Con "Era VIII", el emblemático proyecto de Eric Levi regresa con fuerza al panorama de la música alternativa e independiente, revitalizando su distintiva fusión de texturas épicas, cantos corales y arreglos contemporáneos. Esta producción destaca por sencillos magnéticos como The Fallen King y la emotiva reinterpretación de Everything's Gonna Be Alright, piezas que demuestran una notable madurez compositiva y una vigorosa potencia musical. El álbum envuelve al oyente en una atmósfera mística y cinemática que transporta a paisajes sonoros ancestrales pero modernizados. Es una propuesta fascinante que consolida el legado de la agrupación, ideal tanto para seguidores históricos como para quienes buscan un viaje auditivo profundamente espiritual.
Era - Era VIII (2026)
01. The Fallen King
02. Everything's Gonna Be Alright
03. Will You Call My Name
04. Not You Again
05. Not This Time
06. Sempire Deo
07. Will You Call My Name (Remix)
08. Time for the Braves (Acoustic)
09. Time for the Braves
10. Freedom
Duración total: 37:06 min.
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🌫️ El talismán de la niebla y la voz de Hipona más allá del crepúsculo
ResponderEliminarEl domingo se había vestido de gris.
En Aluminé, el otoño avanzaba con paso silencioso entre las montañas, cubriendo los bosques con una melancolía dorada y apagada. El viento descendía desde las alturas cargando aromas de leña húmeda y tierra dormida. El cielo parecía una inmensa bóveda de ceniza suspendida sobre el paisaje, mientras las aguas frías del río reflejaban una luz tenue, casi espectral.
Aquella tarde permanecí largo rato contemplando el horizonte desde la ventana.
Había algo extraño en la quietud.
No era tristeza.
No era nostalgia.
Era una sensación más antigua.
Como si el mundo estuviera aguardando.
Sobre la mesa descansaba un pequeño colgante heredado de mi abuelo: una piedra verde pulida por los años, encontrada alguna vez en las cercanías de los lagos cordilleranos. Siempre había sentido una atracción inexplicable hacia ella.
La tomé entre mis manos.
Estaba tibia.
Demasiado tibia para una tarde tan fría.
Entonces recordé una frase de Agustín de Hipona:
"En lo opinable, libertad; en lo necesario, unidad; en todo, caridad."
La repetí en silencio.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
Y fue entonces cuando ocurrió.
La piedra comenzó a emitir una luz tenue.
No una luz física.
Era algo diferente.
Una vibración.
Una resonancia.
Como si despertara una memoria escondida en el tejido del tiempo.
La habitación desapareció.
El viento dejó de escucharse.
El otoño quedó atrás.
Y ante mí se abrió un inmenso portal formado por círculos concéntricos de energía dorada y azul.
Atravesé aquella abertura sin temor.
Al otro lado me esperaba otro mundo.
Otro siglo.
Otra orilla del mismo misterio.
Aparecí frente al mar.
El aire era cálido.
El sol descendía lentamente hacia el horizonte africano.
Palmeras.
Mercados.
Barcos mercantes.
Voces en latín, bereber y griego mezclándose en las calles.
Había llegado a Hipona.
La antigua ciudad donde Agustín vivió gran parte de su existencia.
Las murallas se teñían de naranja bajo el crepúsculo.
Los comerciantes cerraban sus puestos.
Las mujeres regresaban a sus hogares transportando vasijas de barro.
Los pescadores remendaban redes junto a la costa.
Todo parecía suspendido entre dos tiempos.
Como si la eternidad hubiera encontrado allí una puerta secreta.
Caminé entre las calles empedradas.
Y entonces lo vi.
Sentado cerca del atrio de la basílica.
Vestido con sencillez.
Observando el mar.
Agustín.
No el santo de los vitrales.
No el pensador de los libros.
Sino el hombre.
El peregrino.
El buscador.
Me acerqué lentamente.
Y antes de que dijera una sola palabra, sonrió.
—Has venido desde muy lejos.
—Más lejos de lo que imaginas.
—No —respondió—. Todos los viajeros del espíritu recorren la misma distancia.
Me senté junto a él.
Durante unos instantes contemplamos las olas.
Luego hablé.
—Agustín, el mundo del que vengo está lleno de opiniones. Cada persona parece habitar una realidad distinta. Todos discuten. Todos creen poseer la verdad.
Él observó el horizonte.
—Eso también ocurría aquí.
—Pero ahora parece más intenso.
—Porque el ruido ha crecido. No porque haya aumentado la oscuridad.
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire.
Como campanas invisibles.
—¿Y cómo podemos vivir en medio de tantas diferencias?
Entonces pronunció lentamente la frase que había abierto mi viaje.
—En lo opinable, libertad; en lo necesario, unidad; en todo, caridad.
Guardó silencio.
Y añadió:
—La mayoría de los hombres invierte el orden.
—¿Cómo?
—Buscan imponer unidad donde debería existir libertad. Y olvidan la caridad precisamente donde más necesaria resulta.
Las olas golpearon suavemente la costa.
Un grupo de niños corría por la playa.
Los vendedores recogían sus mercancías.
La ciudad parecía escuchar.
—¿Y qué es lo necesario? —pregunté.
Agustín sonrió.
—Aquello que acerca al alma a la verdad, a la belleza y al amor.
—¿Y lo opinable?
—Todo aquello que alimenta el orgullo de tener razón.
La respuesta cayó sobre mí como una lluvia suave.
Entonces comprendí cuántas veces había confundido convicciones con ego.
ResponderEliminarCuántas veces había defendido ideas olvidando personas.
Cuántas veces había buscado vencer cuando el verdadero llamado era comprender.
La tarde avanzó.
Las sombras crecieron sobre Hipona.
Y de pronto escuché algo inesperado.
Un canto.
Lejano.
Profundo.
Misterioso.
No provenía de la ciudad.
Parecía llegar desde algún lugar entre el tiempo y el sueño.
Los ojos de Agustín brillaron.
—¿Escuchas?
Asentí.
Aquellas voces corales parecían atravesar siglos enteros.
Evocaban reyes olvidados.
Monasterios perdidos.
Desiertos iluminados por estrellas.
Bosques antiguos.
Catedrales invisibles.
Era como si la música hubiera encontrado un idioma capaz de unir todas las épocas.
Entonces reconocí aquella atmósfera.
Era semejante a la experiencia que transmite Era VIII.
Los cantos se elevaban con la misma fuerza espiritual.
Las texturas sonoras parecían surgir desde civilizaciones desaparecidas y, al mismo tiempo, desde un futuro aún no nacido.
Comprendí que algunas obras musicales son portales.
No simples canciones.
Portales.
Puentes tendidos entre dimensiones interiores.
The Fallen King resonaba como la caída de los antiguos orgullos humanos.
Mientras que Everything's Gonna Be Alright emergía como una promesa pronunciada desde el corazón mismo de la esperanza.
Agustín escuchaba en silencio.
Como si también percibiera aquella música imposible.
—La belleza siempre encuentra caminos para regresar —dijo.
—Incluso siglos después.
—Especialmente siglos después.
El viento marino comenzó a soplar.
Las primeras estrellas aparecieron.
Y entendí algo que jamás había considerado.
La espiritualidad no consiste únicamente en elevarse.
También consiste en escuchar.
Escuchar las huellas invisibles que Dios deja dispersas en la historia, en la música, en los paisajes y en los encuentros inesperados.
La noche descendió finalmente sobre Hipona.
Las antorchas se encendieron.
Los hogares comenzaron a iluminarse.
La ciudad parecía un cielo terrestre lleno de pequeñas constelaciones.
Entonces sentí nuevamente la vibración de la piedra verde.
El portal estaba regresando.
Mi tiempo me reclamaba.
Me puse de pie.
—Debo volver.
Agustín asintió.
—Nadie permanece para siempre en los mismos paisajes.
—¿Volveré a verte?
Sonrió.
—Cada vez que busques la verdad con humildad.
Guardé silencio.
—¿Y si vuelvo a perderme?
Entonces pronunció las últimas palabras.
—Ama primero. Comprenderás después.
La piedra brilló.
Las estrellas comenzaron a girar.
El mar desapareció.
Las murallas se disolvieron.
La antigua Hipona se convirtió en luz.
Y la luz se convirtió en viento.
Abrí los ojos.
Estaba nuevamente en Aluminé.
El otoño seguía allí.
La tarde gris continuaba cubriendo las montañas.
La piedra descansaba inmóvil sobre la mesa.
Pero algo había cambiado.
Dentro de mí.
Comprendí que los verdaderos portales nunca se abren en el espacio.
Se abren en la conciencia.
Y que las grandes almas de la historia continúan hablándonos cuando aprendemos a escuchar.
Mientras la noche comenzaba a envolver la cordillera, recordé una última vez las palabras de Agustín:
"En lo opinable, libertad; en lo necesario, unidad; en todo, caridad."
Y entonces entendí que aquel mensaje sigue siendo tan necesario hoy como en las calles de Hipona hace más de mil seiscientos años.
Porque más allá de los crepúsculos, de los siglos y de los caminos que recorremos, la verdadera luz continúa siendo la misma.
La luz del amor que une lo diverso sin destruirlo.
La luz que convierte cada viaje exterior en una peregrinación interior.
La luz que nos espera, paciente y eterna, al otro lado de todos los portales.