Dominique Langham es un compositor de música instrumental electroacústica, pero además es un buen guitarrista y tecladista, con equipo de grabación, sintetizadores y guitarras de todo tipo, siempre disponible para todo proyecto de música instrumental imagen, relajación y paisajes sonoros en diferentes estilos. Siempre es un viaje muy interesante cuando se busca nueva música con fines de meditación zen, pero bien podríamos haber encontrado un nuevo compañero musical en la búsqueda a través de este último lanzamiento de Dominique Langham. La actuación del artista en los teclados aquí es nada menos que angelical, y las corrientes armónicas de pistas como "La Force Tranquille" comenzarán nuestro viaje ligeramente relajante y calmante.
Dominique Langham - Zen Meditation CD1 (2021)
01. Bien etre corporel
02. Equilibre oceanique
03. Marche en avant
04. Energie interieure
05. La force tranquille
06. De l'iode et du sable
07. Les yeux fermes
08. Position du lotus
09. La tete a l'endroit
Duración total: 45:16 min.
01. Bien etre corporel
02. Equilibre oceanique
03. Marche en avant
04. Energie interieure
05. La force tranquille
06. De l'iode et du sable
07. Les yeux fermes
08. Position du lotus
09. La tete a l'endroit
Duración total: 45:16 min.
Si nos conformamos con menos de lo que somos capaces de ser, seremos siempre infelices.
ResponderEliminar—Abraham Maslow
🔥 El umbral de lo que somos capaces de ser
ResponderEliminarHay algo inquietante en los amaneceres de Aluminé. No es solo la belleza —que ya de por sí parece excesiva— sino esa sensación de que el paisaje guarda una pregunta que nadie formula en voz alta. Hoy, mientras la luz se filtra entre las montañas de Neuquén y el otoño tiñe de cobre los árboles, siento que esa pregunta me atraviesa: ¿hasta dónde podría llegar si no me conformara?
El aire es fresco, casi transparente. Se cuela en los pulmones como si quisiera limpiar algo más que el cuerpo. Tal vez por eso, en este rincón de la Patagonia, los pensamientos no se esconden. Emergen. Y con ellos, la frase de Maslow resuena como un eco antiguo: “Si nos conformamos con menos de lo que somos capaces de ser, seremos siempre infelices.”
No es una advertencia… es un llamado.
Mientras observo el lago quieto, que parece un espejo de otro mundo, comprendo que la infelicidad no siempre grita. A veces susurra. Se disfraza de rutina, de comodidad, de pequeñas renuncias que parecen insignificantes. Es ese instante en que elegimos no intentar, no arriesgar, no explorar aquello que intuimos que nos transformaría. Como si una parte de nosotros supiera el camino, pero otra, más temerosa, nos convenciera de quedarnos donde todo es predecible.
Pero la Patagonia no es predecible. Nunca lo fue.
Aquí, el viento cambia sin aviso. El cielo puede ser un lienzo sereno y, al instante siguiente, una tormenta de emociones. Y quizás por eso este lugar tiene algo de maestro silencioso: nos recuerda que la vida no está hecha para ser contenida en límites estrechos. Que hay una expansión natural en todo lo que vive. Los ríos no se conforman con ser charcos. Las montañas no piden permiso para elevarse. ¿Por qué nosotros sí?
Camino entre hojas secas que crujen bajo mis pasos, como si cada una contara la historia de un ciclo cumplido. Pienso en cuántas versiones de mí han quedado atrás, cuántas oportunidades se desvanecieron por miedo o por duda. Y sin embargo, no hay reproche en esa reflexión… hay una especie de claridad. Como si el alma, en este paisaje, no juzgara, sino que simplemente mostrara lo que aún puede ser.
Porque ahí está el misterio: nunca dejamos de ser capaces.
La capacidad no desaparece, solo se adormece. Se oculta bajo capas de excusas, de expectativas ajenas, de cansancio. Pero sigue ahí, intacta, esperando ser convocada. Como una melodía que existe incluso antes de ser escuchada. Y quizás eso es lo que más inquieta: saber que dentro de nosotros hay algo más vasto, más auténtico, más luminoso… y que ignorarlo tiene un costo silencioso.
En este instante, el sol logra imponerse sobre las nubes dispersas, y todo el paisaje parece encenderse desde adentro. Hay algo casi sagrado en esa luz. Me hace pensar que tal vez la plenitud no es un destino, sino una decisión constante: la de no traicionarnos, la de no elegir lo fácil cuando lo verdadero nos llama desde más lejos.
Es curioso… buscamos la felicidad como si fuera algo externo, pero tal vez nace exactamente en el punto donde dejamos de conformarnos. Donde decidimos honrar aquello que intuimos que podemos llegar a ser, aunque no sepamos cómo. Aunque duela. Aunque implique atravesar incertidumbres.
Porque lo enigmático no está solo en el mundo que nos rodea… está en nosotros. En ese potencial que no se ve, pero que se siente. En esa versión futura que nos observa en silencio, esperando que demos un paso más allá de lo conocido.
Mientras termino de escribir estas líneas para MusiK EnigmatiK, el día ya se ha desplegado por completo sobre Aluminé. Pero la pregunta sigue ahí, suspendida en el aire como una nota que no termina de apagarse:
¿Y si la verdadera infelicidad no fuera lo que nos falta… sino todo lo que evitamos ser?
Quizás el viaje más profundo —ese que nos lleva más allá del crepúsculo— no consiste en descubrir nuevos paisajes, sino en atrevernos a habitar plenamente el que llevamos dentro. Ese que no se conforma. Ese que sabe. Ese que, en algún rincón del espíritu, ya está listo para convertirse en todo lo que somos capaces de ser.