Yakuro continúa presentando su nuevo álbum "Voices Of Infinity", una obra llena de experiencias melódicas, románticas e inolvidables que envuelven al oyente en un viaje emocional. Este segundo CD incluye cautivadores temas instrumentales dentro del estilo New Age electrónico, donde cada composición refleja años de dedicación, inspiración y amor por la música. Yakuro retoma el camino iniciado en 2014 con su primer single, cuyas versiones remixadas resistieron el paso del tiempo y conquistaron corazones en todo el mundo. En este álbum, la diversidad de estilos y estados de ánimo nos permite encontrar melodías que resuenan con nuestra esencia. Yakuro nos invita a disfrutar una escucha plena, llena de energía positiva, iniciando juntos un Nuevo Ciclo musical.
Yakuro - Voices Of Infinity (CD 2) (2015)
01. New Cycle
02. Endless Sadness
03. Heavenly Tramp. (feat. Strannik) (2015 Stannik edit)
04. Lost In Space
05. O2 Worlds (Bonus)
06. River Of Fire (Bonus)
07. Positive World (Bonus)
08. Illusion Flight (Bonus)
09. Trance Affair (Bonus)
10. Нічь Яка Місячна (Maxi Edit) (Bonus)
Duración total: 61:57 min.

Es difícil que no sientas tristeza e impotencia, impotencia ante el sufrimiento ajeno, ante la maldad, ante las tragedias y las injusticias de este Mundo.
ResponderEliminarMuchas veces la impotencia de sentir que no podemos hacer nada nos acerca a la indiferencia, y la indiferencia nos vuelve ciegos para protegernos del dolor.
No queremos ver lo que vemos, No podemos creer lo que vemos.
Es bueno apostar por la solidaridad, por los valores que nos impulsan a ayudar a quien lo necesita, no para sentir pena, sentir pena, así, no sirve.
Sirve hacer lo posible o lo imposible.
Sirve hacer lo que está a nuestro alcance.
Sirve tomar conciencia para entender que ante esta verdad, vamos todos a la deriva sobre un océano de desamor y egoísmo sin la posibilidad de llegar jamas a ningún lado.
🌫️ Cuando el corazón decide no volverse piedra
ResponderEliminarLa mañana se abre lentamente en Aluminé.
El frío todavía se aferra a la tierra como si la noche no quisiera irse del todo, y el sol aparece con una timidez casi sagrada detrás de las montañas. En esta parte de la Patagonia, los amaneceres tienen algo de revelación silenciosa: no hacen ruido, pero dicen mucho.
Tal vez por eso, cuando uno contempla este paisaje inmenso, resulta imposible no pensar en el otro extremo del mundo.
Allá, en Medio Oriente, la tierra vuelve a estremecerse bajo el peso de la guerra. Nombres antiguos, pueblos cansados, historias que parecen repetirse como si la humanidad aún no hubiera aprendido a despertar de ciertos sueños oscuros. Y entonces aparece esa sensación incómoda que tantas veces nos visita cuando miramos el sufrimiento ajeno desde la distancia.
Tristeza…
e impotencia.
Impotencia frente al dolor de otros.
Impotencia frente a la maldad que a veces parece abrirse paso con demasiada facilidad en el corazón humano.
Impotencia ante tragedias e injusticias que nos recuerdan lo frágil que es todo.
Y quizá lo más peligroso no sea esa impotencia.
Lo más peligroso es lo que viene después.
Porque cuando sentimos que no podemos hacer nada, una parte de nosotros empieza a buscar refugio en la indiferencia. Es una defensa silenciosa del alma. Una forma de protegernos del dolor que no sabemos cómo transformar.
Entonces dejamos de mirar.
No queremos ver lo que vemos.
No podemos creer lo que vemos.
Y poco a poco el corazón comienza a endurecerse, como una piedra que se acostumbra a la intemperie.
Pero esta mañana, mientras el sol termina de iluminar los bosques alrededor del río Aluminé, pienso que tal vez la verdadera batalla del espíritu humano no se libra en los campos de guerra, ni en los discursos de poder.
Se libra dentro de cada uno de nosotros.
En esa decisión íntima de no volvernos indiferentes.
Porque sentir pena no cambia el mundo. La pena, por sí sola, es apenas una emoción pasajera. Lo que realmente transforma algo —aunque sea en una pequeña escala invisible— es la solidaridad que nace cuando decidimos no apartar la mirada.
Hacer lo posible.
A veces incluso intentar lo imposible.
Pero sobre todo hacer lo que está a nuestro alcance.
Puede parecer poco. Un gesto, una ayuda, una palabra, una conciencia despierta. Sin embargo, quizás el mundo se sostiene precisamente sobre esas pequeñas resistencias silenciosas contra el egoísmo.
Porque cuando dejamos de actuar, cuando dejamos que la indiferencia nos cubra como una niebla espesa, entonces sí comenzamos a navegar sin rumbo.
Un océano de desamor y egoísmo.
Y en ese océano ningún pueblo llega a buen puerto.
Ninguna humanidad encuentra sentido.
El viento frío vuelve a cruzar el valle. La luz del sol ya toca las cumbres más altas y todo parece recordar una verdad simple que la naturaleza repite cada día: incluso después de la noche más larga, la luz siempre insiste.
Tal vez la esperanza no consista en creer que podemos salvar el mundo entero.
Tal vez consista, simplemente, en no permitir que el mundo apague nuestra capacidad de sentir… y de actuar.
Porque mientras exista un corazón que se niegue a volverse piedra, todavía habrá una posibilidad.
Y quizás, en medio de tanta oscuridad, esa pequeña decisión sea una de las formas más profundas de luz que aún le quedan a la humanidad.