Kitaro - Silent Praying (Celestial Scenery Vol. 2) (2011)

El álbum "Celestial Scenery: Silent Praying (Volume 2)" de Kitaro es una obra que encapsula con elegancia la esencia contemplativa del new age, combinando paisajes sonoros etéreos con una sensibilidad profundamente espiritual. A lo largo del disco, el artista construye atmósferas envolventes mediante sintetizadores, instrumentos tradicionales como la flauta japonesa y delicados arreglos orquestales, generando una experiencia auditiva cercana a la meditación. La colaboración con otros músicos aporta matices adicionales sin romper la cohesión general. Las composiciones evocan imágenes naturales y cinematográficas, con un tono sereno y reflexivo que invita a la introspección. En conjunto, se trata de un trabajo equilibrado, ideal para quienes buscan música ambiental rica en emoción.

Kitaro - Silent Praying (Celestial Scenery Vol. 2) (2011)

01. Thinking of You
02. Koi
03. A Drop Of Silence
04. Nageki - Live
05. Peace - Yu-Xiao Guang
06. Tenku
07. Cosmic Love
08. Island of Life
09. Heaven and Earth

Duración total: 57:24 min. 

Comentarios

  1. 🍂 Donde el tiempo se disuelve en el Ser

    Esta mañana de otoño en Aluminé amaneció envuelta en un silencio distinto. No era la ausencia de sonido, sino una presencia sutil, como si el aire mismo respirara más lento, más profundo. Las hojas caídas, suspendidas entre el dorado y la despedida, parecían saber algo que nosotros hemos olvidado: que no hay prisa cuando se pertenece al instante.

    Caminé sin destino, o quizá con el único destino verdadero: habitar. Cada paso sobre la tierra húmeda resonaba como un eco antiguo, recordándome que el hacer, ese impulso constante que nos empuja hacia adelante, puede ser una forma de huida cuando no nace del Ser.

    Y entonces, como una revelación que no irrumpe sino que se desliza, comprendí algo que no era nuevo, pero sí profundamente olvidado: el éxito no es una meta alcanzada, ni una acumulación de logros visibles. Es un estado. Es una cualidad invisible que impregna lo que hacemos cuando dejamos de perseguirnos a nosotros mismos.

    ¿Cuántas veces confundimos movimiento con sentido? ¿Cuántas veces creemos avanzar mientras nos alejamos del centro silencioso que sostiene todo?

    El arroyo cercano murmuraba sin intención de convencer a nadie. No buscaba ser escuchado, y sin embargo, era imposible ignorarlo. Su fluir no tenía propósito más allá de sí mismo, y en eso residía su perfección. No había tensión en su recorrido, ni ansiedad por llegar al lago. Simplemente era agua siendo agua, desplegándose en su naturaleza.

    Quizá allí radique el misterio: cuando el hacer se desprende de la necesidad de validación, cuando deja de ser una herramienta para convertirse en una expresión, algo cambia. Se vuelve liviano. Se vuelve verdadero. Se vuelve… atemporal.

    El tiempo, ese viejo arquitecto de preocupaciones, pierde fuerza cuando nos instalamos en la presencia. No desaparece, pero deja de gobernar. Ya no es una línea que nos arrastra, sino un espacio que habitamos.

    Me senté bajo un árbol desnudo, cuyos brazos abiertos al cielo parecían aceptar tanto la luz como el vacío. No había resistencia en él. No luchaba por retener sus hojas ni por anticipar la primavera. Su quietud no era pasividad, sino una forma de sabiduría.

    Allí, en ese instante suspendido, sentí que el hacer auténtico no nace de la mente que calcula, sino del silencio que escucha. Es un hacer que no interrumpe el Ser, sino que lo revela. Como una música que no se impone, sino que emerge desde lo invisible.

    Tal vez por eso hay acciones que nos agotan y otras que nos expanden. Las primeras nacen del esfuerzo por ser alguien; las segundas, del descanso en lo que ya somos.

    ¿Y si el verdadero viaje no fuera hacia afuera, sino hacia esa profundidad donde todo ocurre sin necesidad de ser nombrado? ¿Y si el éxito fuera simplemente no alejarnos de ahí, incluso cuando actuamos, incluso cuando creamos, incluso cuando soñamos?

    El otoño, con su belleza melancólica, no intenta retener el verano. Confía en el ciclo. Se entrega. Y en esa entrega hay una forma de plenitud que no depende de la permanencia.

    Quizá nosotros también estamos llamados a eso: a hacer sin aferrarnos, a crear sin poseer, a vivir sin perdernos en la ilusión del tiempo.

    Cuando el hacer se impregna del Ser, cada gesto —por pequeño que parezca— se vuelve sagrado. Preparar un mate, escribir una palabra, mirar el horizonte… todo adquiere una densidad distinta, como si el universo entero se filtrara a través de lo cotidiano.

    No se trata de hacer menos, sino de hacer desde otro lugar. Un lugar donde no hay urgencia por llegar, porque ya estamos. Donde no hay necesidad de demostrar, porque nada falta.

    El viento comenzó a moverse entre las ramas, como si quisiera subrayar lo que no puede decirse. Cerré los ojos un momento, y en ese breve retiro, todo encajó sin esfuerzo.

    No hay separación entre el Ser y el hacer cuando dejamos de resistirnos a lo que somos.

    Y entonces, el viaje continúa… pero ya no como una búsqueda desesperada, sino como una danza silenciosa entre lo visible y lo eterno.

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  2. Más allá del crepúsculo, donde las formas se disuelven y lo esencial permanece, hay un lugar que no necesita ser alcanzado.

    Ese lugar… ya está aquí.

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