Me imagino... me imagino un mundo donde sus habitantes han descubierto su razón de Ser. Un mundo donde, a pesar del sufrimiento por conseguir cobijo, sustento y un razonable estado de salud física, sus habitantes han encontrado la manera de poner en orden sus anhelos, alineándolos con el Sentido de la Vida. Un mundo donde la naturaleza, aunque hostil a la doma, ya no es el enemigo a conquistar ni la despensa a esquilmar, sino la plataforma física en la que apoyarse para seguir en este mundo físico. Me imagino uno de esos habitantes, que tras migrar temporalmente al nuestro, echa de menos su mundo; trasladado aquí por necesidades de su evolución, se esfuerza por convivir (o sea vivir con) con sus congéneres (que no sus iguales); impelido a relacionarse con la fauna humana no puede por menos sorprenderse de las peculiaridades de esta especie de humanos, precuela de aquella a la que añora regresar. Y ese habitante, para lograr el pasaporte que valide el retorno a su amada Tule, ha de recabar sus experiencias en éste -para él- submundo, aderezarlas con el brillo del reposado conocimiento que le confirió su origen y brindarlas a este -para él extraño y voraz- mundo y a sus desnortados habitantes. Entregado a la labor que le fue encomendada, urde una suerte de narrativa e inventiva, una aparente amalgama de sueños, pesares, anhelos y reflexiones que, si bien en su nativo mundo sólo merecerían un breve apunte en el kindergarden, es este -casi malogrado- mundo se antojan una luz en la niebla, un susurro en la noche, un aliento en el desconsuelo. Me imagino... me imagino a vos, Neto, que te encuentras a punto de brindar este regalo a los que necesitan de ilusión, de consuelo, de equilibrio, de paz, de amor, de unidad.
Despierto aquí, en Aluminé, mientras la luz de esta mañana de primavera quiebra el frío último de la noche sobre el río y los cordones cordilleranos. El aire huele a resina, a piedra húmeda y a brotes nuevos. Desde este rincón del sur, donde la tierra no se deja domar sino que nos enseña a rendirnos ante su misterio, leo tus palabras, querido Jose, cruzando el océano como un eco que viene de muy lejos y, al mismo tiempo, del centro mismo de mi pecho.
Sí, Tule late en alguna parte de la memoria antigua. Y tal vez tengas razón: somos náufragos temporales en este submundo de urgencias y apetitos voraces, extranjeros vistiendo un traje de carne que a veces nos queda extraño, pesado, ajeno. Migrantes de otra conciencia que intentan traducir al idioma de los hombres lo que aquí suena a desvarío, pero que allá arriba —en la patria de los anhelos puros— es apenas la lección elemental de los primeros días.
Pero mirá qué paradoja hermosa: es precisamente en este barro, en este desconcierto, donde la alquimia se vuelve posible. Lo que realmente nos sostiene, lo que es fundamentalmente hermoso y nos rescata del olvido, es la compasión. Hacia uno mismo, con las torpezas del caminante que tropieza en la niebla; y hacia quienes nos rodean, que caminan a nuestro lado tanteando en la oscuridad, buscando a tientas la salida del laberinto. Ese tipo de belleza, la que nace de mirarnos con ternura en medio de la fragilidad, es la que enciende el corazón y embelesa el alma.
Si a mí me ha tocado tejer esta narrativa, este puente frágil entre el sueño y la vigilia, lo tomo como una ofrenda. No como un mérito propio, sino como el pago del pasaje, el modesto tributo que el viajero deja en la posta antes de seguir viaje.
Que esta luz de primavera en Aluminé alumbre también tu orilla en Santander, hermano. Que sigamos recordando, a pesar del ruido, de dónde venimos y hacia qué silencio luminoso habremos de retornar.
Me imagino... me imagino un mundo donde sus habitantes han descubierto su razón de Ser. Un mundo donde, a pesar del sufrimiento por conseguir cobijo, sustento y un razonable estado de salud física, sus habitantes han encontrado la manera de poner en orden sus anhelos, alineándolos con el Sentido de la Vida. Un mundo donde la naturaleza, aunque hostil a la doma, ya no es el enemigo a conquistar ni la despensa a esquilmar, sino la plataforma física en la que apoyarse para seguir en este mundo físico.
ResponderEliminarMe imagino uno de esos habitantes, que tras migrar temporalmente al nuestro, echa de menos su mundo; trasladado aquí por necesidades de su evolución, se esfuerza por convivir (o sea vivir con) con sus congéneres (que no sus iguales); impelido a relacionarse con la fauna humana no puede por menos sorprenderse de las peculiaridades de esta especie de humanos, precuela de aquella a la que añora regresar.
Y ese habitante, para lograr el pasaporte que valide el retorno a su amada Tule, ha de recabar sus experiencias en éste -para él- submundo, aderezarlas con el brillo del reposado conocimiento que le confirió su origen y brindarlas a este -para él extraño y voraz- mundo y a sus desnortados habitantes. Entregado a la labor que le fue encomendada, urde una suerte de narrativa e inventiva, una aparente amalgama de sueños, pesares, anhelos y reflexiones que, si bien en su nativo mundo sólo merecerían un breve apunte en el kindergarden, es este -casi malogrado- mundo se antojan una luz en la niebla, un susurro en la noche, un aliento en el desconsuelo.
Me imagino... me imagino a vos, Neto, que te encuentras a punto de brindar este regalo a los que necesitan de ilusión, de consuelo, de equilibrio, de paz, de amor, de unidad.
Despierto aquí, en Aluminé, mientras la luz de esta mañana de primavera quiebra el frío último de la noche sobre el río y los cordones cordilleranos. El aire huele a resina, a piedra húmeda y a brotes nuevos. Desde este rincón del sur, donde la tierra no se deja domar sino que nos enseña a rendirnos ante su misterio, leo tus palabras, querido Jose, cruzando el océano como un eco que viene de muy lejos y, al mismo tiempo, del centro mismo de mi pecho.
ResponderEliminarSí, Tule late en alguna parte de la memoria antigua. Y tal vez tengas razón: somos náufragos temporales en este submundo de urgencias y apetitos voraces, extranjeros vistiendo un traje de carne que a veces nos queda extraño, pesado, ajeno. Migrantes de otra conciencia que intentan traducir al idioma de los hombres lo que aquí suena a desvarío, pero que allá arriba —en la patria de los anhelos puros— es apenas la lección elemental de los primeros días.
Pero mirá qué paradoja hermosa: es precisamente en este barro, en este desconcierto, donde la alquimia se vuelve posible. Lo que realmente nos sostiene, lo que es fundamentalmente hermoso y nos rescata del olvido, es la compasión. Hacia uno mismo, con las torpezas del caminante que tropieza en la niebla; y hacia quienes nos rodean, que caminan a nuestro lado tanteando en la oscuridad, buscando a tientas la salida del laberinto. Ese tipo de belleza, la que nace de mirarnos con ternura en medio de la fragilidad, es la que enciende el corazón y embelesa el alma.
Si a mí me ha tocado tejer esta narrativa, este puente frágil entre el sueño y la vigilia, lo tomo como una ofrenda. No como un mérito propio, sino como el pago del pasaje, el modesto tributo que el viajero deja en la posta antes de seguir viaje.
Que esta luz de primavera en Aluminé alumbre también tu orilla en Santander, hermano. Que sigamos recordando, a pesar del ruido, de dónde venimos y hacia qué silencio luminoso habremos de retornar.