Dalera's - Inolvidable (1994)

Desde los seis años, Luis Dalera se presentó en diversos escenarios cantando a dúo con su hermano Tato y acompañado por su padre Rodolfo Dalera, director del grupo “Los Chaskis”. En los ’80 retomó el camino de la música y sumó a la ejecución de guitarra, charango y bajo, las quenas, quenachos, sikus y armónicas, formando un grupo de música instrumental andina. Después participó de un grupo de rock nacional. A fines de 1993 firmó contrato con una reconocida discográfica y en el ‘94 grabó con su padre, un CD de música internacional “Inolvidable Dalera’s” con la orquesta y dirección del maestro Oscar Cardozo Ocampo exponiendo su repertorio de folclore, tango, latinos e internacionales con siku, quena, armónica, guitarra y voz.

Dalera's - Inolvidable (1994)

01. No se tú
02. Todo lo que hago lo hago por tí
03. No puedo quitar mis ojos de tí
04. Y como es él
05. Inolvidable
06. Quitame la respiración
07. Todo por amor
08. Viento de cambio
09. Amor de mi vida
10. Espejos azules
11. Melodía desencadenada
12. Esperando por tí

Duración total: 41:41 min.

Comentarios

  1. Un jardinero usa tanto las rosas para hacer un jardín como las espinas para hacer un cerco.

    —Hazrat Inayat Khan

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  2. 🌹 El Cerco Invisible del Alma

    A veces me detengo a pensar en todo aquello que he querido evitar: los errores, las heridas, los momentos incómodos que preferiría borrar como si nunca hubieran existido. Durante mucho tiempo creí que la vida debía ser un jardín impecable, lleno únicamente de rosas abiertas, fragantes, perfectas… como si lo bello pudiera sostenerse sin lo que incomoda.

    Pero con los años —y quizá con un poco más de honestidad— empecé a ver algo distinto.

    Un jardinero no desecha las espinas.

    No las arranca indignado ni las considera un defecto del rosal. Las observa, las comprende… y las utiliza. Las espinas no están ahí por error, sino por propósito. Protegen, delimitan, contienen. Son parte del equilibrio invisible que permite que las rosas existan.

    Y entonces algo hizo eco dentro de mí.

    ¿Cuántas veces rechacé mis propias espinas?

    Esos aspectos de mí que no encajan, que incomodan, que incluso me avergüenzan. Mi impaciencia, mis dudas, mis momentos de dureza o de silencio. Siempre pensé que debía “superarlos” para ser alguien digno de florecer. Pero nunca consideré que tal vez no estaban ahí para ser eliminados, sino comprendidos… y puestos en su lugar justo.

    Porque sin cerco, el jardín queda expuesto.

    Sin límites, sin experiencias difíciles, sin esas pequeñas cicatrices que enseñan, la vida se vuelve vulnerable a cualquier viento. Las espinas, aunque duelan, también sostienen. Marcan un borde entre lo que entra y lo que no. Nos enseñan a decir “hasta aquí”, incluso cuando el corazón preferiría no tener que hacerlo.

    Hoy siento que no se trata de elegir entre rosas o espinas.

    Se trata de reconocer que ambas forman parte de la misma raíz.

    Mis momentos más luminosos nacieron, muchas veces, de procesos incómodos. De decisiones difíciles. De haber tenido que levantar un cerco donde antes todo estaba abierto. Y aunque en su momento lo viví como pérdida o dureza, ahora empiezo a verlo como una forma de cuidado.

    Quizá el alma también es un jardín en construcción.

    Uno donde no todo tiene que ser perfecto para ser valioso. Donde incluso lo que duele puede tener un propósito silencioso. Donde las espinas no son enemigas de la belleza, sino guardianas de algo más profundo.

    Y tal vez, solo tal vez, aprender a vivir sea eso:

    Dejar de luchar contra lo que somos
    y empezar a ordenar cada parte en su lugar correcto.

    Cultivar las rosas con ternura…
    y honrar las espinas con sabiduría.

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