Wayne Gratz - Two Views (2009)

Grandes admiradores de la música de Wayne Gratz desde su primer lanzamiento en Narada en 1987. Los quince solos de piano en "Two Views" son suaves y discretos: un pianista conmovedor que hace lo que mejor sabe hacer. El título se refiere a la idea de que a medida que los niños crecen, pasamos mucho tiempo imaginando cómo sería nuestra vida en el futuro, mientras que, como adultos, probablemente pasamos al menos tanto tiempo mirando hacia atrás y reviviendo experiencias pasadas en nuestras mentes. Con esos temas en mente, parte de la música tiene una inocencia ligera e infantil y otra es más pensativa y reflexiva, ¡todo es relajante, elegante y hermoso! Cada pieza de este álbum es mágica y excepcional!

 

Wayne Gratz - Two Views (2009)

01. Two Views
02. White Winter Dusk
03. Waves Across the Wheat Field
04. Simply
05. Soaring to Earth
06. Thor in the Pasture
07. May Morning
08. Pathway Home
09. Reaching for the Shoreline
10. Tree Castles
11. Place for Inspiration
12. Natalie's Song
13. Kyra's Dance
14. Distant Train
15. A Breath of Autumn

Duración total: 53:45 min.

Comentarios

  1. "Yo soy como soy y tú eres como eres, construyamos un mundo donde yo pueda ser sin dejar de ser yo, donde tú puedas ser sin dejar de ser tú, y donde ni yo ni tú obliguemos al otro a ser como yo o como tú." - Subcomandante Marcos

    ResponderEliminar
  2. 🧉 Dos miradas, un mismo horizonte

    A finales del verano en Aluminé el tiempo parece caminar con otro ritmo. El sol todavía cae con tibieza sobre los cerros, pero el aire ya trae un susurro distinto, como si la cordillera comenzara lentamente a cambiar de página.

    En esas tardes suelo sentarme afuera con el mate, dejando que el silencio del valle haga su trabajo invisible. El viento mueve apenas las ramas, algún pájaro atraviesa el cielo como una nota breve… y uno empieza a pensar en esas cosas que el ruido del mundo casi nunca deja escuchar.

    Hace poco me encontré con una frase del Subcomandante Marcos que quedó flotando en mi cabeza como una melodía suave:

    "Yo soy como soy y tú eres como eres… construyamos un mundo donde yo pueda ser sin dejar de ser yo, donde tú puedas ser sin dejar de ser tú."

    Mientras cebaba otro mate, miré las montañas que rodean el pueblo y pensé que la naturaleza parece entender esto mucho mejor que nosotros.

    Aquí cada cerro tiene su forma.
    Cada río su manera de cantar.
    Cada árbol su forma de buscar la luz.

    Ninguno intenta parecerse al otro.

    Y, sin embargo, juntos forman el paisaje.

    Tal vez el misterio de la armonía esté justamente allí: en la convivencia de diferencias que no necesitan anularse para existir.

    Algo parecido sucede con la música.

    Cuando escucho un piano sereno, de esos que no buscan imponerse sino simplemente respirar entre las notas, siento que cada acorde es como una voz distinta dentro de una misma conversación. Algunas melodías miran hacia adelante, como si fueran sueños todavía sin nombre. Otras parecen mirar hacia atrás, como recuerdos que regresan caminando despacio.

    Dos miradas.

    Dos tiempos.

    Una misma música.

    Quizás la vida también sea así: un encuentro entre lo que fuimos y lo que estamos llegando a ser. Entre lo que cada uno trae consigo y lo que descubre al caminar junto a otros.

    El problema empieza cuando olvidamos que el otro también tiene su propio paisaje interior.

    Su propia historia.
    Su propia música.

    A veces creemos que para convivir debemos parecernos demasiado. Como si la armonía fuera una especie de uniformidad silenciosa. Pero basta mirar la cordillera al atardecer para entender que la belleza nace precisamente de las diferencias.

    Cada montaña proyecta su sombra de un modo distinto.

    Cada una recibe la luz de forma única.

    Y juntas crean ese horizonte inmenso que parece contener todos los caminos.

    Mientras el mate se va lavando y el sol empieza a esconderse detrás de los cerros, pienso que tal vez el espíritu humano esté aprendiendo lentamente esta lección antigua: que convivir no significa borrar al otro, sino permitirle existir plenamente.

    Como dos melodías que no compiten.

    Como dos miradas que se encuentran.

    Quizás entonces el mundo se parezca más a una pieza de piano tocada con paciencia: notas distintas, tiempos distintos, emociones distintas… y sin embargo todo encajando en una armonía que nadie obliga, pero que nace cuando cada sonido puede ser exactamente lo que es.

    Y en ese instante, casi sin darnos cuenta, el espíritu comienza a viajar.

    Suave.

    Libre.

    Hacia esos lugares invisibles que empiezan, siempre, un poco más allá del crepúsculo.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario