Las composiciones de Gunn están influenciadas por la música nativa americana, específicamente la de los navajos. Temas como "Phantom Ranch" incluso emplean ritmos tribales y cánticos distantes. Otras selecciones cuentan con la guitarra española. Además, "Grand Canyon" incluye una historia narrativa de la región. A pesar de esto, la flauta de Gunn sigue siendo la pieza central de cada selección y su estilo extrovertido combina las tradiciones nativas de la flauta con la atmósfera New Age. Todo esto está respaldado por ricas capas de teclados y percusión electrónica. Además, los efectos de sonido de la naturaleza, como truenos, lluvia y viento, salpican los paisajes musicales de Gunn. En general, "La Música del Gran Cañon" es tan expansiva y dramática como la tierra que representa.
Nicholas Gunn - The Music of the Grand Canyon (1995)
01. Moonlight on Havasu Creek
02. Entering Twin Falls
03. Flight over North Rim
04. New World
05. Twilight
06. Phantom Ranch
07. South Rim
08. Four Worlds
09. Lost Tribe
10. Grand Canyon
11. Canyon Nights
Duración total: 53:26 min.
01. Moonlight on Havasu Creek
02. Entering Twin Falls
03. Flight over North Rim
04. New World
05. Twilight
06. Phantom Ranch
07. South Rim
08. Four Worlds
09. Lost Tribe
10. Grand Canyon
11. Canyon Nights
Duración total: 53:26 min.
.jpg)
Tenemos éxito cuando nuestro hacer se impregna de la cualidad atemporal del Ser.
ResponderEliminar—Eckhart Tolle
He llegado a destino: cada paso que doy es mi punto de llegada.
ResponderEliminar—Thich Nhat Hanh
🔥 El lugar al que se llega caminando el alma
ResponderEliminarLa noche en Aluminé cae distinta en otoño.
No es solamente frío. Hay algo más. Algo antiguo que desciende junto con la oscuridad y se acomoda entre los árboles, las piedras y el humo de los fogones encendidos. Los abedules dorados tiemblan bajo el viento helado y los robles rojizos parecen custodios silenciosos de un secreto que no pertenece a este tiempo.
Caminé sin rumbo fijo bordeando el río, siguiendo apenas el murmullo del agua y el crujido de las hojas secas bajo mis pasos. Sentía que algo me llamaba. No con palabras… sino con esa clase de intuición que aparece cuando el alma necesita recordar algo importante.
Fue entonces cuando vi el fuego.
Pequeño. Quieto. Vivo.
Y junto a él, sentado sobre un tronco oscuro, estaba el anciano.
No levantó la mirada al verme llegar. Parecía saber desde siempre que yo iba a estar allí.
Su rostro tenía las marcas del viento y de los años. Pero en sus ojos había una profundidad imposible de calcular, como si hubiera pasado demasiado tiempo observando el movimiento de las estrellas y el silencio de las montañas.
Me senté frente a él sin hablar.
El fuego crepitó apenas.
—El río no corre para llegar —dijo finalmente.
Su voz era lenta. Serena. Como si cada palabra hubiera sido elegida mucho antes de pronunciarse.
—Entonces… ¿por qué corre? —pregunté.
El anciano sonrió apenas.
—Porque esa es su naturaleza.
El viento descendió desde las montañas trayendo el aroma húmedo de la tierra fría. En algún lugar lejano un ave nocturna dejó escapar un sonido breve, casi ceremonial.
Y comprendí que aquella conversación no iba a moverse en el lenguaje habitual.
El Kimche tomó una rama seca y removió las brasas lentamente.
—El hombre moderno vive persiguiendo destinos —continuó—. Cree que llegará a ser alguien cuando alcance algo. Pero mientras corre detrás de un lugar imaginario… se pierde el lugar donde ya está.
Miré el fuego.
Las llamas subían y desaparecían sin esfuerzo. Ninguna parecía luchar por durar más que la otra.
Entonces recordé aquella frase de Thich Nhat Hanh: “He llegado a destino: cada paso que doy es mi punto de llegada.”
Y algo dentro mío se detuvo.
Porque quizás el error más profundo sea creer que la vida verdadera empieza después. Después de resolver algo. Después de sanar. Después de alcanzar cierta paz o cierta meta.
Pero el anciano parecía hablar desde otro tiempo. Uno donde el presente no era un puente… sino un templo.
—¿Y el éxito? —pregunté—. ¿Qué es entonces?
El Kimche levantó la vista hacia las montañas oscuras.
—Éxito es cuando el hacer ya no nace del miedo.
Guardó silencio unos segundos.
—Cuando el hacer se impregna del Ser.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire helado como pequeñas brasas invisibles.
Comprendí entonces la profundidad de la frase de Eckhart Tolle. No se trataba de hacer más. Ni siquiera de llegar más lejos. Se trataba de la calidad interior con la que uno habita cada acto.
Porque una misma acción puede ser ruido… o conciencia.
Se puede caminar distraído… o caminar despierto.
Se puede escuchar música para escapar… o para recordar.
El anciano observó mis manos.
—Tu espíritu está cansado de correr delante de sí mismo.
Eso me atravesó en silencio.
Porque era verdad.
Cuántas veces había vivido pensando en lo próximo, incluso en medio de momentos hermosos. Como si el presente nunca alcanzara completamente.
El Kimche tomó un puñado de tierra húmeda y lo dejó caer despacio junto al fuego.
—La tierra nunca se apura —dijo—. Y sin embargo todo crece.
El río seguía cantando cerca nuestro. Constante. Atemporal.
Entonces entendí algo que quizás siempre estuvo ahí:
Cada paso ya contiene la llegada.
No existe otro lugar distinto de este instante.
La búsqueda espiritual no consiste en alcanzar una cima secreta. Consiste en aprender a estar completamente donde uno ya está.
El anciano cerró los ojos unos instantes, como si escuchara algo muy lejano.
O muy cercano.
—Nuestros antiguos decían que el espíritu se enferma cuando camina separado de sí mismo.
—¿Y cómo vuelve? —pregunté.
ResponderEliminarAbrió los ojos lentamente.
—Dejando de huir.
El fuego iluminó apenas las líneas profundas de su rostro.
Y por primera vez en mucho tiempo sentí que no necesitaba resolver nada. No necesitaba convertirme en otra persona. No necesitaba llegar más lejos.
Solo necesitaba habitar verdaderamente este momento.
Este frío.
Este viento.
Este silencio.
Esta respiración.
La noche parecía expandirse alrededor nuestro como un inmenso corazón oscuro latiendo bajo las estrellas.
Pensé entonces en MusiK EnigmatiK, en todos esos viajes invisibles que la música nos hace recorrer. Y entendí que quizás las melodías más profundas no nos transportan hacia otro lugar…
Nos traen de regreso.
Regreso al Ser.
Regreso al instante.
Regreso a ese espacio interior donde cada paso ya es completo.
El anciano se levantó lentamente. Miró el fuego por última vez y antes de perderse entre las sombras del bosque dijo algo que todavía resuena dentro mío:
—El alma no vino a llegar. Vino a despertar mientras camina.
Después desapareció entre los árboles.
Me quedé solo junto al fuego y al murmullo del río.
Pero ya no era la misma soledad.
Porque algo había cambiado.
El viento seguía siendo frío.
La noche seguía siendo inmensa.
El camino seguía abierto.
Y sin embargo… por primera vez en mucho tiempo…
sentí que ya estaba exactamente donde debía estar.