Diane Arkenstone - Aquaria II: Ascension (2024)

El nuevo álbum de Diane Arkenstone, "Aquaria II: Ascension", trata sobre la evolución de los humanos desde la Era de Piscis del agua hasta la Era de Acuario del aire, y su avance hacia una mayor conciencia y energía femenina y nutritiva, y la importancia de nuestros océanos. Acuario representa el espíritu femenino, el amor y la crianza, que es más actual que nunca. Es el ascenso y el fortalecimiento de esta energía. El agua es un gran símbolo del espíritu y de uno mismo, y nuestros sueños con agua representan nuestro propio espíritu. La sensación de la música New Age, Diane Arkenstone, proviene de una formación musical variada; en 2001 formó el sello Neo Pacifica con David Arkenstone y desde entonces se ha convertido en una de las artistas curativas más exitosas del mundo.

Diane Arkenstone - Aquaria II Ascension (2024)

01. Evolution Acceleration
02. Ascension
03. Echoes of the Past Float Away
04. A Sea Of Ghosts
05. Water Touches Air
06. It’s Been Here All Along
07. Above the Waves
08. She Calls
09. Myth is Magic
10. Light From the Center of All
11. Goddessea
12. The Glass Ceiling is Now the Sky

Duración total: 49:54 min.

Comentarios

  1. Los árboles, las flores y las plantas crecen en silencio. Las estrellas, el sol y la luna se mueven en silencio. El silencio nos da una nueva perspectiva.
    —Teresa de Calcuta

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  2. 🌊 El lenguaje secreto del silencio

    A veces siento que el mundo habla demasiado fuerte para escuchar lo esencial. Todo vibra, todo exige, todo corre. Y, sin embargo, hay algo dentro de mí que solo despierta cuando el ruido termina. Como si mi alma necesitara regresar al agua para recordar quién es.

    He pensado mucho en esa transición invisible que estamos viviendo como humanidad. No una transición tecnológica ni política, sino espiritual. Una mudanza del corazón. Durante siglos habitamos una era densa, emocional, cargada de culpa, sacrificio y supervivencia. Una era donde aprendimos a resistir. Pero ahora algo distinto parece abrirse paso, como una corriente tibia debajo del océano profundo.

    Siento que estamos entrando en otro tipo de conciencia.

    Una más suave.

    Más intuitiva.

    Más femenina.

    No femenina en género, sino en energía. En la capacidad de nutrir, escuchar, contener, sanar. Como si el alma colectiva estuviera cansada de competir y comenzara, lentamente, a recordar cómo amar.

    Quizás por eso el agua vuelve a aparecer en tantos sueños. El mar, los ríos, la lluvia, las inundaciones, las olas inmensas. El agua siempre fue un espejo espiritual. No se aferra a ninguna forma y, aun así, puede atravesarlo todo. Cuando sueño con agua, siento que estoy soñando conmigo mismo. Con mis emociones más antiguas. Con mi parte más silenciosa.

    El océano no grita para ser profundo.

    La luna no hace ruido para mover las mareas.

    Las flores no anuncian su crecimiento.

    Y tal vez ahí esté la gran enseñanza que olvidamos.

    Teresa de Calcuta decía: “Los árboles, las flores y las plantas crecen en silencio. Las estrellas, el sol y la luna se mueven en silencio. El silencio nos da una nueva perspectiva.” Y cuanto más lo pienso, más verdadero me parece. Porque el espíritu nunca tuvo prisa. Solo la mente la tiene.

    He descubierto que el silencio no es ausencia. Es presencia pura.

    Cuando me quedo quieto, cuando apago la necesidad de entenderlo todo, empiezo a sentir pequeñas cosas que antes ignoraba: la respiración del viento, el cansancio escondido detrás de una sonrisa, la energía de un lugar, la tristeza en unos ojos que dicen “estoy bien”. El silencio afina algo dentro de nosotros. Nos vuelve receptivos.

    Quizás por eso cierta música parece venir de otro plano. No entretiene: recuerda. Hay sonidos que no parecen hechos para los oídos, sino para el alma. Como si ciertas melodías despertaran memorias antiguas dormidas bajo la superficie de la conciencia. Escucharlas es parecido a mirar el mar de noche: no entendemos exactamente qué ocurre, pero algo en nuestro interior reconoce el misterio.

    Y creo que eso está pasando ahora con la humanidad.

    Estamos recordando.

    Recordando que no vinimos solo a producir.

    Ni a demostrar.

    Ni a sobrevivir eternamente.

    Vinimos a despertar.

    A convertirnos en seres más conscientes de nuestra conexión con todo lo vivo. Con los océanos, con los árboles, con los animales, con las emociones ajenas, con nuestra propia profundidad espiritual. Porque no existe verdadera evolución si seguimos destruyendo aquello que nos da vida.

    El agua externa y el agua interna están unidas.

    Cuando contaminamos el océano, también contaminamos algo sagrado dentro de nosotros.

    Cuando sanamos por dentro, también empezamos a cuidar el mundo de otra manera.

    A veces imagino que esta nueva era no llegará con un gran acontecimiento visible. No habrá trompetas ni señales espectaculares. Tal vez ya comenzó en silencio. En personas que eligen la compasión antes que el ego. En quienes empiezan a escuchar más y juzgar menos. En quienes entienden que la sensibilidad no es debilidad, sino una forma más elevada de percepción.

    Porque el verdadero ascenso espiritual no consiste en escapar del mundo, sino en habitarlo con más conciencia.

    Más amor.

    Más ternura.

    Más alma.

    Y quizá el mayor misterio es que todo esto siempre estuvo dentro de nosotros, esperando el momento correcto para despertar. Como semillas bajo tierra aguardando la lluvia.

    El silencio lo sabía.

    El agua también.

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