio, aunque invisible, es el verdadero inicio de todo.
Porque lo esencial nunca ocurre con ruido. Lo esencial ocurre como ocurre la aurora: sin pedir permiso, sin anunciarse, expandiéndose lentamente hasta que ya no hay oscuridad que pueda sostenerse.
Quizás por eso la alegría de avanzar tiene algo de revelación. No es euforia, es claridad. No es impulso, es dirección. No es escape, es encuentro.
Y en ese encuentro con uno mismo, en ese instante en que dejamos de resistirnos a lo que la vida nos pide transformar, descubrimos algo que siempre estuvo allí: la posibilidad real de comenzar otra vez, tantas veces como sea necesario.
ResponderEliminarPorque mientras haya conciencia, siempre habrá un paso posible. Y mientras haya un paso posible, el camino nunca se cierra del todo.
Tal vez ese sea el misterio más profundo: que no estamos atrapados en lo que somos, sino en lo que creemos que somos. Y cuando esa creencia se suaviza, aunque sea un poco, el horizonte vuelve a abrirse.
Entonces sí: aparece la enorme alegría de avanzar. No como destino final, sino como evidencia viva de que el espíritu, cuando es escuchado, siempre encuentra la manera de seguir caminando.