Diane & David Arkenstone - Ancient Voices (2001)

El sintetista David Arkenstone y su esposa Diane participaron en proyectos que son exóticos y terrenales. Este proyecto, llamado Ah-Nee-Mah (Animá), se presenta como un homenaje a los pueblos que habitaron la región de las Cuatro Esquinas de los Estados Unidos hace muchos años. Sencillamente, estas culturas demasiado ricas espiritualmente que florecieron en la antigüedad dejaron un legado de encanto y misterio, y la música aquí intenta capturar ese espíritu y energía puros. Lo más interesante es la forma en que la banda combina la electrónica moderna y una vibra nativa más verdadera. "Dream Catcher" es en su núcleo un dueto entre la flauta suave de Arkenstone y la caricia del suave ambiente del sintetizador.

 

 Diane & David Arkenstone - Ancient Voices (2001)

01. Ceremony
02. Dream Catcher
03. The Sacred Fire
04. Storyteller
05. The White Feather
06. Eagle's Path
07. Precious Waters
08. Tower of Stone
09. Ancient Voices
 
Duración total: 54:24 min.

Comentarios

  1. “La regla número uno es: no te preocupes por las cosas pequeñas. La regla número dos es: todo son cosas pequeñas.”
    Robert Eliot

    Una de las mejores formas que he encontrado para hacer la vida cotidiana más fácil, más ligera, más positiva y menos estresante es aprender a no hacer montañas de un grano de arena (refrán que significa darle demasiada importancia a algo que es insignificante).

    Debemos aprender a no agregar demasiado drama a todo lo que nos sucede, ni a analizar ni a pensar demasiado sobre alguna situación para no crear problemas donde realmente no existe ninguno, o simplemente dejar de preocuparte por pequeñas contrariedades que puedes solucionar.

    Aprender esto me ha ayudado a tener menos problemas y preocupaciones en mi trabajo y en mis relaciones. También hizo que mi vida de pareja fuera más fácil y divertida que cuando estaba soltero.

    Así que me gustaría compartir contigo las formas más efectivas en las que he aprendido a hacer esto.

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  2. 🍃 El peso invisible de las cosas pequeñas

    Hay una paradoja que me ha acompañado durante años y que solo recientemente he comenzado a comprender.

    Las cosas que más energía me han quitado rara vez fueron las grandes tragedias de la vida.

    No fueron las tormentas inevitables.

    No fueron los cambios profundos.

    No fueron las pérdidas que transforman para siempre el paisaje del alma.

    Curiosamente, lo que más me desgastó fueron pequeñas preocupaciones repetidas miles de veces. Pensamientos diminutos que crecieron en silencio hasta convertirse en gigantes. Escenarios imaginarios que jamás ocurrieron. Palabras mal interpretadas. Retrasos insignificantes. Expectativas incumplidas. Errores menores elevados al rango de catástrofes.

    Entonces comprendí la profundidad oculta en aquella frase de Robert Eliot:

    "La regla número uno es: no te preocupes por las cosas pequeñas. La regla número dos es: todo son cosas pequeñas."

    A primera vista parece una observación sencilla. Incluso puede parecer humorística.

    Pero cuando se contempla desde el silencio del espíritu, adquiere una dimensión casi mística.

    Porque la vida misma parece estar construida sobre una ilusión de importancia.

    Vivimos convencidos de que todo es urgente.

    Todo parece definitivo.

    Todo parece trascendental.

    Y sin embargo, cuando pasan los años, descubrimos que la mayoría de aquello que nos quitó el sueño desapareció sin dejar huella.

    Es como observar una hoja flotando sobre un río.

    Mientras estamos dentro de la corriente creemos que esa hoja es el centro del universo.

    La seguimos con la mirada.

    Nos preocupamos por su dirección.

    Intentamos controlar su movimiento.

    Pero el río continúa.

    Y la hoja desaparece.

    La vida también continúa.

    Y nosotros seguimos aquí.

    Hay algo profundamente enigmático en la manera en que la mente fabrica montañas.

    Recibe un pequeño inconveniente y comienza a construir historias.

    Una demora se transforma en fracaso.

    Una crítica se transforma en rechazo.

    Un error se transforma en incapacidad.

    Una discusión se transforma en el fin de una relación.

    Es como si lleváramos dentro un artista extraordinariamente talentoso... especializado en pintar catástrofes.

    Y cuanto más observamos esas pinturas mentales, más reales parecen.

    Sin embargo, el alma conoce una verdad diferente.

    El alma observa sin exagerar.

    Contempla sin dramatizar.

    Acepta sin añadir capas innecesarias de sufrimiento.

    Quizás por eso la naturaleza resulta tan terapéutica.

    Los árboles no convierten una ráfaga de viento en una tragedia.

    Las montañas no se sienten ofendidas por las tormentas.

    Los ríos no discuten con las piedras que encuentran en su camino.

    Simplemente continúan siendo lo que son.

    Fluyen.

    Se adaptan.

    Confían.

    A veces sospecho que gran parte de nuestro sufrimiento no proviene de los acontecimientos, sino de la resistencia que ofrecemos a esos acontecimientos.

    No es la piedra.

    Es la pelea constante con la piedra.

    No es el problema.

    Es la historia interminable que construimos alrededor del problema.

    Y cada historia añade peso.

    Un peso invisible.

    Un equipaje espiritual que terminamos cargando durante años.

    Con el tiempo aprendí algo que transformó mi manera de vivir.

    Cuando surge una dificultad, intento preguntarme:

    "¿Esto seguirá siendo importante dentro de un año?"

    La mayoría de las veces la respuesta es no.

    Y cuando la respuesta es no, algo dentro de mí se relaja.

    No porque ignore la situación.

    No porque me vuelva indiferente.

    Sino porque recupero la perspectiva.

    La perspectiva es uno de los dones más subestimados del espíritu.

    Nos permite recordar las dimensiones reales de las cosas.

    Nos ayuda a distinguir entre una nube pasajera y una tormenta permanente.

    Nos enseña que muchas preocupaciones son simplemente sombras proyectadas por una mente cansada.

    Y las sombras, por muy amenazantes que parezcan, desaparecen cuando encendemos una luz.

    Existe además otro misterio.

    Las pequeñas preocupaciones suelen robarnos la capacidad de contemplar los pequeños milagros.

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  3. Estamos tan ocupados pensando en aquello que salió mal que olvidamos agradecer todo lo que salió bien.

    Nos enfocamos tanto en la piedra del camino que dejamos de admirar el paisaje.

    Y sin darnos cuenta, la vida comienza a reducirse.

    Se vuelve estrecha.

    Pesada.

    Complicada.

    Pero cuando soltamos la necesidad de dramatizar cada experiencia, algo cambia.

    La existencia recupera su ligereza original.

    Comenzamos a respirar mejor.

    A escuchar mejor.

    A amar mejor.

    A vivir mejor.

    Las relaciones se vuelven más sencillas.

    Las conversaciones más auténticas.

    Los errores más humanos.

    Y el corazón deja de sentirse permanentemente en estado de defensa.

    Quizás la verdadera sabiduría espiritual no consiste en eliminar todos los problemas.

    Tal vez consiste en aprender cuáles merecen realmente nuestra energía.

    Porque no todo pensamiento merece atención.

    No toda preocupación merece refugio.

    No toda emoción merece convertirse en una historia.

    Algunas simplemente necesitan pasar.

    Como las nubes.

    Como las estaciones.

    Como las hojas que caen al final del otoño.

    Hoy siento que vivir en paz implica desarrollar una relación más amable con las imperfecciones inevitables de la existencia.

    Aceptar que habrá retrasos.

    Malentendidos.

    Errores.

    Cambios inesperados.

    Días difíciles.

    Pero también comprender que la mayoría de ellos no tienen el poder que les atribuimos.

    Somos nosotros quienes se lo concedemos.

    Y quizás ahí resida uno de los secretos más liberadores del camino espiritual.

    La vida no siempre se vuelve más fácil cuando cambian las circunstancias.

    Muchas veces se vuelve más ligera cuando dejamos de cargar aquello que nunca debimos levantar.

    Entonces las montañas vuelven a ser montañas.

    Los granos de arena vuelven a ser granos de arena.

    Y el alma, libre del peso de tantas preocupaciones innecesarias, descubre algo que siempre estuvo allí:

    que la paz no era la ausencia de problemas.

    Era la capacidad de verlos en su verdadera dimensión.

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