El gran álbum "Dreaming (Soñando)", es una hermosa colección de la música más inspiradora, soñadora y relajante de Guido Negraszus. Es ideal para nuestro próximo viaje de vacaciones. Todas las pistas fueron grabadas y producidas entre los años 2014 a 2018. Al inicio, como artista electrónico en Alemania, Guido Negraszus se ha convertido gradualmente en un diseñador de sonido universal multigénero por excelencia, mientras reside en Busselton, Australia Occidental. Además, como artista independiente, ha lanzado varios álbumes en los géneros New Age, Electronic, Chill-out, Soundtrack & Meditation hasta la fecha. Guido posee un dominio de los elementos técnicos y musicales de la producción musical moderna.
Guido Negraszus - Dreaming (2018)
01. Horizon Sunrise Drive
02. A Perfect Day
03. An Uplifting Feeling
04. Journey of Hope
05. Floating
06. Hope
07. A World of Desire
08. Dreaming
09. A Moment of Victory
10. Drifting into the Sun
11. A Positive Feeling
12. Easy Going
13. New Hope
14. Joy for Life
15. Like an Eagle
16. Gentle Clouds
17. Dreaming of Clouds
18. Out and About
19. Chasing Your Dreams
20. A Moment of Inspiration
21. Country Drive
22. Drifting
23. Sailing
24. Eternal Love and Desire
Duración total: 64:13 min.
01. Horizon Sunrise Drive
02. A Perfect Day
03. An Uplifting Feeling
04. Journey of Hope
05. Floating
06. Hope
07. A World of Desire
08. Dreaming
09. A Moment of Victory
10. Drifting into the Sun
11. A Positive Feeling
12. Easy Going
13. New Hope
14. Joy for Life
15. Like an Eagle
16. Gentle Clouds
17. Dreaming of Clouds
18. Out and About
19. Chasing Your Dreams
20. A Moment of Inspiration
21. Country Drive
22. Drifting
23. Sailing
24. Eternal Love and Desire
Duración total: 64:13 min.

Frases espirituales para devolverte la energía positiva 14:
ResponderEliminar"El amor en su esencia es fuego espiritual."
El gran filósofo Séneca, reflexionando sobre la fuerza del amor y cómo dirige nuestra conducta.
La historia de una vida moderna
ResponderEliminarRoberto. 32 años. Estados Unidos.
“Despierto en la mañana sin ánimo de vivir, sin ganas de ir al trabajo. Lo odio tanto que sólo espero al fin de semana para descansar de mi pesadilla. Sigo mi rutina de todos los días: me baño, visto, preparo mi lunch y mi desayuno, dejo mi casa. Tomo el mismo camino al trabajo, la ruta de 15 minutos para llegar. En ocasiones me paso el semáforo y llego en 10 minutos. Entro al mismo edificio que he visto por 7 años, con sus paredes grises sin vida, altas como murallas y con ventanas con vista a una pared. Quisiera tener una ventana en mi cubículo sólo para respirar. Saludo a mis compañeros y de inmediato empezamos a criticar al jefe y lo que dijo ayer: tenemos que sacar este proyecto en 24 horas, punto. Todos estamos tan molestos pero tenemos que hacer lo que él diga, él firma los cheques.
Como siempre, mi día no se acaba en 8 horas, sino que me quedo 3 horas más por el dichoso proyecto, sin que me paguen las horas extras. Cuando regreso a casa, cansado y harto de toda mi vida, me encuentro con que mi esposa no ha hecho la comida. El ruido en la casa es infernal. Los gritos de ella se mezclan con el volumen alto de la televisión. Están pasando una persecución policiaca, el ruido me enloquece.
Tomo las llaves de mi carro y me encamino a un restaurante de comida rápida. En 40 años de vida, siempre he pedido el mismo platillo, único placer que me queda. Regreso a casa y saco una botella de whisky. Apenas tomo dos vasos cuando mi esposa me reprocha que gasto mucho dinero, dice que no tiene con qué pagar las cuentas y debemos dos meses de renta. Me desespera y la golpeo en la cara. Me doy la vuelta, echándole la culpa por todos los errores en mi vida, por no cuidarse y tener esa niña. Me encamino al prostíbulo.
No tengo mucho dinero, solo puedo pagar unos 10 dólares y mi bebida. A la 1:00 am, regreso a mi casa, me estaciono en el garaje, pero no apago el motor. Me doy cuenta que hay mucho humo ahora, y no hago nada.
Mis manos no se mueven. No puedo apagar el carro. Me doy cuenta que me quiero morir. Si me muero, todo esto se acabara. Todos los problemas desaparecerán y por fin seré libre.”
Treinta minutos después, suena la alarma de incendios. Su esposa se despierta preocupada y toma a la niña en sus brazos. Al salir de la casa, se da cuenta que hay humo que viene del garaje. Con cuidado, dejando a la niña a una distancia segura, abre el portón. Una gran fumarola negra
sale rápidamente del garaje. La toma desprevenida, y ella empieza a toser. Poco a poco, ve el carro de su marido mientras el humo se disipa. Con audacia, entra al garaje y abre la puerta del carro. De pronto un grito de terror despierta a los vecinos. Él estaba muerto. Se había
suicidado.
¿Cómo te hizo sentir la historia? ¿En algún momento te viste reflejado en alguno de los personajes? ¿Qué sentiste cuando Robert murió? ¿Crees que esa era la solución?
La vida puede ser tan dura y llegar a un extremo tan doloroso, que parece que el último recurso que queda es escapar de la realidad, a través de la última barrera, la muerte. En algún momento, este sentimiento de frustración y de agobio ante la realidad que se presenta, se da en todo ser humano, y la impresión de no encontrar una forma de salir del ciclo tortuoso de los problemas. Pareciera, a simple vista, que el mundo está hecho para sufrir, para sentirte derrotado constantemente, hasta desear o llegar a morir.
Este estado es una enfermedad espiritual en el ser humano. No es la primera vez que aparece, ni es la primera cultura que vive este caos en el exterior (el mundo) y en interior (del hombre).
🔥 El fuego que aún respira en el amanecer
ResponderEliminarEl amanecer en Aluminé se despliega hoy en tonos anaranjados, como si el cielo hubiese decidido encenderse desde adentro. El otoño ya se siente en la piel: el aire es más fino, más honesto, y cada sorbo de mate parece despertar algo antiguo, algo que no necesita nombre.
Mientras escucho Dreaming (Soñando) de Guido Negraszus, percibo que la música no solo suena: respira. Se desliza como una bruma tibia entre los árboles, como si intentara recordarme algo que olvidé en medio del ruido del mundo.
Y entonces aparece la frase de Séneca, como una chispa en la conciencia:
"El amor en su esencia es fuego espiritual."
Fuego.
No como destrucción… sino como aquello que transforma.
Pienso en esa historia —la de Roberto— y no puedo evitar sentir un peso en el pecho. No por el desenlace, sino por el recorrido silencioso que lo llevó hasta ahí. Esa rutina gris, ese cansancio acumulado, esa desconexión progresiva de sí mismo… ese apagarse de a poco.
—¿En qué momento se apaga el fuego? —me pregunto en voz baja, mientras el vapor del mate se eleva como una señal.
Porque nadie se rompe de golpe.
Primero se enfría.
Se enfría la mirada.
Se enfrían los sueños.
Se enfría el amor.
Y cuando el amor se enfría, la vida empieza a parecer una carga en lugar de una posibilidad.
Pero entonces vuelvo a la frase.
El amor no es algo decorativo. No es un lujo emocional ni un concepto romántico. Es fuego espiritual. Es decir: es lo único que verdaderamente puede encender la vida desde adentro.
Y si es fuego… entonces no desaparece.
Puede apagarse en la superficie, sí. Puede quedar reducido a brasas invisibles. Pero sigue ahí.
Siempre.
El problema —pienso mientras el sol empieza a tocar los cerros— es que hemos aprendido a vivir sin atender ese fuego. Nos enseñaron a cumplir, a resistir, a seguir adelante… pero no a cuidar aquello que nos da sentido.
Roberto no murió en el garaje.
Murió mucho antes.
Murió cuando dejó de sentir.
Cuando dejó de amar lo que hacía.
Cuando dejó de mirarse con dignidad.
Y eso… eso es lo verdaderamente inquietante.
Porque esa enfermedad espiritual de la que tanto se habla no es algo lejano. Es sutil. Cotidiana. Silenciosa. Se esconde en la rutina, en la resignación, en el “es lo que hay”.
Pero acá, en este amanecer de Aluminé, algo se revela con claridad:
El amor no es solo afecto hacia otros.
Es una fuerza que dirige nuestra conducta.
Es lo que decide si nos levantamos con sentido o por inercia.
Es lo que define cómo hablamos, cómo miramos, cómo elegimos.
Es lo que puede transformar un día gris en una experiencia viva.
—¿Y si el verdadero acto espiritual fuera volver a encender ese fuego? —me pregunto.
No con grandes gestos.
Sino con pequeñas decisiones:
escuchar de verdad,
detenerse,
respirar,
crear,
sentir.
La música sigue fluyendo, como si entendiera esta revelación sin necesidad de palabras. Cada nota parece decir: todavía estás a tiempo.
Y quizás esa sea la verdad más profunda de todas.
No importa cuán lejos alguien haya llegado en su oscuridad…
siempre existe un punto donde el fuego puede volver a arder.
A veces basta una mirada.
Una palabra.
Un instante de conciencia.
O incluso… un amanecer.
El sol ahora ilumina completamente el paisaje, y por un momento todo parece nuevo, como si el mundo hubiera sido perdonado.
Y entiendo algo con una certeza serena:
El amor no evita el dolor.
Pero le da dirección.
Lo transforma en aprendizaje, en sensibilidad, en humanidad.
El fuego no quema para destruir… quema para revelar lo que aún está vivo.
Y mientras termino este mate, en silencio, con la música envolviendo el aire, siento que la espiritualidad no está en huir del mundo ni en negarlo…
Sino en habitarlo con ese fuego encendido.
Aunque sea débil.
Aunque tiemble.
Porque incluso la llama más pequeña…
puede iluminar una vida entera.
Y tal vez, solo tal vez, eso sea lo que nos transporta —como un susurro invisible— hacia esos lugares insospechados…
más allá del crepúsculo.