"Cinematic" es el lanzamiento en dos CD del pianista y compositor Spencer Brewer, una obra maestra que llevó doce años de desarrollo. El conjunto consta de “Black and White”, una colección ecléctica de trece piezas originales, algunas nuevas y otras más antiguas, grabadas en todo su esplendor para piano solo. La calidad de la producción es excelente, desde la portada de Salvador Dalí hasta el sonido general de la grabación. Brewer siempre está en su elemento tocando en vivo, inyectando mucha diversión en sus estilos de jazz más optimistas y emociones desgarradoras en su trabajo más sereno. "Cinematic" captura ese espíritu como ninguna de sus grabaciones anteriores lo ha hecho: ¡este es verdaderamente Spencer Brewer en su mejor momento!
Spencer Brewer - Cinematic: Black & White (Solo Piano) (2008)
01. Quintessence
02. Say What
03. Ode For Patricia
04. Fellini's Carousel
05. Into The Mirror
06. Blueberry Street
07. Last Chance For Eden
08. Morning Glory
09. Caravanserai
10. Lupin Swing
11. Satie's Forgotten Dream
12. Walls That Move
13. Heartwood
Duración total: 51:10 min.
01. Quintessence
02. Say What
03. Ode For Patricia
04. Fellini's Carousel
05. Into The Mirror
06. Blueberry Street
07. Last Chance For Eden
08. Morning Glory
09. Caravanserai
10. Lupin Swing
11. Satie's Forgotten Dream
12. Walls That Move
13. Heartwood
Duración total: 51:10 min.
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¿De qué nos sirve viajar por el espacio hasta llegar a la luna, si no somos capaces de cruzar el abismo que nos separa de nosotros mismos? —Thomas Merton.
ResponderEliminar🌌 El abismo más cercano
ResponderEliminarEsta mañana de fines de verano en Aluminé tiene una quietud que parece venir desde antes de nosotros. El sol se levanta despacio detrás de los cerros y la luz cae sobre los pehuenes como si acariciara una memoria antigua de la tierra. El río sigue su curso transparente entre las piedras, y el viento —ese viejo narrador de la Patagonia— murmura historias que no siempre sabemos escuchar.
Hay algo en estas mañanas que invita a mirar hacia dentro.
Tal vez sea la geografía misma: montañas que enseñan silencio, lagos que devuelven la imagen del cielo como un espejo del alma, caminos de ripio que parecen recordar que toda travesía verdadera ocurre también en el interior.
Mientras caminaba hoy, pensaba en lo lejos que puede llegar la humanidad. Hemos cruzado océanos, orbitado la Tierra, tocado la luna con nuestras máquinas y nuestra curiosidad. Somos capaces de enviar señales al espacio profundo, como si quisiéramos conversar con el universo.
Y sin embargo, recordé una frase de Thomas Merton que siempre me deja pensando:
“¿De qué nos sirve viajar por el espacio hasta llegar a la luna, si no somos capaces de cruzar el abismo que nos separa de nosotros mismos?”
Es una pregunta incómoda, casi un espejo.
Porque mientras aquí el amanecer se abre con la serenidad de los paisajes patagónicos, en otros lugares del mundo la tierra vuelve a estremecerse con el lenguaje antiguo de la guerra. Pienso en Medio Oriente, en Irán, en las tensiones que parecen repetirse como ecos de una historia que nunca termina de aprender de sí misma.
Y entonces el contraste se vuelve inevitable.
¿Cómo puede una misma humanidad construir telescopios capaces de mirar galaxias lejanas y, al mismo tiempo, no encontrar todavía el camino hacia su propia conciencia?
Quizás el abismo del que hablaba Merton no sea un lugar oscuro, sino un territorio desconocido. Un espacio interior que evitamos cruzar porque exige silencio, honestidad y una valentía distinta a la de cualquier conquista tecnológica.
Los pueblos originarios de esta región patagónica siempre han tenido otra forma de entender el mundo. Para ellos, la tierra no es algo que se posee, sino algo con lo que se dialoga. El viento, el agua, el bosque… todo tiene espíritu, todo enseña.
Quizás por eso aquí el tiempo parece moverse de otra manera.
Sentado frente al río, mirando cómo el agua avanza sin prisa hacia destinos invisibles, pensé que tal vez el viaje más importante no requiere cohetes ni mapas estelares. Solo requiere detenerse.
Escuchar.
Atreverse a mirar ese abismo interior que nos separa de nosotros mismos.
Porque tal vez la paz que buscamos en tratados, en fronteras o en discursos comienza en un lugar mucho más pequeño y silencioso: el instante en que un ser humano decide conocerse de verdad.
Las montañas alrededor de Aluminé han visto pasar generaciones enteras, guerras lejanas, imperios y olvidos. Ellas siguen allí, inmóviles y pacientes, como si supieran algo que nosotros todavía estamos intentando comprender.
Que el universo no empieza en el espacio.
Empieza en el interior de cada conciencia.
Y que quizás el mayor misterio del espíritu no sea llegar a la luna, sino aprender a regresar, finalmente, a nosotros mismos.