2OO2 - The Wishing Well (2026)

"The Wishing Well" es el nuevo álbum y profundamente meditativo del aclamado dúo 2OO2. Este disco fluye como un viaje emocional y sonoro: etéreo, íntimo y cargado de simbolismo, donde cada pista —desde la apertura con “Overture: The Restless Heart” hasta el cierre con “Savitri’s Dream”— se siente como un deseo lanzado a un pozo de aguas quietas, produciendo ondas de esperanza y calma interior. Con su característica fusión de arpa, flauta, guitarra, teclados y voces luminosas, "The Wishing Well" rebosa serenidad y contemplación, invitando al oyente a la reflexión, al descanso profundo y a la conexión con tradiciones y mitos ancestrales. Un trabajo evocador que reafirma la maestría de 2OO2 en transformar la música en espacio para la paz interior.

Comentarios

  1. 🌊 El pozo, la risa y la música invisible

    Veranear en Aguas Verdes es aprender a escuchar. No sólo el mar —que aquí no ruge, sino que murmura—, sino aquello que se mueve detrás de lo visible. Cada mañana, cuando la bruma aún duda entre quedarse o partir, la playa parece un cuenco antiguo dispuesto a recibir deseos. Quizá por eso, al escuchar The Wishing Well del dúo 2002 en este paisaje, la frase de Oscar Wilde resuena como una verdad sencilla y honda: “La mejor forma de hacer buenos a los niños es haciéndolos felices.”

    La felicidad, vista desde aquí, no es un logro ni una meta. Es un estado natural que aparece cuando dejamos de interferir. Los niños lo saben: corren hacia el agua sin preguntarse por el mañana, recogen caracoles como si fueran tesoros sagrados y ríen con una sabiduría anterior a las palabras. No buscan ser buenos; simplemente son. Y en ese ser pleno, algo en el mundo se ordena.

    La música de 2002 no enseña, no corrige, no exige. Hace lo mismo que el mar en Aguas Verdes: acompaña. Se desliza como una marea suave que no empuja, pero tampoco se retira. Escuchar The Wishing Well es sentarse al borde de un pozo interior y comprender que los deseos no se gritan; se confían. Cada melodía parece formulada desde ese lugar donde el niño interior aún está despierto, intacto, sin cinismo.

    Wilde hablaba de niños, pero quizá también hablaba de nosotros cuando aún no habíamos endurecido el corazón. Hacer felices a los niños no es entretenerlos, sino permitirles habitar un mundo donde la belleza no sea una excepción. La música —cuando es verdadera— cumple esa función invisible: crea un espacio seguro donde el alma puede jugar sin miedo. En ese sentido, The Wishing Well no es sólo un álbum; es un refugio.

    Aquí, en la costa, el tiempo se vuelve circular. El día empieza y termina con el mismo sonido de olas, como si todo fuera una sola respiración prolongada. Algo similar ocurre con este disco: no hay principio ni final estrictos, sino un fluir continuo que invita a la contemplación. Es música que no empuja hacia adelante, sino que nos devuelve a casa. Y casa, a veces, es ese instante en que fuimos felices sin saberlo.

    La bondad auténtica no nace del deber, sino de la plenitud. Un niño feliz no necesita demostrar nada; su sola presencia suaviza el entorno. Del mismo modo, una música nacida desde la paz no busca convencer, sólo resonar. En tiempos donde todo parece pedir atención inmediata, detenerse a escuchar algo así es un acto casi revolucionario. O, mejor dicho, infantil en el mejor sentido: inocente, curioso, abierto.

    En Aguas Verdes, al atardecer, he visto a niños cavar pozos en la arena. No buscan agua; buscan la experiencia de cavar. Sin saberlo, recrean el gesto ancestral de lanzar un deseo a lo profundo. The Wishing Well parece surgir de ese mismo gesto: una ofrenda lanzada a lo invisible, sin garantías, sin expectativas, sólo con confianza.

    Quizá hacer bueno al mundo no sea corregirlo, sino devolverle la capacidad de asombro. Quizá la música, como la infancia, no esté para explicarnos la vida, sino para recordarnos que alguna vez fuimos felices sin razones. Y que todavía podemos serlo.

    Desde este rincón de la costa bonaerense, entre pinos, arena y sal, la música del dúo 2002 se escucha como una verdad antigua que no necesita palabras. Un susurro que dice: cuida la alegría, porque en ella habita todo lo que aún puede ser salvado.

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