Mike Rowland - Mystic Angel (1996)

El piano, las cuerdas y la instrumentación orquestada despiertan una muy serena, reconfortante y alegre tranquilidad. Quizás la composición más pura y más inspirada de Mike Rowland revela una sintonía atemporal y sensible que perdura en las emociones de uno con un sereno deleite. Una magnífica creación, insuperable en su belleza y optimismo refrescante. Mike Rowland ha dominado la música de los ángeles; despertando una belleza tranquila, tranquilizadora y alegre a través de una música que toca el alma desde la primera nota. Hay una sensación de pureza en estas composiciones, una sintonía atemporal y sensible que perdura en las emociones con un sereno deleite y que despliegan un ambiente radiante y romántico.


Mike Rowland - Mystic Angel (1996)

01. Mystic Angel
02. Somewhere Before Time
03. Essence Of Time
04. Hold On To Your Dreams
05. Distant Memories
06. Love Is Unchanging
07. Reverence For Life
08. I Will Always Be With You
09. You Touch My Heart
10. Our Home
11. Mystic Angel (Everlasting Embrace)

Duración total: 55:45 min.

Comentarios

  1. Amo la ambivalencia poética de la cicatriz, que tiene dos mensajes: aquí dolió, aquí sanó.
    Louis Madeira

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  2. 🔮 Las cicatrices que recuerdan el futuro

    Anoche soñé conmigo mismo.

    No era un sueño común.
    No había rostros deformes ni escenas absurdas como las que suele fabricar la mente cuando duerme. Era distinto. Demasiado nítido. Demasiado silencioso. Estaba caminando solo entre los bosques otoñales de Aluminé mientras una neblina azulada descendía lentamente desde las montañas como un antiguo espíritu patagónico despertando entre lengas y araucarias.

    El viento parecía pronunciar palabras en un idioma olvidado.

    Y allí estaba él.

    Mi yo futuro.

    No tenía más edad que yo, pero sus ojos parecían haber atravesado siglos. Había algo profundamente sereno en su manera de observar el paisaje, como si ya conociera cada herida, cada pérdida y cada milagro que todavía me esperan.

    No habló enseguida.

    En Aluminé, los silencios también enseñan.

    Caminamos junto al río, escuchando el sonido oscuro del agua golpeando las piedras ancestrales. Aquí, en la Patagonia, existen lugares donde el tiempo parece doblarse sobre sí mismo. Los antiguos pobladores mapuches lo sabían. Hay sitios donde la tierra guarda memoria. Donde los sueños pesan más que la lógica. Donde ciertas montañas observan al ser humano desde hace siglos como guardianes inmóviles de secretos imposibles.

    Entonces mi yo futuro sonrió apenas.

    Y dijo:

    —Las cicatrices son portales.

    Aquella frase quedó suspendida dentro del aire frío como una señal destinada únicamente para mí.

    Recordé entonces las palabras de Louis Madeira: “Amo la ambivalencia poética de la cicatriz, que tiene dos mensajes: aquí dolió, aquí sanó.”

    Y comprendí que nunca había entendido realmente lo que significa sanar.

    Porque sanar no es borrar.

    Sanar es transformar el dolor en conocimiento.

    Cada cicatriz es un lenguaje oculto escrito directamente sobre el alma. Algunas no se ven. Son energías antiguas atrapadas entre recuerdos, despedidas inconclusas, culpas silenciosas o amores que todavía respiran dentro nuestro aunque hayan desaparecido del mundo visible.

    Mi yo futuro parecía conocer todas las mías.

    Las observaba con una ternura extraña, como quien contempla viejos mapas después de haber sobrevivido al viaje.

    Entonces me habló de algo aún más inquietante.

    Me dijo que la intuición no nace del presente.

    Que muchas veces aquello que llamamos “corazonada” son fragmentos de memoria enviados desde futuros posibles. Ecos temporales. Advertencias suaves. Mensajes de otras versiones nuestras que ya caminaron ciertos senderos antes que nosotros.

    En ese instante recordé la teoría de Jean-Pierre Garnier Malet y su idea de que la conciencia funciona en distintas velocidades del tiempo, permitiendo que un “doble cuántico” recopile información durante el sueño para orientarnos después mediante intuiciones y sentimientos.

    Y algo dentro mío tembló.

    Porque de pronto muchas cosas comenzaron a tener sentido.

    Esas veces en que evitamos un lugar sin saber por qué.
    Esas personas que sentimos conocer antes de hablarles.
    Esos sueños que años más tarde regresan convertidos en realidad.
    Esa extraña sensación de que ciertas decisiones ya habían ocurrido en alguna parte invisible del tiempo.

    Tal vez nunca estamos tan solos como creemos.

    Quizás existe una versión futura de nosotros intentando guiarnos constantemente desde dimensiones donde el tiempo no avanza en línea recta, sino como un río circular que conecta heridas, recuerdos y destinos.

    Mi yo futuro tomó una hoja rojiza caída de un árbol y la dejó flotar sobre el agua.

    —Tus cicatrices no son errores —me dijo—. Son coordenadas.

    El río siguió avanzando como si entendiera perfectamente aquella conversación imposible.

    En Aluminé existen relatos antiguos sobre espíritus del bosque y energías que habitan entre las montañas. Los ancianos dicen que algunos sueños son mensajes y que el alma puede abandonar parcialmente el cuerpo mientras dormimos para conversar con aquello que el mundo racional todavía no comprende.

    Quizás el ser humano moderno olvidó escuchar.

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  3. Vivimos rodeados de ruido, distracciones y pantallas, mientras las señales verdaderas continúan llegando desde lugares mucho más profundos. El espíritu habla bajo. La intuición susurra. Y el futuro rara vez golpea la puerta; generalmente se filtra en forma de presentimiento.

    Entonces comprendí algo estremecedor.

    Tal vez nuestras heridas también sean antenas.

    Puntos sensibles donde el tiempo deja grietas abiertas para que cierta información pueda atravesarnos.

    Porque después de cada gran dolor desarrollamos una percepción distinta. Como si algo dentro nuestro despertara. Como si el sufrimiento afinara una capacidad olvidada para leer energías, detectar falsedades o reconocer caminos invisibles.

    Aquí dolió.
    Aquí sanó.

    Pero quizás exista un tercer mensaje oculto dentro de cada cicatriz:

    “Aquí despertaste.”

    Mi yo futuro se detuvo frente a las montañas cubiertas por la luz rojiza del amanecer. El cielo parecía arder lentamente sobre la Patagonia, y durante un instante tuve la sensación de estar contemplando no solo un paisaje, sino el interior mismo del tiempo.

    Entonces me dijo algo que todavía resuena dentro de mí:

    —No temas a las versiones tuyas que aún no existen. Ellas también están intentando salvarte.

    Sentí un frío antiguo recorrerme el alma.

    Porque entendí que cada decisión modifica innumerables futuros posibles. Y quizás nuestros sueños sean encuentros secretos entre todas esas versiones de nosotros mismos intentando conducirnos hacia la menos dolorosa… o hacia la más consciente.

    Tal vez por eso algunas noches despertamos con una tristeza inexplicable o con una paz imposible de justificar. Quizás no sean emociones nacidas aquí, en este instante, sino recuerdos emocionales enviados desde otras líneas del tiempo ya exploradas.

    La intuición como memoria anticipada.

    El corazón como receptor.

    Y las cicatrices… como puertas abiertas entre dimensiones del alma.

    Cuando desperté, el amanecer comenzaba a iluminar Aluminé. Las hojas otoñales cubrían las calles húmedas y el humo de las chimeneas ascendía lentamente hacia el cielo grisáceo. Todo parecía igual.

    Pero algo había cambiado.

    Ahora entiendo que sanar no significa olvidar aquello que nos rompió.

    Significa agradecerle en silencio por habernos convertido en alguien capaz de escuchar los mensajes invisibles del universo.

    Porque quizás el espíritu humano sea precisamente eso:

    Una conversación eterna entre quien fuimos, quien somos… y quien ya nos espera del otro lado del tiempo.

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