Vangelis se recrea, globalmente, en una visión cálida, acogedora, de la noche y el cielo estrellado. Ese universo ignoto que tantas veces ha reflejado el compositor en clave de ciencia ficción musical es aquí mucho más cercano, algo que podemos observar cada noche con sólo mirar hacia arriba. "Nocturne" podría entenderse como una obra new age en sentido estricto. De hecho, hay otro Nocturne debajo de Nocturne, uno en el que se perciben sonoridades del Vangelis más primitivo, donde había sutiles texturas de teclados sobre fondos etéreos muy difuminados. "Nocturne" lleva el título secundario de The Piano Album, y eso es exactamente lo que encontraremos en él. El mismo Vangelis graba en un piano de cola por primera vez.
Vangelis - Nocturne (2019)
01. Nocturnal Promenade
02. To the Unknown Man
03. Mythodea - Movement 9
04. Moonlight Reflections
05. Through the Night Mist
06. Early Years
07. Love Theme (From Blade Runner)
08. Sweet Nostalgia
09. Intermezzo
10. To a Friend
11. La petite fille de la mer (From L'Apocalypse des animaux)
12. Longing (From Blade Runner)
13. Main Theme (From Chariots of Fire)
14. Unfulfilled Desire
15. Lonesome
16. Conquest of Paradise (From 1492 Conquest of Paradise)
17. Pour Melia
Duración total: 75:59 min.

Frase del día:
ResponderEliminarAmar y ser amado es sentir el sol por ambos lados. David Viscott
🌞🔮 El Sol Oculto Detrás de las Nubes
ResponderEliminarLa mañana amaneció gris azulada sobre Aluminé.
No era una de esas mañanas sombrías que parecen cargar tristeza en sus espaldas. Era una de esas mañanas antiguas, difíciles de describir, donde el cielo parece haberse vestido deliberadamente con los colores del misterio.
Las nubes descendían lentamente desde las montañas como si quisieran conversar con los bosques.
Los pehuenes permanecían inmóviles.
El viento parecía haberse retirado a meditar en algún rincón secreto de la cordillera.
Y el silencio...
Ah, el silencio.
Ese viejo habitante de estas tierras.
Ese guardián invisible que conoce historias que los hombres olvidaron hace siglos.
Mientras observaba el paisaje desde la ventana, una pregunta apareció en mi interior sin previo aviso.
—¿Por qué el amor sigue siendo el mayor de los misterios?
La respuesta no llegó de inmediato.
Nunca lo hace.
Las respuestas importantes suelen caminar despacio.
Como las nieves cuando bajan desde las altas cumbres.
Como los ríos cuando aprenden el camino hacia el océano.
Como el alma cuando comienza a recordar.
Permanecí en silencio.
Y entonces escuché aquella voz.
No provenía del exterior.
Tampoco de mis pensamientos habituales.
Era más antigua.
Más serena.
Más parecida al eco de una montaña que a una idea.
—Porque el amor no puede ser comprendido desde la distancia.
—¿Y desde dónde puede ser comprendido?
—Desde el centro.
La respuesta quedó suspendida en el aire.
Observé nuevamente las nubes.
Todo parecía cubierto.
El sol no estaba visible.
Sin embargo, la claridad existía.
Los árboles podían verse.
Las piedras conservaban sus formas.
El río seguía reflejando una tenue luminosidad.
Entonces aquella presencia silenciosa volvió a hablar.
—¿Dónde está el sol?
—Detrás de las nubes.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—¿Lo ves?
—No.
—Entonces, ¿cómo sabes que está allí?
Sonreí.
Comprendí la enseñanza.
No necesitaba verlo.
Su presencia era evidente por sus efectos.
Lo mismo sucede con ciertas verdades del espíritu.
No siempre se muestran.
Pero iluminan.
No siempre se revelan.
Pero sostienen.
No siempre aparecen.
Pero están.
Recordé entonces una frase de David Viscott:
"Amar y ser amado es sentir el sol por ambos lados."
La había leído muchas veces.
Pero aquella mañana adquiría una profundidad distinta.
Porque el sol estaba oculto.
Y aun así estaba presente.
Quizás el amor sea exactamente así.
No una emoción pasajera.
No una historia romántica.
No una circunstancia favorable.
Sino una presencia.
Una fuerza silenciosa.
Una luz que continúa existiendo incluso cuando las nubes cubren el cielo.
—¿Entonces amar es encontrar el sol?
pregunté interiormente.
—No.
—¿No?
—Amar es descubrir que el sol nunca se había ido.
Las montañas permanecían inmóviles bajo los tonos azulados del amanecer.
Y por alguna razón comencé a pensar en los antiguos habitantes de estas tierras.
Los sabios que observaban las estrellas desde mucho antes de que existieran los mapas.
Los que comprendían los ciclos del cielo.
Los que sabían escuchar la voz de los ríos.
Ellos entendían algo que la modernidad parece haber olvidado.
Que toda realidad visible posee una realidad invisible.
Que cada árbol tiene una raíz.
Que cada río posee una fuente.
Que cada sombra necesita una luz.
Y que cada ser humano alberga un universo secreto.
Quizás por eso tantas tradiciones esotéricas hablan de dos soles.
Uno exterior.
Y otro interior.
Uno ilumina el mundo.
El otro ilumina la conciencia.
Uno calienta la piel.
El otro despierta el alma.
—¿Y qué ocurre cuando dejamos de sentir ese sol interior?
pregunté.
La respuesta llegó tan suavemente como una hoja cayendo.
—Nada.
—¿Nada?
—El sol continúa brillando.
Sólo has olvidado dónde mirar.
Aquella frase resonó profundamente.
Porque muchas veces creemos que hemos perdido el amor.
Que hemos perdido la paz.
Que hemos perdido la alegría.
Pero tal vez lo que hemos perdido es la conexión con la fuente.
Confundimos las nubes con la desaparición del sol.
Confundimos una estación con la eternidad.
ResponderEliminarConfundimos un momento con la totalidad.
La voz guardó silencio durante unos instantes.
Luego continuó.
—Observa la naturaleza.
Miré hacia afuera.
—¿Qué ves?
—Pehuenes.
—¿Y qué más?
—Montañas.
—¿Y qué más?
—Nubes.
—¿Y qué más?
Me detuve.
Entonces comprendí.
—Espacios.
—Exactamente.
Aquella palabra pareció abrir una puerta.
Espacios.
Entre los árboles.
Entre las montañas.
Entre las nubes.
Entre las notas de una melodía.
Entre los pensamientos.
Entre las respiraciones.
Entre los latidos.
Los antiguos místicos siempre hablaron de esos espacios.
Porque es allí donde aparecen los misterios.
No en el ruido.
No en la acumulación.
No en el exceso.
Sino en los intervalos.
En los vacíos.
En los silencios.
Quizás por eso las montañas enseñan tanto.
Porque hablan poco.
Y porque en su quietud permiten escuchar aquello que normalmente permanece oculto.
La mañana continuaba avanzando.
Algunas nubes comenzaban a moverse lentamente.
Un leve resplandor parecía insinuarse detrás de ellas.
Y entonces surgió una nueva pregunta.
—¿Por qué los seres humanos anhelamos tanto ser amados?
La respuesta tardó apenas un instante.
—Porque en el amor reconocemos nuestra verdadera naturaleza.
—¿Y cuál es nuestra verdadera naturaleza?
—La misma que la del sol.
Permanecí en silencio.
La voz continuó.
—El sol no ilumina para recibir aprobación.
No exige recompensas.
No selecciona destinatarios.
Simplemente irradia.
Esa es también la naturaleza profunda del alma.
Irradiar.
Compartir.
Crear.
Amar.
Pero con el tiempo aparecen los temores.
Las heridas.
Las defensas.
Y comenzamos a olvidar.
Entonces buscamos afuera lo que alguna vez conocimos adentro.
Buscamos confirmaciones.
Aceptación.
Reconocimiento.
Y sin darnos cuenta nos alejamos de nuestra propia luz.
Aquellas palabras parecían provenir de una sabiduría tan antigua como las montañas mismas.
Quizás más antigua.
Quizás tan antigua como el primer ser humano que levantó la vista hacia el cielo preguntándose quién era realmente.
La claridad comenzó a aumentar lentamente.
No porque las nubes desaparecieran.
Sino porque el sol detrás de ellas se volvía más evidente.
Y entonces comprendí algo que jamás había pensado de esa manera.
Amar y ser amado no significa recibir dos amores.
Significa permitir que una misma luz circule libremente.
Como un río que encuentra su cauce.
Como el viento que atraviesa un valle.
Como la energía que viaja entre dos almas cuando ninguna intenta poseer a la otra.
Quizás por eso Viscott habló de sentir el sol por ambos lados.
Porque cuando el amor es auténtico desaparece la separación.
Ya no existe un emisor y un receptor.
Sólo existe la luz.
Fluyendo.
Transformando.
Revelando.
Uniendo.
La mañana seguía allí.
Las montañas seguían allí.
Las nubes seguían allí.
Pero algo había cambiado.
No en el paisaje.
En la mirada.
Y comprendí que todos los viajes espirituales terminan conduciendo al mismo lugar.
No hacia una montaña sagrada.
No hacia un templo oculto.
No hacia una revelación espectacular.
Sino hacia una forma nueva de ver.
Porque cuando la mirada cambia, el universo entero cambia con ella.
La voz permaneció en silencio por última vez.
Y antes de desvanecerse dejó una última enseñanza.
Una frase tan sencilla que parecía contener siglos de sabiduría.
—No busques el sol.
Conviértete en una ventana.
Y entonces comprendí.
El amor nunca fue algo que debiera perseguirse.
Siempre estuvo intentando entrar.
Como la luz detrás de las nubes.
Como el amanecer detrás de la noche.
Como la eternidad detrás del tiempo.
Como el espíritu detrás de todas las formas.
Y mientras la mañana gris azulada de Aluminé continuaba desplegando sus antiguos secretos sobre la cordillera, sentí que algo dentro de mí sonreía.
No era una emoción.
No era un pensamiento.
Era reconocimiento.
El reconocimiento de una verdad olvidada.
Que amar y ser amado es, efectivamente, sentir el sol por ambos lados.
Incluso cuando el cielo permanece cubierto.
Incluso cuando la niebla oculta los caminos.
ResponderEliminarIncluso cuando creemos haber perdido la luz.
Porque el verdadero sol nunca desaparece.
Sólo espera pacientemente detrás de las nubes de nuestra propia percepción.
Y más allá del crepúsculo, allí donde los antiguos arcanos de la Patagonia continúan conversando con las estrellas, sigue brillando.
Como siempre.
Como desde el principio.
Como será por toda la eternidad.