Fiona Joy Hawkins - 600 Years in a Moment (2013)

“A menudo me he preguntado cómo afecta la globalización a la música y cómo cambia la historia nuestra percepción de los instrumentos y la cultura musical de nuestros antepasados”, dice Fiona. "600 Years in a Moment" se grabó utilizando un piano Stuart & Sons australiano contemporáneo con instrumentos antiguos para traer sus sonidos únicos de pueblos de todo el mundo y explorar los tesoros musicales ocultos de las culturas en un entorno musical moderno. El álbum es una mezcla magistral de interpretación musical superlativa, con una composición contemporánea impresionante y variadas influencias culturales ampliamente diversificadas. El álbum también es único por los créditos de producción que incluyen a Will Ackerman, Corin Nelsen y Fiona Joy.

Fiona Joy Hawkins - 600 Years in a Moment (2013)

01. 600 Years
02. Naked Love
03. The Journey
04. Earthbound
05. Gliding
06. Tango on Wednesday
07. Running on Joy
08. Ancient Albatross
09. The Lost Ballerina
10. Antarctica
11. Captured Freedom
12. Forgiveness

Duración total: 65:53 min.

Comentarios

  1. Tenemos la llave de la felicidad plena en nuestras manos, ya que no es la felicidad lo que nos hace agradecidos, sino que es la gratitud lo que nos hace felices.

    —David Steindl-Rast

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  2. 🔑 “La Llave Invisible”

    Hay algo que cambia cuando dejo de buscar la felicidad como si fuera un destino.

    No ocurre de golpe. No es una revelación estruendosa ni un instante iluminado que divide mi vida en un antes y un después. Es más sutil… más silencioso. Como cuando el crepúsculo se transforma en noche sin que uno pueda señalar el momento exacto en que sucedió.

    Durante mucho tiempo creí que la felicidad era una consecuencia. Algo que llegaría cuando las piezas encajaran, cuando los caminos se despejaran, cuando las preguntas encontraran respuestas. La imaginaba como una cima, como un punto alto desde donde todo finalmente tendría sentido.

    Pero nunca duraba.

    Siempre había algo más allá. Otra meta, otra inquietud, otra sensación de incompletitud que volvía a instalarse como un eco persistente.

    Hasta que un día —sin buscarlo demasiado— algo en mí se detuvo.

    No afuera.

    Adentro.

    Y en ese espacio que se abrió, recordé las palabras de David Steindl-Rast: “Tenemos la llave de la felicidad plena en nuestras manos, ya que no es la felicidad lo que nos hace agradecidos, sino que es la gratitud lo que nos hace felices.”

    Al principio, como tantas otras frases, me pareció hermosa… pero lejana.

    ¿Cómo agradecer cuando algo falta?
    ¿Cómo sentir plenitud en medio de lo incompleto?

    Sin embargo, esa idea comenzó a quedarse.

    No como respuesta… sino como semilla.

    Y lentamente, casi sin darme cuenta, empecé a probar algo distinto.

    Agradecer sin motivo evidente.

    No los grandes momentos.

    No los logros.

    Sino lo mínimo.

    Lo que siempre estuvo ahí, esperando ser visto.

    El aire entrando en mis pulmones en una mañana fría.
    El sonido lejano de algo vivo moviéndose en la distancia.
    Una mirada, un gesto, un instante que antes hubiera pasado desapercibido.

    Y algo ocurrió.

    No afuera.

    Adentro.

    La percepción empezó a cambiar.

    Como si la vida, en lugar de volverse más generosa, simplemente se volviera más visible.

    —La felicidad no llega —parecía decir una voz suave dentro de mí—. Se revela.

    Y en ese revelar… la gratitud dejó de ser un esfuerzo.

    Se volvió una forma de mirar.

    Porque cuando agradezco, aunque sea por un segundo, dejo de enfocarme en lo que falta… y entro en contacto con lo que es.

    Y ese contacto… tiene algo sagrado.

    Algo que no depende de condiciones.

    Algo que no necesita ser mejorado para ser suficiente.

    Entonces comprendí algo que antes me resultaba imposible aceptar:

    la felicidad no es un estado que se alcanza…

    es una consecuencia natural de estar presente en lo que ya está ocurriendo.

    Pero no cualquier presencia.

    Una presencia abierta.

    Disponible.

    Agradecida.

    Porque la gratitud no niega lo difícil.

    No ignora lo que duele.

    No disfraza la ausencia.

    Pero ilumina lo que, incluso en medio de todo eso, sigue siendo verdadero.

    Y eso… lo cambia todo.

    Hay días en los que me olvido.

    Días en los que vuelvo a buscar afuera, a exigirle a la vida algo que encaje con mis expectativas. Y en esos días, la sensación de falta regresa, como una vieja conocida.

    Pero ahora hay algo distinto.

    Una pequeña llave.

    Invisible.

    Silenciosa.

    Siempre disponible.

    La encuentro en lo simple.

    En detenerme un instante… y reconocer.

    No lo extraordinario.

    Sino lo esencial.

    Y cada vez que la giro —aunque sea apenas— algo se abre.

    No el mundo.

    Mi forma de habitarlo.

    Es curioso…

    Antes pensaba que agradecer era una reacción.

    Ahora siento que es una decisión.

    Una elección íntima de ver con otros ojos.

    De escuchar con otra profundidad.

    De permitir que la vida, tal como es, tenga un espacio dentro de mí sin ser rechazada.

    Y en ese espacio…

    la felicidad aparece.

    No como euforia.

    No como logro.

    Sino como una calma viva.

    Una especie de equilibrio suave que no necesita justificarse.

    Tal vez la llave siempre estuvo ahí.

    En mis manos.

    Pero yo estaba mirando la puerta equivocada.

    Buscando entrar en un lugar donde todo fuera perfecto…

    sin darme cuenta de que la verdadera apertura ocurre cuando dejo de resistirme a lo imperfecto.

    Cuando agradezco incluso lo que no entiendo del todo.

    Incluso lo que no elegí.

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  3. Porque en ese gesto —tan simple y tan profundo— hay una reconciliación silenciosa con la vida.

    Y esa reconciliación…

    se siente como hogar.

    Así que hoy, sin necesidad de esperar nada extraordinario, hago una pausa.

    Respiro.

    Y agradezco.

    No porque todo sea perfecto.

    Sino porque, en este instante…

    todo es.

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