En el ámbito de la música New Age, hay pendientes de escuchar muchos albumes que se hicieron a finales de los años '80, "One night in Vienna" pertenece a ese grupo de música con bases románticas, piezas calientes, atmosféricas, ideales para escucharlas a la luz de algunas velas. Esta música tiene un humor de jazz romántico. Algunas de sus partes son muy rítmicas, los teclados son muy melódicos y atmosféricos. El sonido de los teclados ligeramente como en el album de Suzanne Ciani, Neverland, o como Patrick O'Hearn en algunos de sus discos, en una forma algo romántica y nostálgica. La última pista, "Sentimental Walk", es una combinación de erotismo romántico con guitarras electro-acústicas, saxos y piano.
Shönherz and Scott - One Night in Vienna (1987)
01. Wishing Well
02. Windows of the World
03. Carnival
04. Peace fo Mind
05. One Night in Vienna
06. Bayangume
07. Cairo
08. Sentimental Walk (Theme from Diva)
Duración total: 41:18 min.
01. Wishing Well
02. Windows of the World
03. Carnival
04. Peace fo Mind
05. One Night in Vienna
06. Bayangume
07. Cairo
08. Sentimental Walk (Theme from Diva)
Duración total: 41:18 min.

Lo que tienes, lo tienes ahora, y ese ahora es toda tu vida. No existe nada más que el presente.
ResponderEliminar—Ernest Hemingway
🌒 El instante que arde en silencio
ResponderEliminarLa madrugada en Aluminé cae como un susurro antiguo, de esos que no necesitan palabras para decirlo todo. El otoño patagónico se hace sentir en el aire frío que entra por la ventana entreabierta, trayendo consigo el perfume húmedo de la tierra y el murmullo lejano del río. A mi lado, Kayquén duerme con esa paz que solo los animales conocen, como si su alma estuviera perfectamente sincronizada con el pulso invisible del universo.
Hay algo en este momento que no se puede retener, pero tampoco se pierde. Tal vez sea eso lo que intento comprender mientras el cielo aún no decide si seguirá siendo noche o comenzará a rendirse ante la primera luz. Pienso en esa frase que quedó flotando en mí como una brasa encendida: lo que tengo, lo tengo ahora… y este ahora es toda mi vida.
Qué extraña revelación. Y qué simple.
Durante tanto tiempo creí que la vida era una línea, una especie de camino que debía recorrer con precisión, cuidando cada paso para no desviarme. Pero esta madrugada me enfrenta a otra verdad, más cruda y más hermosa: no hay camino, solo hay este punto suspendido en el tiempo, este instante que respira conmigo.
El pasado… ¿dónde está ahora? Apenas en la memoria, que es caprichosa y selectiva, como el viento entre los árboles de lenga. El futuro… una ilusión elegante, una promesa que nunca termina de llegar. Y sin embargo, aquí estoy, sintiendo el frío en la piel, escuchando la respiración tranquila de Kayquén, percibiendo el latido de algo que no sé nombrar, pero que sé que es real.
Las tradiciones de esta tierra hablan de espíritus que habitan los bosques, de fuerzas invisibles que cuidan y observan. Tal vez no sean historias antiguas, sino formas poéticas de recordarnos algo esencial: nunca estamos fuera del presente, nunca estamos desconectados de lo que es. Somos parte de este ahora, tanto como el viento, tanto como el fuego, tanto como la noche que lentamente se disuelve.
Y sin embargo, cuánto nos cuesta quedarnos aquí.
La mente insiste en escapar, en proyectarse, en reconstruir lo que ya no existe o en anticipar lo que todavía no llega. Pero el alma… el alma sabe. El alma descansa en este instante, igual que Kayquén, sin cuestionar, sin exigir, sin huir.
Tal vez vivir sea eso: aprender a habitar el instante como si fuera un refugio sagrado. No como una cárcel, sino como un portal. Porque en este ahora aparentemente pequeño, cabe todo. Cabe la historia completa de lo que fui, la semilla de lo que seré, y la presencia viva de lo que soy.
Me doy cuenta de que no necesito más.
No necesito otro momento, otra versión de mí, otro escenario. Este es suficiente. Este frío, este silencio, esta respiración compartida con la noche. Aquí está todo lo que alguna vez busqué sin saberlo.
Y quizás, en el fondo, eso es lo más enigmático de este viaje espiritual: no nos lleva a lugares lejanos ni a revelaciones espectaculares. Nos devuelve, una y otra vez, a este punto mínimo e infinito donde todo ocurre.
El ahora no es un instante pasajero. Es un umbral.
Y esta madrugada, en algún rincón profundo de la Patagonia, lo estoy cruzando sin moverme.
Kayquén suspira en sueños. Afuera, el mundo comienza a cambiar de color.
Y yo, por primera vez en mucho tiempo, no necesito ir a ningún otro lugar.