Oliver Scheffner - Relax Edition Two (2021)

El nuevo álbum de Oliver Scheffner presenta una delicada colección de melodías tranquilas y envolventes, donde las arpas, campanas y suaves acordes de guitarra se entrelazan para invitar a soñar y desconectar del ritmo agitado de la vida cotidiana. Con esta segunda edición de "Relax", el reconocido maestro del sonido chillout continúa consolidando su estilo único, ofreciendo paisajes sonoros que transmiten calma profunda y bienestar emocional. Cada composición respira un espíritu de paz interior, con arreglos cuidadosamente equilibrados y una instrumentación serena que construye una atmósfera lounge de gran calidad. Es una experiencia musical ideal para regalarse un momento de pausa, introspección y armonía, dejándose llevar por esta amable invitación a simplemente… relajarse.

Oliver Scheffner - Relax Edition Two (2021)

01. Day after day
02. Feeling paradise
03. Strange dreams
04. White sand
05. Saltwater
06. Hourglas
07. Rain showers
08. Islands in the sky
09. The black sun
10. Flying blue
11. Beautiful strange
12. My Light
13. A good friend

Duración total: 76:33 min.

Comentarios

  1. El fin de la vida del ser humano es Desarrollar y Manifestar la Divinidad que eternamente existe en su Interior.

    -Sivananda

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  2. Hello Neto, Good morning, happy week ! Peace from France ! Your blog is very cool ! Many Thanks !

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  3. Hello! Have a beautiful day too! Peace from Argentina! Thank you for commenting on the blog! Greetings

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  4. 🔥 La chispa que no conoce invierno

    En Aluminé, donde el frío no es ausencia sino presencia, aprendí que hay fuegos que no se ven. No hablo del que arde en la leña crujiente durante las noches largas, ni del que reúne manos alrededor del mate compartido. Hablo de otro fuego. Uno más antiguo. Más silencioso. Uno que no depende del clima ni del tiempo.

    Dicen que la vida del ser humano tiene un fin. Pero no como término, sino como propósito: desarrollar y manifestar esa divinidad que habita, intacta, en lo más profundo. Y pienso en eso mientras camino entre senderos conocidos, como si cada paso fuera también un recuerdo de algo que ya sabía… pero había olvidado.

    Aquí, las tradiciones no son costumbres vacías. Son puertas. El respeto por la tierra, el ritmo pausado, el silencio que no incomoda… todo parece señalar hacia adentro. Como si la Patagonia no fuera solo un lugar, sino un espejo.

    Desde chicos nos enseñan a buscar afuera: respuestas, certezas, caminos. Pero nadie nos advierte que lo esencial no se encuentra… se revela. Y no en el ruido, sino en esos momentos en que todo se aquieta y algo —difícil de nombrar— empieza a latir con más fuerza.

    ¿Será eso la divinidad?

    No una figura lejana, ni una idea abstracta, sino una presencia viva, constante, esperando ser reconocida. Como el fuego bajo la ceniza, que no se apaga aunque no lo veamos. Solo espera el aire justo, el instante preciso, para volver a arder.

    He visto inviernos duros en esta tierra. Días donde todo parece detenido, cubierto, en pausa. Pero debajo, la vida sigue. Invisible, paciente. Preparándose. Y entonces entiendo: nosotros también somos así.

    Nos cubrimos de rutinas, de miedos, de distracciones. Olvidamos lo que somos. Pero eso que somos… no desaparece. Permanece. Espera.

    Las ceremonias simples —un mate al amanecer, el sonido del río, el crujir del bosque— se vuelven entonces recordatorios. No de algo externo, sino de algo interno que intenta abrirse paso.

    Manifestar la divinidad no es volverse algo distinto. Es dejar de esconder lo que ya es.

    Pero eso implica un riesgo: el de mirarse sin máscaras. El de atravesar las propias sombras. Porque no hay fuego sin oscuridad que lo contenga. No hay revelación sin silencio previo.

    A veces creemos que evolucionar es acumular. Más conocimiento, más logros, más certezas. Pero tal vez sea lo contrario: soltar. Despojarse. Volverse más simple, más auténtico, más presente.

    Como esta tierra.

    Aluminé no intenta ser otra cosa. No se disfraza. No compite. Simplemente es. Y en ese “ser”, hay una enseñanza profunda. Porque la divinidad no se impone, no se exhibe. Se expresa… naturalmente.

    El verdadero viaje —ese del que tanto se habla y poco se comprende— no es hacia lugares lejanos, sino hacia ese centro silencioso donde todo converge. Donde lo humano y lo eterno dejan de parecer opuestos.

    Y entonces, algo cambia.

    No afuera. Adentro.

    El fuego ya no se busca. Se reconoce.
    La divinidad ya no se imagina. Se siente.
    La vida ya no se persigue. Se habita.

    Y en medio del invierno —real o simbólico— esa chispa comienza a expandirse.

    Sin apuro. Sin ruido. Sin necesidad de ser vista.

    Porque sabe… que nunca dejó de estar ahí.

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