Nando Lauria - Novo Brasil (1996)

El título "Novo Brasil" captura perfectamente el novedoso enfoque del guitarrista y maestro vocalista de los ritmos antiguos y modernos de su país natal. Tocar con Pat Metheny y Special EFX ha perfeccionado su sensibilidad pop y jazz moderno hasta el punto en que incluso el patrón de percusión más extraño parece tarareable y comprensible. Por encima de su altísima guitarra clásica de estilo libre y sus instrumentos que mejoran la armonía, texturiza su encantadora arma secreta, una voz imponente que, sin palabras, transmite más pasión de la que la mayoría de las letras enamoradas podrían aspirar. Esta colección trata sobre dedicatorias, rindiendo homenaje a través de imágenes cuidadosamente tejidas al bullicio de la ciudad portuaria de su ciudad natal, Recife.

Nando Lauria - Novo Brasil (1996)

01. Doce Morena
02. Thinking Of Recife
03. Just You
04. The Tide
05. Shall We
06. Dreaming Of You
07. Gabriel's Song
08. Northeast Wind
09. Don Juan
10. Revival

Duración total: 50:30 min.

Comentarios

  1. Dar produce más felicidad que recibir, ya que el acto de dar es una expresión de la propia vitalidad. —Erich Fromm.

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  2. 🧉 El secreto del mate compartido

    Esta mañana en Aluminé el viento baja suave desde las montañas, como si quisiera conversar con los pehuenes. El verano se va despidiendo de a poco y el aire tiene ese perfume a tierra y río que sólo existe en esta parte del mundo.

    Estoy sentado afuera, con el mate tibio entre las manos, mientras Kayquén descansa a mi lado con esa serenidad simple que tienen los animales cuando el mundo todavía no se ha complicado demasiado.

    Ella levanta la cabeza de vez en cuando, mira el horizonte, y vuelve a apoyarla sobre sus patas como si supiera algo que nosotros solemos olvidar.

    El mate humea despacio.

    Y mientras el agua cae sobre la yerba recuerdo una frase de Erich Fromm que alguna vez me acompañó como una pequeña brújula del espíritu:

    “Dar produce más felicidad que recibir, ya que el acto de dar es una expresión de la propia vitalidad.”

    Al principio parece una idea sencilla, casi evidente. Pero aquí, en estas tierras patagónicas donde el tiempo todavía respira de otra manera, uno empieza a entender que esa frase guarda un misterio más profundo.

    Porque dar no siempre tiene que ver con objetos.

    Dar puede ser tiempo.
    Dar puede ser presencia.
    Dar puede ser silencio compartido frente a un paisaje.

    En la cultura de esta región hay gestos pequeños que dicen mucho. El mate que se pasa de mano en mano. El saludo tranquilo entre vecinos. La puerta que rara vez se cierra del todo. Son formas discretas de recordar que la vida no está hecha para ser acumulada, sino para circular.

    Como el agua del río Aluminé.

    Mientras tomo otro mate, Kayquén me mira con esos ojos que parecen preguntar sin palabras. Y entonces entiendo que los animales conocen un lenguaje que nosotros hemos complicado demasiado.

    Ellos dan sin calcular.

    Dan compañía, lealtad, presencia.

    No esperan recompensas, ni balances, ni reconocimientos. Simplemente están.

    Tal vez por eso su forma de habitar el mundo tiene algo de sabiduría antigua.

    Pienso que el acto de dar es, en el fondo, una manera de afirmar que estamos vivos. Cuando damos algo de nosotros —una palabra, una escucha, una mano tendida— estamos diciendo silenciosamente al universo: aquí estoy, participando del misterio de existir.

    Lo curioso es que cuanto más se comparte, más parece expandirse la vida.

    El mate nunca es el mismo cuando se toma solo.
    El camino nunca es igual cuando alguien lo recorre con nosotros.
    Incluso el silencio cambia cuando hay otra presencia respirando cerca.

    Kayquén bosteza, se acomoda otra vez y el viento vuelve a pasar entre los árboles.

    Entonces pienso que tal vez el verdadero secreto de la felicidad no esté en lo que recibimos del mundo, sino en lo que dejamos fluir hacia él.

    Como el mate que vuelve al cebador.
    Como el río que nunca guarda su agua.
    Como el corazón cuando aprende, finalmente, a no cerrarse.

    Quizás vivir sea eso.

    Una ronda invisible donde cada gesto de generosidad mantiene encendida la pequeña fogata del espíritu humano, incluso cuando el crepúsculo empieza a acercarse sobre las montañas de la Patagonia.

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